Jacques Sagot. 4 octubre

Beethoven solo compuso una ópera: Fidelio. Es una obra maestra desde cualquier ángulo que se la contemple, pero también fue el más arduo y extenuante alumbramiento del compositor. La pieza comienza como un Sinsgpiel (alternancia de diálogo y canto) y evoluciona hacia un drama musical de ultraterrena belleza, una de las más conmovedoras epifanías que el maestro nos legó. Su título completo es Fidelio, o el amor conyugal. Es una historia de heroísmo, de sacrificio, de fidelidad, de lealtad y de amor, sentimientos todos ellos presentados en la más vasta escala que el ser humano es capaz de comprender.

La ópera Fidelio fue la más díscola y rebelde hija de Beethoven (Stieler, 1820).
La ópera Fidelio fue la más díscola y rebelde hija de Beethoven (Stieler, 1820).

No puedo siquiera imaginar a ese inveterado idealista que fue Beethoven abordar otro tema para una ópera. La comparación con Mozart siempre nos lleva hacia lugares comunes que urge deconstruir: Mozart era un operista nato, mientras que Beethoven tenía que forcejear denodadamente con este género. No es cierto. Fidelio es tan buena ópera como la mejor de las muchas gemas que Mozart nos legó. Pero lo que Beethoven se propuso hacer con la ópera, su ambición, su sueño, su proyecto, es radicalmente diferente de lo que Mozart nos propone, de modo que toda comparación resulta estéril. Beethoven adoraba a Mozart: “Siempre he amado su música, y la amaré hasta mi última exhalación” -dijo en cierta oportunidad-. Su divergencia con él no era de orden estético, sino ético. Lo que Beethoven censuraba eran los temas que su colega elegía para llevar a escena: raptos en un serrallo, las andanzas de un devastador erótico llamado Don Juan, los antifaces gollerías y traiciones de pareja que perpetran una serie de personajes en torno a cierto rufián llamado Fígaro… Beethoven no podía aprobar tales tópicos. Sería no conocerlo, imaginar que aplaudiría imbroglios de esta laya.

En cambio, el tema de una mujer (Leonora) que se disfraza de hombre (Fidelio), pone en peligro su vida, desafía y burla al perverso opresor Pizarro y su carcelero Rocco para rescatar a su esposo Florestán) de una prisión política, ¡ah, eso era para Beethoven! ¿A qué canta nuestro compositor, en esta ópera que algunos necios persisten en considerar fallida? A la libertad como religión. A la fuerza libertadora del amor. Al inmenso poder que detentan aquellos que se aman y se juran fidelidad. A la mujer heroína, personaje proactivo, épico, indoblegable (sin duda tal era la compañera que hubiera querido tener a su lado). Al triunfo de la justicia, de la belleza, de la virtud. Al fin de todas las opresiones y despotismos.

Cierto: Beethoven jamás hubiera podido musicalizar los deliciosos jugueteos eróticos de los personajes mozartianos, pero tampoco Mozart hubiera podido celebrar los inmensos valores éticos que Beethoven postulaba. Fidelio es, en efecto, un himno gigantesco al amor conyugal: eso que él jamás conoció… y sin embargo -¡qué misterio!- supo plasmar mejor que nadie en la historia de la música. Es también una oda a la mujer, protagonista absoluta de la obra.

La composición se extendió desde 1804 hasta 1814, implicó tres versiones: 1804, 1805, 1814 (las dos primeras tituladas Leonora) y cinco oberturas, una de las cuales se ha perdido. Preservamos las oberturas Leonora 1, Leonora 2, Leonora 3 (la mejor y más frecuentemente interpretada), y la obertura Fidelio. Fue durante el montaje de esta pieza titánica que el mundo descubrió, más allá de todos los rumores, el hecho aciago: Beethoven estaba sordo. Hubo un ensayo en el que, simplemente, el compositor no podía entenderse con los músicos. La situación era tremendamente acongojante. Su amigo Schindler subió al podio y le dejó un mensaje: “Suspende el trabajo y vuelve a casa: ahí te explicaré todo”. Fue uno de los momentos más amargos de su vida. Pasó postrado varios días en su sofá, sin comer, sin componer, sin leer… simplemente tratando de aceptar su trágica limitación. Sin embargo terminó participando en la dirección de la versión de 1814, como asistente del director Umlauf (sobre quien en realidad recayó todo el trabajo).

Hoy Fidelio ocupa el lugar 43 entre las 50 óperas más representadas en el mundo, y el puesto número 12 entre las más famosas del repertorio alemán. Como dice el gran director Wilhelm Furtwängler: “Es la nostalgia de la libertad, lo que en Fidelio nos conmueve hasta las lágrimas. Es más una misa que una ópera. Los sentimientos que expresa proceden de la esfera de lo sagrado, y predican una verdadera religión de la humanidad”. En mi personal sentir, creo que nunca hemos tenido más desesperada necesidad de Beethoven que hoy.