Alberto Barrantes C.. 19 diciembre, 2019
Pruebas internacionales de Educación retratan el pobre nivel de lectura, escritura y habilidades numérica de estudiantes de Costa Rica. Fuente: Archivo LN
Pruebas internacionales de Educación retratan el pobre nivel de lectura, escritura y habilidades numérica de estudiantes de Costa Rica. Fuente: Archivo LN

En la conclusión de cada ciclo lectivo, la mediocridad en las aulas es más que evidente: estudiantes que no se esforzaron durante el año esperan, como por arte de magia, llegar a la nota mínima y aprobar el curso. Si el milagro no ocurre, la familia culpa al educador por el fracaso de su pobre hijito y, ante tanta queja y tanto llanto, hay docentes que ceden a colocar la nota mínima para aprobar, premiando la vagancia y la vana justificación del mimado.

Con el berrinche, el mimado aprende de su maña: berrear sin argumentos le deja resultados; y así va de año en año, buscando excusas, curvas y reclamos para que otros carguen con sus responsabilidades, le justifiquen y le aplaudan su ineptitud. No es de extrañar, entonces, que esa incompetencia se haga evidente en pruebas de educación internacionales que retratan nuestros pobres niveles de lectura, de escritura, de habilidades numéricas y científicas.

¿Cómo esperar que jóvenes de 15 años logren inferir ideas de un párrafo o ampliar su vocabulario, si para las pruebas de Español buscan el resumen del libro y ni lo leen? ¿Cómo quieren que tengan buena ortografía si toda corrección que haga el maestro les molesta o les ofende? ¿Cómo pretenden que aprendan a razonar si están encerrados en una burbuja de 'pobrecitos', donde todo error es culpa de la maestra que es una bruja y no los quiere ayudar? Mientras esa alcahuetería, las curvas, y la mirada del pobrecito sigan teniendo cabida en las decisiones académicas, seguiremos estancados en ese lodo de la mediocridad.

En palabras del maestro argentino Norberto Siciliani, “la escuela es un infierno que podemos transformar en paraíso, con solo descubrir nuestras miserias escondidas, y un paraíso deviniendo en infierno, si las ocultamos”. Mientras el sistema educativo (como un todo) siga siendo cómplice de la mediocridad, riéndole la gracia a los que dan el mínimo esfuerzo, a los que les da pereza leer o lo ven como una pérdida de tiempo y aquellos que se ufanan de su pésima ortografía, el ritmo educativo será decadente y como sociedad, perderemos todos.

El profesor Siciliani narra en su libro La escuela me tiene podrido su relación de amor-odio con esa segunda casa que es la escuela y con la que ha convivido por más de 50 años. En esta entrada del blog quiero compartir con ustedes algunas de las fallas que tienen podrido a Siciliani, que comparto y que, sin duda, contribuyen a sembrar esa mediocridad que abunda en nuestras aulas:

  • Los docentes que faltan a sus lecciones. 
  • Los padres que vienen a relatar todas las dificultades familiares con la única intención de minimizar las sanciones o negociar las malas calificaciones de sus hijos. 
  • Los padres que retan a sus hijos delante del profesor y después le dicen en la casa que es un tarado.
  • Los padres que defienden a sus hijos a muerte delante de las autoridades escolares y luego les pegan en la casa para que nunca más les hagan pasar vergüenza en la escuela. 
  • Los padres que hablan y dicen que hablan por muchos otros padres que piensan lo mismo y cuando se les pregunta qué padres, dan marcha atrás y dicen: “No puedo darle nombres”. 
  • Las maestras que enseñan lo mismo que hace tres décadas. 
  • Los que cometen año tras año los mismos errores y lo que es peor, se creen Bill Gates. 
  • Quienes buscan excusas y culpan al profesor de todas sus errores. 

Si se identificó con una o varias de ellas, piense como propósito para el 2020 qué puede hacer para mejorar o corregir eso que tanto pudre a su colegio o escuela. El cambio educativo es posible cuando las aulas son vistas como un sistema del cual todo formamos parte. El camino tiene que ser el diálogo y la sana convivencia, sincerándonos no para buscar culpables ni excusas, sino para mejorar el rumbo y formar mejores ciudadanos.

Como dice Siciliani, el peor error es que la escuela no esté pensada para disfrutar. Disfrutar no implica llegar a hacer nada y a reírse todo el día en un aula, sino que el esfuerzo y el sacrificio adquieran sentido para profesores, estudiantes y todos los que formamos parte de este gran sistema. Quizás solo así se logre palear la mentalidad de curvas, pobrecitos y mediocridad.

Cuénteme sus comentarios sobre este tema en mi cuenta en Twitter (@albertobace) o al correo electrónico barrantes.ceciliano@gmail.com