Jacques Sagot. 11 octubre

Escuchar música en medio del sufrimiento físico es bueno: la música le impone al dolor un ritmo que va a contrapelo de sus periódicos ramalazos. Los accesos comienzan a hacerse más distantes entre sí y más irregulares. La música los trastorna. Los grandes clímax musicales sobrepujan los paroxismos del dolor. Y los pasajes serenos apaciguan las sensaciones ingratas. De pronto, y como por ensalmo, el dolor ha desaparecido. Queda únicamente la fragilidad general del cuerpo, su extenuación, y ese sentimiento -el más bello del mundo- que llamamos “alivio”. Cualquier gran música: no tiene que ser Mozart, como algunos creen: igual pueden ser Bach, Beethoven, Schumann, Bartók, Prokofiev.

"Alegoría de la música" (circa 1898) por Alphonse Mucha (1860-1939).

En Monsieur Teste, Valéry sostiene: “El dolor es cosa muy musical, podemos casi hablar de él en términos de música. Hay dolores graves y agudos, andantes y furiosos, notas prolongadas, notas pedal, arpegios, progresiones, bruscos silencios…” Soy un hombre de salud precaria, y ello por mil razones. Mi cuerpo ha sido asediado desde la infancia por todos los frentes imaginables. He conocido el dolor paroxístico muchas veces. Y la música ha sido mi más preciada aliada. Más que cualquier fármaco que jamás me haya sido prescrito. ¿Hay algo que la música no sane o siquiera alivie? No es hiperbólico o figurativo afirmar que la música ha salvado mi vida. Tal es mi testimonio.

Y a él, añado el de alguien sin duda más calificado, la filósofa Claire Marin: “La música es una experiencia privilegiada, porque parte del cuerpo y porque puede ser tan invasora como el dolor físico -constituyéndose por ende en un poderoso contrapeso-. Dentro de una lógica en la que el cuerpo es visto como un traidor, y siendo la música la sensación más desencarnada, uno procura eludir (“contourner”) el cuerpo sin que él se dé cuenta. Además, con la música tenemos la posibilidad de hacer variar las intensidades y de crear las correspondencias con la intensidad que el dolor imprime. El dolor es musical: tiene una tonalidad, un ritmo, con refranes insoportablemente recurrentes, momentos de apaciguamiento y de sobresalto. En la música hay una violencia escogida, amaestrada, de la cual se puede disfrutar, y que responde a la violencia impuesta e insostenible del sufrimiento físico. En el hospital le dan a uno una reglita con un cursor para indicar la intensidad del dolor. Uno desplaza el cursor de la misma manera en que uno haría aumentar o disminuir el sonido. Esta analogía entre los gestos materializa la relación entre música y dolor. Pero, sobre todo, la música tiene el poder del éxtasis: le permite a uno salir de sí mismo y de su cuerpo adolorido, en un escape que libera al sujeto, en una des-posesión gozosa. Embriaga, arranca al enfermo de su propio sufrimiento exaltándolo”.

Sí, el alivio y la divina sensación de la convalecencia, el dolor que retrocede y se pierde en lontananza como un enjambre de demonios. El cuerpo que se reencuentra a sí mismo y redescubre el gozo de ser, el gozo del vivir. En uno de sus últimos, testamentarios cuartetos para cuerdas, Beethoven compone un movimiento lento -especie de plegaria en modo lidio- que subtitula: “Canto sagrado para dar gracias al Altísimo por la salud reencontrada”. Y en las secciones más animadas de este por demás contemplativo adagio, escribe anotaciones como “voy recuperando la energía”, o “las fuerzas de la vida me ganan para sí”. Es su penúltimo cuarteto. La voz de un hombre que ya conversa con Dios, de un sordo capaz de escuchar el infinito, de un ser humano que nos habla desde un nivel de conciencia superior, desde una dimensión de la realidad nimbada por una luz tan pura, tan diáfana, que por poco diríamos que suena. Óiganlo, y verán a lo que me refiero. Es el Cuarteto número 15 en La menor, Op. 132.

La música respira, tiene un ritmo sistólico y diastólico, un tempo de inhalación y de exhalación. En ello mimetiza al cuerpo humano. Se presenta como una sucesión de paroxismos y apaciguamientos. Su isomorfismo con los ciclos del dolor es evidente. La música nos trasciende, nos atraviesa, nos contiene y arrulla como una especie de líquido amniótico sonoro. Siendo una actividad antonomásticamente humana, tengo para mí que no procede de nosotros, sino de una dimensión suprahumana.

Eso es la música. Eso y mil cosas más. Su rol puramente terapéutico, siendo importante, no es el más significativo. La música es bella y benéfica porque en ella el ser humano proyecta, plasma, recrea y formula lo mejor de sí mismo. No solo lo que es, sino -más significativamente- lo que querría ser. Una ventana hacia el alma humana: sus cimas impolutas como sus más abyectas cloacas. A la música debo el hecho de estar vivo. Ha sido mi aliada en medio del dolor y la enfermedad. Un bálsamo, un agente de alivio y sanación. La más leal compañera. La que jamás traiciona. Mi esposa y mi religión.