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La crisis irlandesa y lecciones para Costa Rica

La aguda crisis económica que azota a Irlanda ha tenido cierta relevancia en nuestro país, ya que dicha nación ha sido vista como un modelo de desarrollo. Como era de esperarse, el anuncio de un rescate por parte de la Unión Europea y el FMI fue recibido en ciertos sectores como una muestra del fracaso de las políticas de libre mercado, implementadas por Irlanda en las últimas dos décadas. Sin embargo, la realidad dista mucho de ese análisis cajonero.

Ciertamente, Irlanda es un ejemplo de liberalización económica. A raíz de una seria crisis fiscal a mediados de los ochenta –producto del agotamiento de un modelo keynesiano expansionista–, las autoridades irlandesas dieron un giro de 180 grados en su política económica y adoptaron un dinámico programa de reducción del gasto público, privatizaciones e importantes recortes de impuestos, el cual complementó la apertura comercial ocurrida tras el ingreso a la Comunidad Económica Europea.

Auge económico. La fuerte apuesta de Irlanda por reformas liberales, tuvo resultados impresionantes: la economía creció a una tasa del 6,5% anual entre 1990 y el 2007, triplicando el ingreso per cápita nacional durante dicho período. Irlanda pasó de ser el tercer país más pobre de la UE a ser el segundo más próspero en cuestión de una generación. Pronto la literatura económica empezó a hablar del “milagro irlandés” o del “tigre celta” para referirse al rápido desarrollo de la isla. ¿Fue acaso todo un espejismo?

Como señala The Economist (20/11/10), la bonanza irlandesa debe verse en dos fases: el crecimiento saludable y la burbuja insostenible. La primera tuvo lugar como consecuencia de la liberalización de la economía y ocurrió de finales de los ochenta a inicios de la década pasada. Durante ese período, la economía creció impulsada por el aumento en las exportaciones, los altos flujos de inversión extranjera directa (IED) y el incremento en la productividad. Los irlandeses vieron duplicados sus ingresos en términos reales durante este lapso en que la economía creció a una tasa del 7,1% anual (1988-2000).

Sin embargo, por ahí del 2001-2002, el crecimiento de Irlanda empezó a ser impulsado por la expansión de una enorme burbuja inmobiliaria, cuyo estallido en el 2007 desembocaría en la actual crisis económica. La aparición de esta burbuja no fue consecuencia de las reformas económicas liberales, sino de la política monetaria expansiva del Banco Central Europeo (BCE) en la primera mitad de la década pasada.

Con la introducción del euro como moneda única europea a inicios de los años 2000, Irlanda adoptó la política monetaria común del BCE, incluyendo sus tasas de interés, las cuales se caracterizaron por sus bajos niveles a comienzos de la década: en noviembre del 2001 la tasa de interés del BCE era del 3,25%, y caería hasta el 2% en junio del 2003, donde permanecería estable por dos años y medio.

Tasas de interés así de bajas quizás eran apropiadas para economías que en ese momento mostraban un pobre desempeño, como Francia, Italia y Alemania. Pero en una economía con un alto crecimiento y salarios en aumento, resultaron ser una combinación explosiva. Irlanda experimentó así un boom crediticio en donde los bancos locales triplicaron sus préstamos en un período de cinco años (2002-2007) a un total de $498.000 millones (casi dos veces el PIB del país). El 80% de los créditos se canalizaron a financiar hipotecas de casas cuyos precios no paraban de subir.

Esta tendencia fue estimulada por diversos incentivos fiscales adoptados a finales de los noventa, que impulsaron al sector construcción. Como señala David J. Lynch, reportero económico del USA Today: “El código tributario fue utilizado para promover desarrollos urbanos y rurales, centros turísticos costeros, parqueos de múltiples niveles, hoteles, cabañas de recreo, clínicas deportivas, guarderías infantiles, asilos de ancianos –solo los castillos de arena parecen haberse escapado'”.

El desarrollo mobiliario se convirtió en el nuevo pasatiempo de los irlandeses. No obstante, esta bonanza era artificial. Cabe señalar que este no fue un fenómeno exclusivo de Irlanda; España y EE. UU. también experimentaron burbujas inmobiliarias similares –en el caso estadounidense debido a una política monetaria igualmente expansiva de la Reserva Federal–.

Los precios de las viviendas en Irlanda empezaron a caer en el 2007, comprometiendo la estabilidad financiera de aquellos que habían solicitado hipotecas –y con esta la de los bancos–. Las crisis bancarias en Islandia y de Northern Rock en el Reino Unido avivaron los temores sobre la salud del sistema financiero irlandés, lo que motivó al Gobierno –en una acción precipitada– a garantizar todas las deudas de los bancos, sin conocer con exactitud la magnitud de estas. Conforme transcurrió el tiempo, se hizo aparente que el costo del rescate bancario era tan enorme (alrededor del 30% del PIB) que el Gobierno difícilmente estaba en capacidad de hacerle frente, sin llevar al país a la bancarrota.

Lecciones. Cabe hacer dos aclaraciones relevantes para Costa Rica: primero, los profundos recortes de impuestos de Irlanda fueron claves en su etapa de desarrollo saludable al incentivar el aumento en la productividad y la llegada de IED, y no comprometieron la estabilidad fiscal del país. De hecho, para el 2001–antes de que las finanzas gubernamentales se vieran distorsionadas por la burbuja inmobiliaria– la deuda pública equivalía a tan solo el 35,6% del PIB (el promedio de la UE era de 62,3%) y el Gobierno contaba con un superávit fiscal. La lección irlandesa de que se puede salir de aprietos fiscales mediante recortes de gastos y de impuestos que fomentan el crecimiento económico, sigue siendo válida para Costa Rica.

La segunda aclaración tiene que ver con renunciar a tener una moneda propia. Se podría argumentar que el caso irlandés ilustra los peligros de la dolarización, al dejar la política monetaria a discreción de un banco central extranjero que no actúa de acuerdo con la realidad económica nacional. Sin embargo, esto debe verse a la luz del pésimo manejo monetario que Costa Rica ya sufre a manos del BCCR, que nos ha dado un promedio de inflación de dos dígitos en la última década, volatilidad cambiaria, e incluso una burbuja inmobiliaria propia–muy visible en Guanacaste– producto también de tasas de interés artificialmente bajas.

Además, es necesario aclarar que en una economía dolarizada, si bien las tasas de interés bajarían sustancialmente al eliminarse el diferencial inflacionario, no se puede esperar una convergencia absoluta con las de la FED, como sí ocurre en una unión monetaria entre países desarrollados, ya que otros factores –como el riesgo país– también entran en juego. Es por estas y otras razones que al país le conviene dolarizar.

Irlanda continúa siendo un ejemplo para Costa Rica. Pero debemos aprender las lecciones correctas, tanto de su auge como de su caída.

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