Amar el arte también es especular sobre él. ¿Qué hubiera pasado si...? Se pueden imaginar muchas historias paralelas del cine, el arte que definió el siglo XX, porque desde sus inicios demostró flexibilidad, la capacidad de entretener y asombrar, y un voraz deseo de absorber todas las otras artes. Para 1926, ese refinamiento visual había llegado a un punto de esplendor y popularidad sinigual.
Por ello, una pregunta común entre cinéfilos ha sido si el auge del sonido sincronizado, que se popularizó en 1927, frenó de alguna manera el desarrollo estético que venía refinándose película tras película en muchos rincones del mundo. ¿Será que tratando de atraer al público con vistoso sonido se descuidó la imagen? Al final, el cine de los años 30 pronto demostraría su capacidad de conjuntar imágenes poderosas con diálogos interesantes, y ya sabemos cómo siguió el resto de su historia.
A la vuelta de 100 años, varias películas de 1926 demuestran cuánto había crecido el cine en sus primeras tres décadas, desde su introducción al mundo en 1895. Aquí recordamos diez de ellas para reavivar el interés en una época del cine que se puede sentir como historia antigua, pero que no es para nada obsoleta. De hecho, habría que hacer más esfuerzos para entender que de “primitivo” no tenía nada: en pocos años, había alcanzado ya algunas de sus cimas más prominentes.

The General (Buster Keaton, EE.UU.)
Pocos rostros en el cine han tenido el magnetismo de Buster Keaton. Infinitamente divertido, un acróbata y un actor, un director y un comediante, siempre dispuesto a ir más lejos en sus maromas-desafíos técnicos... como Tom Cruise de los últimos años, pero siempre en tono cómico.
El maquinista de La General contiene algunos de sus trucos más vistosos; no fue bien recibida entonces, pero desde los 60 es considerada una de las grandes películas de la historia.
Las aventuras del príncipe Achmed (Lotte Reiniger, Alemania)
En febrero de 1926 se estrenó The Adventures of Prince Achmed, considerada la película animada de largometraje sobreviviente más antigua. A un siglo de aquel debut, la obra conserva una vitalidad singular y confirma el lugar de su autora, Lotte Reiniger, como figura clave de la historia del cine.
Realizada íntegramente con animación de siluetas recortadas, Prince Achmed deslumbró por su refinamiento técnico y su ambición narrativa en una época en que la animación aún buscaba formas y lenguajes propios.
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Una página de locura (Teinosuke Kinugasa, Japón)
Ver esta película es más o menos como abrir una puerta a otra dimensión, a una historia paralela del cine. De hecho, estuvo perdida por 45 años, una memoria lejana de un momento muy particular en el arte japonés. Fruto de la colaboración entre varios artistas de vanguardia, esta obra situada en un hospital psiquiátrico estremece con su radical mirada al cuerpo y la locura.
Por medio de flashbacks, cortes rápidos, movimientos rápidos de la cámara y creativos gestos visuales, nos sumerge en una atmósfera oscura y delirante. Uno de sus guionistas fue el futuro Nobel de Literatura Yasunari Kawabata.
Ménilmontant (Dimitri Kirsanoff, Francia)
Esta es una de las películas más curiosas de su época. Combina un drama moral y violento con una narración cinematográfica muy atrevida, que usa el montaje (la edición de las tomas y escenas) con gran agilidad. Ni siquiera hay diálogo: todo se expresa en los cuerpos y escenarios, y la voz del director se transmite con su montaje.
The Scarlet Letter (Victor Sjöström, EE. UU.)
Algunos cinéfilos habrán visto al sueco Victor Sjöström sin conocer sus películas, pues protagoniza la célebre Fresas salvajes (1957) de Ingmar Bergman. Era un pupilo reconociendo a su maestro, pues Sjöström fue, por un periodo en los años 20, uno de los mejores directores del mundo, una fuerza casi sobrenatural.
Después de realizar varias hermosas películas en Suecia, se mudó a Estados Unidos, donde realizó populares y controversiales cintas como esta adaptación de La letra escarlata (1850), la novela de Hawthorne sobre la represión sexual y moral. Muy a tono con la época, pues el cine empezaba a ser constreñido por llamados a hacerlo más “decente”. Por algo daba miedo: porque sí provocaba cambios.
Su protagonista es la mayor estrella de Hollywood de entonces, Lillian Gish.
Madre (Vsevolod Pudovkin, Unión Soviética)
En la Unión Soviética, Lenin reconoció de inmediato el valor del cine como instrumento de educación (y propaganda), en un contexto de analfabetismo masivo y acceso cada vez mayor a las salas de cine. Eso permitió que muchas películas tuvieran apoyo estatal en su producción y distribución, dentro y fuera de su territorio, de manera que influyeron en cineastas del todo el mundo.
Entre esas películas, la versión de Madre (la novela de Máximo Gorki), con su historia de una madre radicalizada por la represión de la revolución de 1905, fue muy vista en todo el mundo, aunque prohibida años más tarde. Utilizando el montaje (la edición) como mecanismo expresivo y narrativo, Pudovkin ejemplifica bien los avances estéticos del cine soviético, que entendía cómo conmover y convencer con el cine.
Fausto (F. W. Murnau, Alemania)
En Alemania, un puñado de directores y unas cuantas películas definieron un estilo visual en los años 20 que llegó a llamarse “expresionismo”. Entre estos realizadores, Murnau alcanzó un refinamiento especial, con películas extremadamente meticulosas, poéticas y profundas en sus narrativas.
Por ello, su versión del mito de Fausto llama la atención: el aire místico, la creatividad visual para expresar lo fantástico y lo filosófico, y una claridad estética que nos presentan a una de las grandes mentes del cine.
Rien que les heures (Alberto Cavalcanti, Francia)
En el cine de los años 20 surgió un género muy particular que demuestra la fascinación de la época con la modernidad urbana, el cine mismo y el avance tecnológico que transformaba la vida humana a una velocidad brutal. Una “sinfonía de ciudad” retrata una urbe con sus tranvías, sus puentes, sus carruajes y automóviles, y su gente.
Rien que les heures esboza un poema visual de este tipo desde el corazón mismo de la modernidad, París, con un collage de frenético movimiento citadino. Antecesor del cine experimental, el director brasileño Alberto Cavalcanti exhibe gran inventiva y destreza para narrar una ciudad-palimpsesto, una nueva forma de vida.
Don Juan (Alan Crosland, EE. UU.)
Popularmente se conoce The Jazz Singer (1927) como la primera película con diálogo sincronizado, la que cambió todo. Pero la primera lanzada masivamente con sonido sincronizado, aunque sin diálogos, fue Don Juan, una adaptación del poema de Byron protagonizada por el ídolo John Barrymore.
La banda sonora utilizó el sistema Vitaphone para la música y efectos sonoros. Su implementación requirió los primeros técnicos de sonido en sala del cine, lo cual implicó un avance significativo de la infraestructura que pronto recibiría el cine sonoro.
Como película, es representativa del cine más comercial de la época: a caballo entre la ambición cultural y la simplificación para las grandes audiencias. Pero es una cinta interesante, John Barrymore es brillante, y sigue siendo una muestra de lo que atrajo a millones a los cines en esos años.
The Son of the Sheik (George Fitzmaurice, EE. UU.)
¿Qué sería el cine sin sus estrellas? Para 1926, ya varios actores y actrices se habían convertido en ídolos, y quizás la mayor demostración ocurrió a la muerte del protagonista de esta película de aventuras.
El 23 de agosto de 1926, mientras The Son of the Sheik arrasaba en taquilla, Rudolph Valentino falleció tras ocho días en el hospital. Habían llegado miles de cartas y llamadas al hospital y los periódicos seguían su salud en primera plana. Al menos 100.000 personas acompañaron su funeral en Nueva York.
Su última aparición fue en esta película y es su mejor papel. Brillante, ágil, seductor, una máquina que nos lleva por un sinfín de aventuras. Mucho cine de esa época, antecesor del cine de acción, llamaba la atención con sus escenarios exóticos y el collage cultural que hacía soñar a los espectadores con grandes viajes. Nada ha cambiado.
