
“¿Por qué la gente desconoce las cosas? Porque nadie se las ha enseñado", dice doña Vilma Faingezicht a unos minutos de la presentación de su nuevo libro en el Teatro Nacional. Un Museo Abierto. Origen, historia y legado relata dos décadas de trabajo de la institución que fundó y dirigió por dos décadas: el Museo de la Comunidad Judía en Costa Rica (Rohrmoser, San José).
Y si bien las huellas del aporte judío a nuestro país se ven en la calle y en los periódicos y en todas partes, alguien tiene que enseñar por qué, cuándo y cómo. Para eso es un museo.
No es nada fácil hacer un museo, mucho menos mantenerlo. Para doña Vilma, era una cuestión necesaria, por mucho que costara. “Crear un museo no fue nada fácil, porque partís de algo que no existe”, reconoce. Al salir del museo, en 2023, más de 90.000 personas habían visitado sus exposiciones históricas.
Pero esta labor de memoria es una misión que ella cree que se extiende a todo el país. “Creo que debe haber información o museos o libros de todos los grupos migrantes de Costa Rica, que tenemos bastantes. Yo siempre menciono tenemos el grupo negro, el grupo chino, el grupo nicaragüense, los indígenas... Tenemos mucho para informar. A mí me correspondía estudiar un poco la parte judía y la migración judía”.
Ahora recupera ese legado en este libro.

¿Cómo nace el museo?
“El museo lo abrimos en el 2005. Pero para abrir en 2005 había que empezar mucho tiempo antes con todas las ideas”, recuerda la gestora cultural y escritora. “La idea surge de cómo dejar un testimonio, cómo preparar a la gente en algo que, por supuesto, desconocen”, explica.
Después de la colonia, la migración judía más importante empezó a finales del siglo XIX y se intensificó con el auge del nazismo. Muchos venían de Polonia, incluso de algunos poblados específicos que vinculan a varias familias. Esa es parte de la historia relatada en el museo, pero también cómo se entrelazaron con el resto de la sociedad tica.
“Hay que educar a la gente en lo que vos querés que aprenda. Una de las formas que pueden ser dentro de nuestro sistema son las escuelas, los colegios, por supuesto y los museos. Entonces, ¿cómo formar un museo abierto, que es lo que yo pongo aquí en el libro?“, cuestiona Faingezicht.
“Un museo abierto quiere decir que el museo es abierto con la intención de recibir a grupos, colegiales y escolares, universitarios de todo el país en grupos organizados, no simplemente que vos pasás por el museo, entras media hora, 15 minutos, una hora, le das una vueltita y saliste”, dice. “¿Sabés qué aprendiste de esos museos? Nada. Tenés que tener alguien que te reciba, alguien que te atienda y tener la información adecuada", argumenta.

-Sobre todo en este contexto porque es un museo de una comunidad. Una comunidad que está viva, que está presente, en todas partes...
- Mirá, son historias de familias, pero hay una cosa también que es importante. Yo soy costarricense, completamente tica. Viví siete años en Alajuela. Mis inmigrantes vinieron de Polonia; sobrevivieron la Segunda Guerra Mundial y llegaron de un pueblo que se llama Zelechow. Se fueron a vivir a Alajuela. Imaginate la diferencia entre vivir en un pueblo en Polonia y venir a Alajuela.
“El costarricense siempre fue muy cálido, muy abierto, y recibió muy bien a ese migrante. Yo era una chiquilla y, en mi época, había mucha libertad para los niños. Uno andaba en la calle con todos los amigos, corriendo, visitando, haciendo de todo. No había problema ni miedo de que algo te fuera a pasar.
“Pero al hablar de un grupo migrante en un museo, no solo hablamos de quienes llegaron antes o después de la Segunda Guerra Mundial. También hablamos de todos nosotros: de nuestros hijos, nuestros nietos y todos los demás que somos parte de esta historia.
“Y ese es un punto muy importante: somos completamente costarricenses, pero conscientes de nuestras raíces”.

- Al tratarse de la historia de un grupo migrante, de una comunidad migrante, tiene que entrelazarse con la historia universal y global de la comunidad judía a lo largo de los siglos. Pero esa historia también se tiene que contar con objetos de las familias, con cosas que están acá, con la estela de esa presencia en Costa Rica...
- Algunas familias lograron traer objetos de Polonia. Entonces, sí hay algunos objetos y también documentos.
“Pero hay que tomar en cuenta varias cosas. Los grupos migrantes que llegaron antes de la guerra lo hicieron en ciertas condiciones y trajeron algunas cosas, aunque no muchas. De esas todavía tenemos algunas.
“Los que lograron sobrevivir a la guerra prácticamente no trajeron nada, porque ya no tenían nada. Pero, si uno logra ver en el museo algunos objetos de esas familias, puede entender también parte de esa historia.
“Algo que me llamaba la atención es que las primeras migraciones eran principalmente de Europa y, sobre todo, de Polonia. Con el tiempo empezó a diversificarse la composición de la comunidad. Comenzó a llegar gente no solo de otros lugares de Europa, sino también de distintos países de Latinoamérica.
“Había situaciones políticas que provocaban esas migraciones: Chile, Argentina, Bolivia, Venezuela, Colombia, en fin. La comunidad empezó a hacerse mucho más diversa, y eso es bonito y enriquecedor”.

Hacia el futuro
De este modo, el museo incorpora la historia y el presente, la triste memoria de la persecución y el Holocausto, pero también florece allí el Parque de la Vida, con los nombres de los sobrevivientes que vinieron a Costa Rica.
Reconocer la dureza de la historia es gran parte de la misión de un museo como este. “La única manera es educar, educar y saber que somos diferentes, pero iguales; conozcámonos y entendámonos de alguna manera”, dice Faingezicht.
Pero, ¿qué debe hacer un museo o qué puede hacer con los temas difíciles? Para la escritora, un museo sí puede ser sitio de debate de temas espinosos, de la historia del antisemitismo en adelante.
En el mundo, los museos se han vuelto justamente esas ágoras donde los debates más agitados se pueden librar, pero con rigor académico o artístico según el caso. ¿No debería ser aquí, por ejemplo, donde se discuta el renacer del antisemitismo, los estereotipos históricos, la política actual de Israel, el asedio a Gaza...? Nuestros museos han dado pasos en ese sentido, pero uno añora más participación, más diálogo. Museos abiertos de todo tipo.

Doña Vilma concuerda con este espacio de discusión, pero considera que la clave es el tiempo y el rigor. Es decir: que se puedan llevar a cabo seminarios, charlas, foros y conferencias capaces de compartir información, debatir con rigor y analizar todo lo que temas duros y suaves, difíciles y más felices pueden enriquecer nuestro entendimiento de la comunidad judía en Costa Rica.
“En todo, en toda la historia y en todo lo demás, pero eso es otro tipo de trabajo, basado en otro esfuerzo y en otros presupuestos, porque si se quiere hacer eso se necesita gente preparada, dando sus charlas y desarrollando distintas actividades”, considera.
Es una misión que se debe extender a otras comunidades, considera Faingezicht. “Ojalá pudiéramos, en algún momento, tener más información sobre los diferentes grupos que conforman el país. A todos nos falta aprender”, reconoce.
“Para mí sería ideal. Mientras tanto, la poca o mucha colaboración que podemos hacer es tener el libro con toda la historia de cómo se creó un museo y lo que uno llama ‘puertas abiertas’. Un museo con puertas abiertas, no un museo solo para la comunidad. Son dos cosas muy diferentes”, matiza la fundadora.
“No se trata únicamente de que vayamos a ver todo nuestro pasado, quién llegó, cómo llegó, fulanito, menganito. Eso tiene un valor, estoy de acuerdo, pero tendría que ser un valor paralelo”, dice Faingezicht. “Mientras tanto, creo que nuestra obligación como costarricenses es darnos a conocer, entendernos y compartir ese origen, todas esas raíces, con todo el pueblo costarricense”.

Visite el Museo de la Comunidad Judía en Costa Rica
La entrada es gratuita, pero debe solicitar cita con antelación. El horario del museo es de lunes a jueves de 8 a. m. a 6 p. m.; viernes de 8 a. m. a 4 p. m.; domingos de 10 a. m. a 4 p. m. Los sábados y feriados nacionales y judíos, cerrado. El libro Un museo abierto cuesta ¢15.000 y lo puede solicitar por correo a vilmafain@gmail.com
