El que diga que no siente curiosidad por ver una película “prohibida” probablemente miente. Otra cosa es disfrutarla. Pero hay algo persistente, casi irresistible, en esas obras que, décadas después de su estreno, conservan el aura de lo peligroso, como si aún quemaran al tacto.
Ese es el caso de The Devils, la película de 1971 dirigida por Ken Russell, que esta semana volvió a la conversación pública tras anunciarse su reestreno en una nueva restauración dentro de la sección Classics del Festival de Cannes, dedicada a hitos de la historia del cine.
El interés no radica únicamente en una mejora técnica. La restauración ha sido presentada como el intento más exhaustivo hasta la fecha por recuperar la visión original de Russell: escenas eliminadas, pasajes alterados y decisiones de marketing que durante años buscaron hacer la película “aceptable” para distintos mercados.
Nada de eso funcionó del todo.
En el Reino Unido, la cinta fue restringida a mayores de edad y aun así enfrentó prohibiciones locales en varios municipios. En Estados Unidos, la versión distribuida por Warner Bros. fue, según el propio director, incomprensible en su montaje. Aunque en 2002 se proyectó una versión más completa, el estudio evitó durante años su circulación íntegra en formatos domésticos.
Lo que ahora se anticipa desde Cannes —si se cumple lo prometido— podría finalmente abrir la puerta a ediciones definitivas en 4K, DVD y Blu-ray de una obra que ha vivido, en buena medida, fragmentada.
Pero, ¿por qué tanto escándalo?
La película se basa en hechos ocurridos en 1634 en Loudun, Francia, donde un convento de ursulinas fue escenario de supuestas posesiones demoníacas que derivaron en episodios de histeria colectiva. En pleno alboroto descolla la figura del sacerdote Urbain Grandier, que terminó acusado de brujería y condenado a la hoguera. No fue un caso aislado en la Europa de la época, pero sí uno de los mejor documentados.
Con Oliver Reed y Vanessa Redgrave en los roles principales, Russell lleva estos hechos a un terreno extremo: una puesta en escena donde lo religioso, lo político y lo sexual se entrelazan sin concesiones. La película es violenta, excesiva y deliberadamente provocadora.
Más allá de su imaginería (desnudos, crucifijos, torturas, escenas de fuerte carga erótica, un hueso usado de maneras inusuales, al igual que un Cristo) lo que inquieta en The Devils es su lectura del poder.
Más que la presunta posesión en sí, el relato de Russell es un estudio sobre el control, la manipulación y la fragilidad de las convicciones humanas frente a la presión colectiva. ¿Cómo puede una comunidad entregarse al delirio cuando confluyen religión, política y miedo? ¿Qué consecuencias tiene sobre mente y cuerpo?
Medio siglo después de su accidentado estreno, la restauración de The Devils nos vuelve a preguntar cuánto de ese fervor irracional sigue operando en el presente, con otras formas y otros discursos. A esperar Cannes, en mayo, para conocer cómo se ve ahora.
