En 1981, la artista costarricense Elia Arce se mudó a Estados Unidos buscando un espacio para crear arte. Iba para España, pero llegó a Nueva York y se topó con un inmenso movimiento que bien nos haría recordar ahora: cientos de performances, obras y manifestaciones en solidaridad con Centroamérica, asolada por la guerra y en el centro de la geopolítica de entonces. Así que Elia permaneció en Norteamérica, cultivó un arte rico y diverso, regresó y ahora, en una exposición imperdible, lo podemos apreciar en San José.
El Museo de Arte y Diseño Contemporáneo inauguró en noviembre la primera retrospectiva local de Elia Arce, en diálogo con un repaso de la obra de Mimian Hsu, bajo el título Lenguajes errantes.
La exhibición se extenderá hasta setiembre e incluye videos, fotografías, textos, audio y espacios de lectura que nos sumergen en el pensamiento de Arce, quien volvió al país en el 2014.
Justamente por haber creado la mayor parte de su obra en el extranjero, y porque la mayoría incluye elementos escénicos y de performance, ha sido difícil apreciar desde Costa Rica la riqueza de su lenguaje artística y su rigurosidad conceptual.
“Elia enseñó teatro en la Universidad Nacional, pero siento que su trabajo no ha sido absorbido realmente desde la comprensión de la historia del arte visual y el arte contemporáneo”, considera la curadora Sofía Villena.
Lenguajes errantes se torna así una oportunidad inédita para conocer su proceso, su contexto y los esfuerzos por preservar el registro de estas piezas.
Ida y vuelta de una artista
Aquella solidaridad que Elia Arce encontró en Estados Unidos, esa comprensión global de lo que afecta a una artista y su propio cuerpo, es una línea conceptual que se aprecia a lo largo de la exposición.
En una obra reciente, Arce quería a “una mujer centroamericana enrollando esta extensa tela azul índigo” que evoca las mantas mortuarias que cubren a los muertos en Gaza. La mujer lo va enrollando, pero ella le dice que lo haga más y más lento: “Hay un peso con cada vez que ella está enrollando que crea una historia, y es el mismo acto, pero cada vez que lo hace, es una imagen diferente para todas las personas que lo están mirando”, dice.
Pasa el tiempo. Se siente el tiempo en el cuerpo. “Yo quiero crear una relación de solidaridad entre Centroamérica y Gaza”, explica la artista. Ocurre en ese momento de conexión entre la figura en escena y el espectador, en la sombra, con la sensibilidad intensificada. Un gesto crea un puente que, ojalá, no se desvanezca tras los aplausos.
Pero desvanecerse puede ser el destino del arte del performance, efímero y difícil de preservar. Aparte del valor del proyecto de Arce, un aporte significativo de Lenguajes errantes es subrayar, por su propia forma, la dificultad y el valor de conservar y volver a exhibir obras registradas en audiovisuales o creadas en esos formatos, más frágiles de lo que creeríamos.
“Para mí fue muy importante comenzar a sacar todas estas piezas que eran muy queridas para mí, pero que no necesariamente, o incluso nadie había visto”, confiesa Arce. “Otras cosas yo ya ni siquiera sabía si existían o si se habían deteriorado completamente, como es el caso de la proyección de Unas cuantas punzaditas. Fue filmada en 16 mm en blanco y negro; yo tenía una copia en VHS que nunca encontré, y de pronto apareció un pedazo de película en una caja", ejemplifica.
Es la condición del artista migrante: irse y dejar cajas, llevarse algunas, perder muchas. Pero encontró esa obra y otros registros a su regreso, y como parte de la producción de la exposición, lograron recuperarla con ayuda del Centro de Cine. “Es como un alivio para el alma, ¿verdad? Son esas imágenes que uno se queda en la mente, que uno quisiera que otras personas la vieran, y que uno piensa, ‘ya no la va a ver nadie más’“, confiesa.
En la exposición vemos tanto registros de performance o piezas escénicas como obras creadas en lenguajes audiovisuales, propiamente (Arce estudió cine en Los Ángeles a inicios de los 90, después de haber sido parte de distintos colectivos en Nueva York). Creaba en performance en paralelo a esa creación en audiovisual.
Contrasta, pues, la relación con el cuerpo que presenta la obra: entre lo exhibido en escena, en vivo, ante espectadores (que vemos como registros), continuamente, y el audiovisual, que introduce la edición, la fragmentación temporal, el detalle.
“El tiempo, el tiempo, el tiempo”, reflexiona Arce. “El tiempo yo creo que marca algo muy interesante porque incluso cuando yo estoy dirigiendo esto, yo estoy pidiendo que el tiempo se alargue. Estoy pidiendo que el tiempo se alargue”, piensa.
Justo al frente, otra pieza, una videoperformance, la muestra, más bien, “con trabajo que es completamente corporal”. “Es una cámara totalmente estática, no hay ninguna edición en absoluto, por 40 minutos seguidos”, explica. “Yo estoy yéndome con el tiempo; el tiempo en que yo permito que el mismo cuerpo vaya informando la acción conforme se va dando. Yo no sé qué va a ocurrir”.
En The Mourning of the Pin Up Girl (2006), Elia está sentada con una bandera de los Estados Unidos que va a entregar a una madre que perdió un hijo en la guerra de Irak. “Yo no estoy muy segura qué es lo que va a ocurrir, porque en este caso yo estoy entregándole la bandera a a una madre que sufre por un por un hijo militar que pudo ha sido un militar que estuvo invadiendo territorio centroamericano”, dice.
Así, el concepto se entrelaza con la forma de crear la pieza: el tiempo, el azar, la tensión, la espera, la contingencia. “Yo no sé cuál es la relación emotiva que yo pueda tener con esta mujer, pero lo descubro durante el transcurso de de la pieza”, explica Elia. “Eso me parece interesante para no entrar uno ya con una idea preconcebida de qué es lo que va ocurrir”
“El cuerpo está informado por mi perspectiva, por mi vivencia. Eso me parece interesante”.
Elia Arce y la participación
En las obras en vivo, la participación de la audiencia también se integra con el desarrollo de la pieza. El cuerpo responde a lo que le rodea, dentro y fuera de la obra planificada.
Es algo que la exposición hace explícito desde el inicio: incluye una zona de lectura, con libros relevantes a la creación de Arce, así como una pared donde las visitantes han ido dejando sus impresiones, reflexiones y preguntas abiertas que les provocaron las obras mostradas.
Cada quien reaccionará de su manera, desde su vivencia, así como dice Elia, pero ciertamente la preocupación por la política y sus efectos en el cuerpo (sobre todo el de la mujer) conectan por distintas vías todo este cuerpo de trabajo.
“Toda mi perspectiva viene desde la época me que me tocó vivir, cuando yo salí de Costa Rica, que fue en el 81″, dice Elia. “Fueron eventos que marcaron mi vida y mi perspectiva, durante la Revolución Sandinista, lo que estaba pasando en El Salvador, en Guatemala, Honduras a nivel político en ese momento... Creo que los artistas estábamos muy involucrados de alguna u otra forma, reaccionando”, recuerda la artista.
Pero a esa pregunta subyace también la pregunta constante por la ubicación de Elia misma en el mundo, como mujer migrante centroamericana, aunque fuera en contextos distintos de otras diásporas de la región. El cuerpo que se mueve es un cuerpo que se transforma.
“Cuando uno vive en el país en que nació, no surgen muchas preguntas de quién es uno y a qué pertenece”, considera. Como vemos en obras como La primera mujer en la luna (2001, varias versiones) va “desmontando más bien estos lugares comunes de la identidad costarricense como la nación de paz, cuestionando la perspectiva de la mujer, y otsas más”, dice Arce.
Para la curadora, esta oportunidad de repasar la trayectoria de Arce plantea preguntas al pensamiento local sobre arte: “¿Cómo mantenemos una relación con la diáspora artística de Costa Rica y qué es lo que están creando esos artistas de Costa Rica que viven fuera? ¿Cuál es la relación que siguen manteniendo con el país?“.
El tiempo, el tiempo; el cambio, el cambio. Como dice Elia, “el que se va y regresa no es el que se va, sino el que regresa”. Ahora la conocemos de nuevo en el museo.
