Áncora

¡Si todo es ‘histórico’, nada lo es!

Da Vinci no puede escribirse en el mismo renglón que el inventor del granizado. O Mozart terminar comparado con un tal Bad Bunny. Jobs no se parece a los exhibicionistas ‘youtuber, así como tampoco Don Juanito, Don Ricardo, Don Pepe o Don Rafael Ángel pueden inscribirse en la misma cartilla histórica que sus sucesores.

¡Si todo es “histórico”, nada lo es! O, en paralelo: si todo es “importante”, terminarán los márgenes colándose como el cuerpo de escritura, los suplentes confundidos entre los titulares, y la soldadesca sentada a la mesa de los generales.

No es, este, un problema menor. Ni tiene por qué dilucidarse desde la arbitrariedad o las cavernas de la falsa erudición. De ahí, que decidiéramos trasladar esta discusión académica —en tono cuasifamiliar—, al debate público. Procurando aclarar, corregir y añadir algo de respeto a la Historia —mayúscula intencional— como disciplina, como academia, y dicho desde la raíz: como reconocimiento de todo aquello que, por trascendencia o incidencia, sí que merece, indiscutiblemente, el adjetivo: “histórico”.

Convengamos en que, si todo es “histórico”, nada lo es. Porque a fuerza de llamarle así a eventos que, obviamente, no lo son, es que el político inculto reclama patronazgos ficticios que, el público adormecido, no cuestiona. En parte porque la crisis educativa terminó por amputar la educación cívica, que era donde alguito de historia se estudiaba. Y en parte, porque la prensa ha sido sociopáticamente avasallante, con su doctrina de la superficialidad.

Por resulta, hoy topamos con el callejón sin salida —y sin sentido—: de lo “histórico” por proclamación. Que no es otra cosa que la exhibición espuria de una historia adulterada con intenciones de legitimar eventos y procesos bastardeados, tanto por omisión como por invención.

Y desde ahí. Justamente, desde ese punto muerto, es que la sacrosanta “Historia Oficial”, recurre a cierta teatralidad, cabalgando siempre entre el mito, el artificio, la máscara, el baile y la ignorancia. Para, desde ese trampolín de teatralidad, lanzarse en cruz a la fosa común de su propia trampa: elevar a esa categoría “histórica”, los retazos que más entretengan o distraigan al público, siempre en el marco de ese evangelio nacionalista que dicta, desde la minoridad intelectual, lo que se debe elevar a “histórico”, sin importar que pueda confundir alegrías futbolísticas, con cívicas gestas heroicas. Entre otras barbaries autoreferenciales.

Si todo es “histórico”, es porque llegamos al punto en que solo una minoría resiste, rebelándose ante el fácil sentido que se le quiere imprimir al término, vaciando su contenido, deconstruyéndolo, e incluso, depreciándolo. Deviniendo en letra muerta, la misma Historia. Mancillándose la profesión adyacente y enterrándose la Academia. Erigiendo en su lugar, el relativismo de una “historia” accesoria, siempre mercadeable, y hasta en el peor de los casos: optativa. Es decir: prescindible.

Instagram o TikTok, como nuevo paradigma, complican la escena en la recuperación de lo verdaderamente “histórico”. ¡Todo se reduce a un instante, al instante! (nos parecen gritar desde el mercado). Sin complicaciones ni ejercicios de memoria, se vienen signando así, los tiempos de nuevas generaciones, que por la víspera, no la tendrán toda consigo.

Siendo nuestro intento, al mismo tiempo, clarificador y ordenador; partamos desde lo que no es “histórico”, para así evitarnos el común resbalón, por ese tobogán tramposo y facilista (populista), que arroja al fangal de mirarlo todo igual. Sin jerarquías ni conceptos instructores que delimiten y aterricen. Sino, y consuetudinariamente, desde una cruzada por la igualación, liderada por aquellos titulados e intitulados, pero incultos, cuyo rasero oportunista los marca siempre con la letra escarlata que alerta inequívocamente: “la ignorancia es atrevida”.

Convengamos, entonces, en que no es histórico todo lo que ocurre por primera o última vez. Caso contrario, la lógica más básica obligaría a considerar que la segunda, tercera o cuarta vez, también habría que echarlas en ese mismo saco, de lo indiferentemente “histórico”.

Y como, a fin de cuentas, todo es cuestión de parámetros, aquí habríamos de reparar en que el referente no es —léase: no debe ser—, si fue la primera o la quinta vez, sino la relevancia del hecho per se. Pero, sobre todo: la incidencia sobre los demás.

La relevancia del problema, radica en que, lo realmente histórico, antes partía de la influencia reconocible, perdurable e innegable, para el colectivo. Y no como hoy, que parte de la viralidad o la superficialidad, que no pocas veces se entrecruzan como parangónes.

Así las cosas: ¿lo histórico es arquitectura colectiva o simple trazo autocrático?

Depende, por ejemplo, de si nuestro primer llanto es “histórico”. Así sea solo para cada uno de nosotros. O a lo sumo para nuestra progenie. Pero hasta ahí. Porque el mundo habría podido seguir su galope sin nosotros. El día que hicimos la primera comunión, nos casamos y luego divorciamos. Cuando nos graduamos y nos empleamos, hasta pensionarnos al final, solo para luego convertirnos en recuerdo. Son, todos, granos de arena —no hechos históricos— en la playa de la humanidad. Y esto así, desde que no definen el curso de la historia. Como tampoco la alteran las recurrentes “tablas de goleo” o los astronómicos salarios (anti)deportivos. Ni siquiera si clasifica este u otro equipo, así sea a un “Mundial” o a la “Gran Final”.

Pero todos habremos de estar, en que no admite discusión como “histórico”: el primer cruce del hombre por el Estrecho de Bering o la llegada de Colón y el paso de Magallanes, la rendición de Moctezuma ante Cortés o la emboscada de Pizarro a Atahualpa, o incluso la posterior ejecución, por Toledo, de Tupac Amaru. Y aún antes, las gestas de Alejandro Magno —siempre con la Ilíada bajo el brazo— derrotando hasta al formidable Darío, la fundación de Alejandría o el subsecuente oleaje helenístico de los Ptolomeos.

Más acá: la invención de los anteojos y las prótesis, la electricidad, el tranvía, la refrigeración, el motor de combustión, las telecomunicaciones, la computación y el primer hombre en la luna.

Sin descontar, desde luego, las independencias republicanas y los corolarios revolucionarios o las repulsas de invasores, incluidos filibusteros, mercenarios, colonialistas —no pocas veces, juntos y revueltos—, refundaciones nacionales denominadas constituyentes, golpes de Estado, magnicidios como los de Julio César, Lincoln, Mora, el Archiduque de Austria, Kennedy, Galán o Colosio-, y aún aquellas concepciones institucionales como la Liga de las Naciones —luego ONU—, la OTAN, las uniones regionales como la UE, o mucho antes, la OEA, hacen parte de la historia, entendida no como toda impronta que ha dejado la humanidad a su paso (Toynbee), sino de lo que aquí nos convoca: lo realmente “histórico”, partiendo de sus orígenes hasta arribar a sus consecuencias.

Cabe redondear con los flujos de metales preciosos y subsecuente transferencia tecnológica, como factores posibilitantes de la revolución industrial, las negociaciones entre los soviéticos y “los aliados” en el decurso de la Segunda Guerra Mundial, el amanecer peronista, el anochecer de Arbenz y Allende, la caída de Pinochet y otros miembros de la pandilla dictatorial latinoamericana (para fincarnos solo en el barrio chico), el ascenso de Chávez en Venezuela o ahora de Petro en Colombia, hacen parte de lo realmente histórico, frente a la neoinvención de lo mercadológicamente “histórico”.

Quede claro que, la conceptualización del término, no tiene por qué reptar de pedanterías aristocratizantes. Tampoco, los historiadores, deben tenerse a distancia, como si se tratara de traficantes de misterios o rescatadores de milagros olvidados que, como solo ellos ven, solo ellos clasifican, y más aún, solo ellos certifican. Mucho menos han de fungir como registradores o censores de lo “histórico”, los comentaristas o presentadores de noticias. Eso toca también a los agentes sociales afectados, perdurable y profundamente, por tales eventos. Pero ese, debería ser siempre, un ejercicio responsable. No acomodaticio ni superfluo.

Aquí, de lo que se trata, es de caer en cuenta que, si los aztecas, los mayas e incas, hicieron tanto por nosotros, como los griegos y los romanos, o después los austrohúngaros, ingleses, españoles y franceses, los estadounidenses sin duda, o los chinos y otros tantos —vinieran de oriente como de occidente, sus genialidades verdaderamente históricas—, es lo cierto que: ¡no se vale igualarlo todo! De ahí nuestra prudente advertencia.

¡No! Da Vinci no puede escribirse en el mismo renglón que el inventor del granizado. O Mozart, terminar comparado con el “compositor del año” de nuestros tiempos: un tal Bad Bunny. Jobs, no se parece a los exhibicionistas “youtuber”, que ningún valor social suman. Así como tampoco, Don Juanito, Don Ricardo, Don Pepe o Don Rafael Ángel, pueden inscribirse en la misma cartilla histórica que sus sucesores. Que las facciones de hoy no son los partidos de ayer. Ni la escuela o colegio, educan igual, desde que las universidades públicas también se ausentaron del debate público.

Lo histórico —ahora sí, sin comillas— es siempre rompedor. La invención del libro y luego de la biblioteca, o del acueducto, el lavatorio y hasta del excusado. O de la pólvora, y más adelante, del cañón. Son todas, muestras de que la historia se lee hacia adelante. Jamás y por más que parezca, hacia atrás.

De pronto, lo histórico termina siendo aquello que nos interpela desde otras épocas y aún (nos) remueve, como hito, si bien no siempre ni necesariamente fundacional, sí y obligadamente: estructural. No se trata de ventanas iluminantes, nada más. Sino de cimientes (re)estructurantes, en tanto (re)conceptualizantes. Eso es lo histórico.

Y como no detenerse en la Ilíada, Don Quijote o Hamlet. O sumar Guerra y Paz, Crimen y Castigo, Metamorfosis, Así Habló Zaratustra, Ficciones y hasta Cien Años de Soledad. ¡Y tantos más!

En fin, que la manía de llamarlo todo “histórico”, no solo vacía, sino que licua, todo contenido. Dejándonos, tal operación de resta, las formas y los espejos, el maquillaje o la “merula”, las máscaras y las bombetas, justamente, en los lugares y en los momentos en que más necesitamos nutrirnos de la sustancia de lo verdaderamente histórico, sin dejarnos encandilar con su versión calculadamente simplificada y simplificadora -sea por genuflexión populista, cálculo mercadológico, o mera ignorancia atrevida-.

¡Si todo es “histórico”, nada lo es! Prevenidos estamos y por ahí nos vamos.

Arnaldo Moya Gutiérrez es historiador y profesor universitario. Pablo Barahona Krüger es abogado y profesor universitario

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