En el principio estaban los cangrejos. Es normal que los crustáceos, con 500 millones de años de habitar el planeta, tuvieran algo que decirnos a nosotros, infantes de la vida en la Tierra. Allí estaba cuando apenas empezábamos a ser humanos. Pero, ¿hemos comprendido por completo lo que extrajimos de ellos, la manera en la que aprendimos a ver?
Según una reciente investigación, nos falta mucho: plantean una estrecha “relación iconográfica, cosmogónica, y conceptual” de las primeras culturas mesoamericanas con los cangrejos.
Guillermo Vargas Jiménez, Myrna Báez-Sirias e Ingo S. Wehrtmann publicaron en agosto del año pasado el artículo “Inuk yuwi ta = vamos a jugar con el cangrejo – la relación semiótica de las primeras culturas de Mesoamérica, baja Centroamérica y Sudamérica con los cangrejos (Decapoda: Brachyura)” en la Revista de Biología Tropical. En él, examinan la tradición bribri y cabécar de jalar dos piedras, una grande y una pequeña, en un esfuerzo conjunto de la comunidad.

Ese “jugar con el cangrejo”, para los autores, en el cruce de los palos, cuerdas y piedras “se forma metafóricamente un cangrejo, donde la canasta, con las piedras y las personas lo conforman”. La figura asemeja un cangrejo, con su caparazón y sus patas. ¿Por qué? Los investigadores proponen que el cangrejo funcionó como una especie de “rejilla posicional” para construir representaciones culturales: sus formas, líneas y estructura corporal habrían servido como referencia para crear imágenes y símbolos.
Es decir, que abundantes motivos visuales e iconográficos provienen de las formas de estos animales, utilizando la morfología del cangrejo para crear representaciones que mezclan rasgos humanos, animales y del propio crustáceo. Según su tesis, esto se extendería de los olmecas hasta Perú.
“En el caso de los bribris, cuando uno empieza a observar estas formas y su relación con el lenguaje iconográfico, se da cuenta de que esto no ha sido investigado como un lenguaje que puede entenderse más allá del lenguaje hablado”, considera Vargas.
“Es un lenguaje iconográfico que está muy ligado al cangrejo; es el cangrejo el que define estas figuras, las más sofisticadas y las más específicas”, argumenta. Por eso tenían que ahondar en el asunto.

Del cangrejo a la imagen
Guillermo Vargas, cuyo trabajo artístico firma como Habacuc, ya se había interesado en la prehistoria de los cánidos, compañía de antiguas culturas americanas. Ahora, mirando a los cangrejos, subraya que no se trata de un mero motivo gráfico: encuentra en los crustáceos vinculaciones de las culturas con sus ritmos vitales y de reproducción, con sus usos, con su hábitat.
“Hay una estrecha relación de los cabécares y de los bribris de con el agua; los cangrejos crean el agua según estas culturas y una serie de códigos que tiene esa tradición de ‘vamos a jugar con el cangrejo’, que permiten leer ciertas cosas de aspectos nodales de estas tradiciones”, explica Vargas.
Un concepto central es la pareidolia: la capacidad de percibir figuras conocidas en formas o patrones que pueden ser ambiguos. Los autores plantean que las culturas estudiadas utilizaron la morfología del cangrejo para crear representaciones que mezclan rasgos humanos, animales y del propio crustáceo.

Un aspecto relevante de la investigación es que cruza la mirada biológica con la antropológica y la de la cultura visual, a manera de indagación interdisciplinaria sobre un aspecto tan particular (y, al parecer, universal) de las culturas del sur del país. Así, conversando con los portadores de tradición entrevistados, comprenden que la cangreja es quien lleva el agua desde el inframundo a este mundo y está relacionada con nacientes, quebradas y ríos.
“En la cosmovisión bribri existe una relación semiótica entre piedra y cangrejo; ambos son seres vivos, fueron humanos”, concluyen, según la explicación de uno de los miembros de la comunidad entrevistados. Por ello, lejos de ser mero juego, la representación en la jala de piedra refiere a una forma de entender el universo. “Sin yuwi, el mundo no tuviera agua, no existieran nacientes de agua, quebradas, y ríos”, recoge otro testimonio.
“Este cangrejo lo utilizan para crear conceptos”, analiza Vargas. “Si sabemos cómo es un organismo, podemos relacionar otras cosas del entorno con esa morfología, como si fuera un lugar o un libro: lo podemos leer y darle significado a sus diferentes partes, a diferentes rostros, a diferentes animales. Así se representaban incluso conceptos, como conceptos de cosmogonía”.

Tomemos como ejemplo al Callinectes sapidus. Al examinarlo junto a la iconografía del altar 4 de La Venta, de la cultura olmeca, encuentran patrones, líneas, coincidencias que, para los investigadores, pueden ir más allá de la mera casualidad. Para sus construcciones, los olmecas requerían del transporte colectivo de piedras volcánicas desde lejos. ¿Habrá aquí alguna referencia al trabajo colectivo de la jala de piedra que pervive al sur de Costa Rica? Otro ejemplo visual se aprecia en el motivo de las bandas cruzadas.
Pero, ¿es algo tan claro aún hoy? “Hay algunas cosas que son explícitas, pero vos sabés que hay muchas otras, en todas las culturas humanas, que son más bien implícitas”, dice Vargas. “No son exactamente tan claras a la hora de hablar de ellas, sino que son ideas que uno va arrastrando, que van sobreviviendo a través del tiempo, de cultura en cultura”.
“Ellos crean, a partir de esa morfología y de esas formas, conceptos, como si fuera un abecedario, como si fuera un libro que hay que descifrar. Van descifrando y adjudicándole sentido”, explica Vargas. Para explorarlo, ahondan en ejemplos de México, Nicaragua, Costa Rica, Colombia y referencias a otras zonas geográficas. El estudio encuentra posibles relaciones entre esta tradición y representaciones olmecas, piezas arqueológicas de Costa Rica, cerámicas de la cultura moche en Perú y otros objetos de Mesoamérica y Sudamérica.

Vargas explica que, con esta línea de investigación, se pueden definir “principios biosemióticos” que trasladan el conocimiento de la naturaleza, de sus seres, a la visualidad, y de allí, al sentido, al conocimiento. De costado, desde abajo, desde arriba, de frente, sus ojos, sus patas: por pareidolia o semejanza, Vargas detalla correspondencias entre motivos iconográficos y la morfología del crustáceo.
Ahora bien, como todo estudio de su tipo, queda por indagarse mucho más. Es una hipótesis, una pregunta provocadora afianzada en la investigación. ¿Cómo evitar el riesgo de empezar a ver el cangrejo en todas partes? “La geometría tiene unas posibilidades y otras no”, dice Vargas. “Está presente en todos lados, lo que pasa es que es una figura muy poco estudiada. Por ejemplo, en la costa norte del Perú, el cangrejo es el animal más representado de la cultura moche. Pero, como es pequeñito, no parece tan relevante y no se habla de él”.
Solo queda seguir investigando. “Futuras investigaciones para avanzar en la relación iconográfica, cosmogónica, y conceptual de las primeras culturas con los cangrejos deberían tener enfoques interdisciplinarios que integren perspectivas de la antropología, biología, semiótica, lingüística, arqueozoología y arqueología”, escriben los investigadores. Nos queda seguir preguntando. Seguir observando.
Con el tiempo, quizás comprendamos cosas que aún no se nos revelan. “Es algo que es un poco lento porque la historia se ha construido desde el antropocentrismo. Pero cuando uno pone el cangrejo, todo se explica”, opina Vargas. “Es que el cangrejo tiene muchas formas, y esas formas no fueron utilizadas solo una vez, sino muchas veces”.
