Jacques Sagot. 13 septiembre
Costa Rica no ha dimensionado aún la grandeza humana y artística de don Manuel María. Foto: Archivo.
Costa Rica no ha dimensionado aún la grandeza humana y artística de don Manuel María. Foto: Archivo.

Manuel María Gutiérrez es lo que los estadounidenses llaman “an unsung heroe”: “un héroe no cantado”. No solo fue uno de los protagonistas de las batallas de Santa Rosa, Sardinal y Rivas, sino también un héroe musical. El país no le ha concedido ni remotamente la gloria que merece. Sabemos que es el autor del Himno Nacional. Hoy vamos a hablar de otra de sus composiciones señeras: la Patriótica Costarricense.

En 1952, Manuel María es nombrado Director de Bandas de Costa Rica. Eran bandas militares: su fuerte eran los instrumentos de viento y la percusión: se trataba de arengar a los hombres para que se inmolasen en los campos de batalla, no de arrullarlos al son de dulces barcarolas. Una banda militar típica de la época estaba integrada por tambores, clarines mayores, clarín de órdenes, diez clarinetes, ocho cornetas, seis pitos, dos trompas, cornabacetes y serpentones. Los clarines desempeñaban el rol de los violines y demás instrumentos de cuerdas. Con esa configuración instrumental salta a la luz el verso de Darío: “¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines” (“Marcha triunfal”).

Manuel María compuso cerca de cuarenta obras de géneros diversos: marchas, himnos, polkas, valses, mazurcas, paso dobles, contradanzas, oberturas, dianas y varsovianas. Su “Vals de Palacio”, popularísimo en su día, se ha extraviado, junto a una gran parte de sus piezas. Era una obra inspirada por los románticos valses vieneses de Strauss. Todo esto fue posible gracias a la masiva importación de instrumentos y partituras que Juan Rafael Mora hizo traer de Europa poco antes de la guerra contra los filibusteros. El presidente estaba emparentado con Manuel María: ¡todos éramos parientes, en la Costa Rica de aquella época!

Así las cosas, nuestra primera influencia fue la música “republicana y marcial” que cultivaba en Francia la banda militar de Napoleón Bonaparte, entre otras agrupaciones, y para la cual compusieron notabilísimos músicos (Berlioz entre ellos: piénsese en su Sinfonía Fúnebre y Tirunfal). Manuel María tocaba el violín, el flautín, el tambor, y además dirigía: era un músico completo. Alguien ha divulgado la noción de que la Patriótica Costarricense fue compuesta para dar ánimo a nuestros soldados en la guerra contra William Walker. Esto es un anacronismo. La pieza nació en 1862, seis años después del aplacamiento de ese conflicto.

En un dramático momento de la batalla de Rivas, la balanza comienza a inclinarse a favor de los filibusteros. Es preciso ira a traer refuerzos, con el terrible inconveniente de que para ello hay que atravesar las líneas enemigas que Walker, astutamente, ha ubicado a espaldas de nuestros soldados. José Joaquín Mora Porras, capitán de nuestro ejército y hermano del presidente, le encomienda esta misión a Manuel María. Nuestro músico no lo duda ni por un segundo: se amarra al costado de un caballo, colgando de su flanco como el príncipe polaco Mazeppa, en precario equilibrio, estrechándose contra el costillar de la bestia y rogándole a Dios que los enemigos estuvieren del otro lado, atraviesa las filas rivales como un caballo sin jinete. Los refuerzos llegaron y ese fue el hecho de decantó la batalla a favor nuestro. Un gesto heroico por lo menos tan espectacular como el de Juan Santamaría.

La Patriótica Costarricense (nuestro segundo himno nacional, el equivalente del Rule Britannia para los ingleses, o America the beautiful para los estadounidenses) nació como una marcha militar: vivaz, brillante, bélica, saltarina, energética. Por mucho tiempo se le conoció como “La vieja Costarriqueña”, “La Costarricense”, y finalmente se convirtió en “La patriótica costarricense”. El texto no es nuestro: lo escribió Pedro Santacilia, notable poeta y periodista cubano que llegaría a ser yerno y asistente de Benito Juárez, en México. Quien esclareció este embrollo fue nuestro periodista Armando Vargas Araya, que movido por sublime obsesión, después de descubrir en Río de Janeiro algunos versos del poema original, se fue para la Habana a investigar su origen. La alusión a la “palma” y la “sabana” delatan su vínculo con el paisaje cubano. Solo la última estrofa pertenece a un autor desconocido. De modo que el texto de la Patriótica no es, como durante mucho tiempo se creyó, del músico y periodista español José Augusto Mendoza. Lo escribió Pedro Santacilia en 1852: es un poema titulado “A Cuba”, y está dedicado a su amigo Matías M. Averhoff. Es posible que la presencia de intelectuales cubanos como Antonio Maceo y José Martí (quien escribió con alguna frecuencia para El Diario de Costa Rica) explicara la adaptación del texto de Santacilia a la música de don Manuel María.

Pero dejando el plagio del texto fuera de consideración, el hecho es que Costa Rica ha venido durante muchas décadas interpretando una versión espuria, mostrenca, adulterada, pervertida de la pieza. Repito: nació como una marcha enérgica y viril, en compás de 4/4. Luego derivó a una mazurca en compás de 3/4 con el segundo tiempo acentuado (lo propio de esta danza), finalmente degeneró en el valsecito lento en 3/4 (con acento en el primer tiempo) que todos conocemos. ¡Esto es inadmisible! Nuestros directores de bandas, compositores y arreglistas deberían honrar la voluntad del autor, y reconvertirla en marcha triunfal.

Manuel María de Jesús Gutiérrez Flores fue un ciudadano múltiple, que un día dirigía una tormenta de cañones, y al día siguiente componía los más hermosos valses y mazurcas. El país lo honró por décadas en el hoy ya descontinuado billete de 500 colones.
Manuel María de Jesús Gutiérrez Flores fue un ciudadano múltiple, que un día dirigía una tormenta de cañones, y al día siguiente componía los más hermosos valses y mazurcas. El país lo honró por décadas en el hoy ya descontinuado billete de 500 colones.

Quien esto escribe ha tocado de un tiempo acá la versión original ante muchos auditorios, y la gente sale eufórica, rezumando adrenalina y entusiasmo. Lo que tenemos hoy en día es un valsecillo arrastrado, ensiropado, pegajoso, sentimentaloide… por poco un bolero. Y claro: la gente llora, se mesa los cabellos y se rasga las vestiduras con esta cursilería, pero ello es porque desconocen la versión original. ¿A quién se le ocurriría proponer una marcha fúnebre con la “Oda a la Alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven? ¡Pues lo que no se le hace a Beethoven tampoco se le hace a Gutiérrez! Le debemos esta mínima deferencia a don Manuel María, héroe inmortal en todos los ámbitos de su bella y turbulenta existencia.