
Los artistas han estado imaginado distintos fines del mundo desde hace siglos. En un hermoso ensayo de 1976 sobre el Retablo de Isenheim (1512-16) de Matthias Grünewald, el autor británico John Berger dice que en su primera visita, trece años antes, vio la crucifixión como la clave a toda la obra y la enfermedad como clave para la Crucifixión. Muchos han visto el fin del mundo de cerca: la peste, la guerra, la sequía, la hambruna. Nos quedan recuerdos y pinturas.
Berger visita Colmar para ver el altar antes y después de mayo de 1968, aquella bisagra histórica cuando otro mundo fue posible. Nos cuenta cómo su punto de vista cambió por completo en esa década en la que todo pasó. Luego del fracaso del 68 vino la “normalización”.
“La normalización significa que entre los diferentes sistemas políticos, que comparten el control de casi el mundo entero, todo puede ser intercambiado bajo la única condición de que nada, en ninguna parte, cambie radicalmente”, define el escritor. “Se asume que el presente es continuo, que la continuidad permite el desarrollo tecnológico”.
En años recientes, el mundo del arte se ha escindido entre quienes ven en la inteligencia artificial (IA) una ruta para el avance creativo y quienes ven en ella un instrumento de la normalización que describe Berger.
A la vuelta de tantas actualizaciones de ChatGPT, ha quedado claro que es ambas cosas. Algunos artistas llevan décadas explorando las posibilidades de la IA sin quedarse en el camino; otros la exploran hoy críticamente, sin miedo a sonar luditas por no abrazar una extensión más del “tecnofeudalismo”.

Hace poco se publicó la traducción al español de Medios calientes. Las imágenes en la era del calor (2017, Caja Negra), colección de ensayos de Hito Steyerl sobre el entrelazamiento de la crisis ambiental planetaria, las demandas de energía de la industria tecnológica y la IA, y la producción —sobreproducción, exceso, detrito— de imágenes en nuestra cultura contemporánea.
La artista alemana esboza varias preguntas cruciales sobre esas imágenes: “¿Por qué todo luce igual? ¿Qué es lo que las imágenes generadas por IA pretenden optimizar? ¿Cuáles son sus ventajas? ¿Automatizar el flujo de videos a TikTok (cuyo algoritmo funciona más favorablemente cuando un usuario sube de uno a tres videos al día, lo cual hace que añadir más de lo mismo a un pool rancio de uniformidad ya existente sea un trabajo a tiempo completo)?“.
Imágenes multiplicadas
En diciembre, Steyerl inauguró The Island, un proyecto multimedia en el Osservatorio de Fondazione Prada, en Milán. Como en obras previas, echa mano de las herramientas digitales para cuestionarlas y para invitarnos a pensar en su uso también.
Fragmentos, entrevistas, videos, sonidos; elementos generados con IA para cuestionar cuán compenetrados estamos ahora con una herramienta de producción incesante de imágenes y textos que se vuelven recursivos hasta la náusea, como podemos ver con solo abrir Instagram o Facebook.

Steyerl sostiene que la inteligencia artificial afecta a todas las personas, la utilicen o no. Considera que será imposible separar el arte de la IA en el futuro, porque esta estará presente de alguna forma en los procesos creativos, un efecto del impulso corporativo para que la implementemos en todo.
Sin embargo, advierte que usarla solo para reforzar el entusiasmo corporativo equivale a hacer publicidad, aunque reconoce que puede servir como herramienta para una reflexión crítica cuando los artistas la emplean con intención y sentido.
Estilo, repetición, absurdo
La realidad, claro, es que la mayoría de lo producido es basura: algo tóxico, inútil, dañino incluso. Es lo que llaman en inglés slop, contenido digital de baja calidad, producido en masa (piense en paisajes evidentemente falsos, en videos de 30 segundos de gatos haciendo malabarismo, cosas inútiles de ese tipo).
“El fenómeno del slop ha tenido varias consecuencias, entre ellas la devaluación de las imágenes. La IA es muy buena en ciertas cosas —fotografías de stock, representaciones fotorrealistas—, pero achata el rango de los estilos. Todo el mundo está harto de ese tipo de imágenes", dice Steyerl en una entrevista con Palabra Pública.
Es un estilo, sí, aunque sea inerte. Un estilo que acapara miradas a diario, que hace que haya una mujer con botarga de “Ballerina Cappuccina”, basura de IA popular en TikTok, tomándose fotos con niños en el Parque Central. La omnipresencia de esta forma de ver el mundo la hace parecer inevitable, irrenunciable.
Jon Rafman, un artista canadiense que utiliza la IA en sus obras, cree posible forzar una manera propia, autónoma, de utilizar esta tecnología en su producción sin renunciar a la subjetividad humana ni sometiéndose a la repetición.
“Para mí, esto no tiene que ver con tendencias. La IA refleja aspectos de la realidad, y utilizarla hace eso más transparente. La uso porque es una herramienta extraordinaria para hacer arte. Ha transformado la creación de imágenes de manera tan radical como lo hizo internet y, antes de eso, la fotografía. Pero sigue siendo solo una herramienta, como el CGI o Photoshop”, decía en una conversación publicada en ArtReview.
Y es verdad. Pero la pregunta de fondo es quién posee la herramienta: quién la nutre, con qué, con permiso de quién, cuáles límites y cuáles necesidades materiales, concretas, del mundo natural.
Ecología, IA, crisis
En un artículo publicado en el New York Times, David-Wallace Wells recordaba la hiperconcentración de esta tecnología (y su riqueza) en escasísimas manos, cinco o seis líderes al parecer inalcanzables para la regulación.
“La IA representa quizá la estrategia de venta más personalizada jamás impuesta al consumidor estadounidense pasivo: una visión de una toma casi total de la vida económica, social y cognitiva del país por herramientas diseñadas por apenas cinco compañías”, señala el autor.
![Estados Unidos concentra la mayoría de centros de datos de IA. Brasil y México aparecen en el top 15 global. [Imagen con fines ilustrativos]](https://www.nacion.com/resizer/v2/NC54LAKA6JDXZDKGHODGHRTP3Y.jpg?smart=true&auth=8ff102b2d39182befaaea3ec31de57eaab0ebf45d6c4716a9dd66aebd998c3cd&width=1920&height=1080)
Luego nos recuerda que, en pocos meses, el gobierno Trump pasó de vetar regulación de la IA a nivel estatal a exigir revisión meticulosa de cada nuevo modelo. ¿Desempleo masivo y colapso social? ¿Secuestro tecnológico de las capacidades de los Estados para vigilar, controlar, castigar, extraer? ¿La minería masiva de datos privados, ya presente en todo el mundo, convertida ahora en la política pública-privada de facto? Todo lo venían advirtiendo filósofos, artistas y escritores desde mucho antes de que redactáramos nuestros correos electrónicos en Gemini.
“Puede decir la verdad solo quien no tiene ninguna posibilidad de ser escuchado, solo quien habla desde una casa que, a su alrededor, las llamas están consumiendo implacablemente”, escribía el pensador italiano Giorgio Agamben en 2022.
Por eso el campo del arte ofrece un terreno tan fértil para explorar las contradicciones y posibilidades de la IA; por eso no es menor, y explica también la avidez de control de la producción creativa que exhiben las corporaciones tecnológicas desde el inicio de este frenesí.
Como se ha visto en el debate en torno a las centrales energéticas, requeridas para sostener la producción de IA, la cuestión tiene implicaciones ecológicas. “Quizá una prueba decisiva para saber si nuestros esfuerzos creativos —incluida la invención de la IA— están alineados con los ritmos creativos de la Tierra y con la vida misma sea esta pregunta: ¿contribuyen finalmente a regenerar la vida o dañan su ciclo?“, se pregunta la escritora Stephanie Krzywonos en Emergence Magazine.
¿Y en su vida? ¿Qué provocan todas estas oleadas tecnológicas en su vida? Pregúntese cómo afectan sus ritmos internos, su visión, su comprensión de las imágenes. No tenemos respuestas a mano, como tampoco las tenía Grünewald ante la desesperación en su entorno.
Pero como Berger, en 10 años o en 20 seremos otras personas, visitando las imágenes de hoy, preguntándonos cómo llegamos a ese futuro que hoy nos parece tan extraño, tan hostil. Podríamos ver, en otros fragmentos de la obra, insinuaciones de algún paraíso.
