
El golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende el 11 de setiembre de 1973 expulsó de Chile a miles de personas que se esparcieron por todo el mundo. Algunas llegaron a Costa Rica con poco más que lo puesto y lo aprendido, y con la necesidad urgente de comenzar de nuevo. Con el paso de los años, decenas de ellos terminaron dejando una huella profunda en la vida cultural y académica costarricense.
La historia de ese aporte incluye nombres muy notorios. El actor Patricio Arenas, la actriz Sara Astica, el actor Leonardo Perucci, el pintor Julio Escámez, el académico Gastón Gaínza y el actor Rodrigo Durán Bunster son algunos de ellos.
La Nación ha documentado sus historias a lo largo de varias décadas y, en 2023, al cumplirse 50 años del golpe, volvió sobre las consecuencias que aquel exilio dejó en Costa Rica. Este es un recuento incompleto, pero importante en este 11 de setiembre que marca 53 años del golpe.

El legado de los chilenos en Costa Rica
Uno de los ejemplos más destacados está en el teatro. Sara Astica, quien llegó a Costa Rica en 1975 después de haber sido perseguida y torturada en Chile, se incorporó al movimiento de renovación del teatro costarricense.
Trabajó como docente en la Universidad de Costa Rica y en el Taller Nacional de Teatro y, junto con su esposo, el director Marcelo Gaete, abrió en 1989 el Teatro La Comedia y posteriormente el Teatro de la Esquina.
Con personajes como Lucho Barahona, fue parte de la tropa de actores que, desde la comedia hasta lo más experimental, contribuyeron con profesionalizar el teatro local. Junto con los artistas de la escena tica, consolidaran la “época de oro” de las tablas ticas.

Aunque algunos como Astica y Barahona ya no están, sus enseñanzas, colaboraciones y hasta su legado institucional sobrevive en muchas partes. La Cátedra Sara Astica, por ejemplo, es el espacio de análisis teatral de la Universidad de Costa Rica.
Patricio Arenas, fallecido en 2022, también convirtió el exilio en una larga trayectoria artística en Costa Rica. Llegó al país en los años 70 después de refugiarse en la embajada costarricense en Santiago.
Con la ayuda del escritor Joaquín Gutiérrez logró salir de Chile y posteriormente se incorporó al movimiento cultural costarricense. Participó en obras teatrales, películas y proyectos audiovisuales, y se convirtió en una figura reconocida por varias generaciones de artistas.
Gutiérrez, claro, era casado con Elena Nascimento, chilena: su hija es la gran pionera de la danza contemporánea tica, Elena Gutiérrez, y su nieta, la cineasta Ishtar Yasin.
El actor Leonardo Perucci llegó por otra ruta. Se encontraba en Cuba cuando ocurrió el golpe y durante años no pudo regresar a Chile. En 1979 llegó a Costa Rica y poco después comenzó a trabajar con la Compañía Nacional de Teatro.
La Nación ha contado cómo aquel viaje que inicialmente parecía temporal terminó convirtiéndose en una vida de casi cuatro décadas en el país, con recordados proyectos de televisión, radio y teatro. Hasta la fecha, y pese a afecciones de salud, sigue acompañando las artes de Costa Rica.

Perucci no fue el único actor que encontró aquí una nueva vida profesional. Rodrigo Durán Bunster llegó seis meses después del golpe, separado de su entonces esposa, la actriz Rosita Zúñiga, y de la hija que estaba por nacer. En Costa Rica desarrolló una extensa carrera como actor, locutor y guionista, además de convertirse en una figura vinculada durante décadas al teatro nacional. A Rosita, aparte de sus apariciones teatrales, se la recuerda como una de las voces de Radio 2.
En las artes plásticas sobresale Julio Escámez. El artista llegó exiliado a Costa Rica en 1974 y durante años fue profesor de la Universidad Nacional. Su trabajo dejó una marca en varias generaciones de artistas costarricenses.
Entre sus discípulos, La Nación mencionó a Héctor Gamboa, Adrián Arguedas y Edgar León. Escámez murió en 2015, después de haber convertido a Costa Rica en el lugar desde el cual continuó buena parte de su producción artística.
Otro legado decisivo quedó en las universidades. Gastón Gaínza, quien murió en Costa Rica en marzo, a los 92 años, llegó al país después de ser detenido en Chile tras el golpe. Fue profesor de la Universidad de Costa Rica y de la Universidad Nacional y contribuyó al estudio del teatro y la semiótica. También fue cofundador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericanas (Ciicla) de la UCR.


También hubo aportes en el ámbito editorial. Pedro Parra Sanhueza, quien trabajaba en la editorial estatal Quimantú durante el gobierno de Allende, fue detenido y permaneció meses en los centros de detención Cuatro Álamos y Tres Álamos. Llegó a Costa Rica en 1980 junto con su esposa y aquí continuó su vida como editor. La Nación lo entrevistó en 2013, cuando aseguró que en Costa Rica nunca se había sentido extranjero.
El exilio también tuvo una dimensión política y diplomática. John Biehl, expulsado de Chile en 1974 cuando dirigía Ciencias Políticas en la Universidad Católica, llegó a Costa Rica y años después se convirtió en uno de los principales colaboradores de Óscar Arias durante el proceso de paz centroamericano de la década de 1980. Durante esos años dejó una huella importante en la política regional.

Recuerdo latente de Chile
En 2023, cincuenta años después del golpe, La Nación documentó cómo los hijos y nietos de aquellos exiliados comenzaron a reconstruir las historias familiares que durante décadas permanecieron en silencio.
Ese fue el caso de Marcia Arenas, nieta de Patricio Arenas. En el documental Arenas reconstruyó la historia de su abuelo y su salida de Chile. Patricio contó cómo logró ingresar a la embajada de Costa Rica en Santiago y permaneció allí bajo protección mientras buscaba una salida del país.
También está Nicoa Ríos, descendiente de chilenos exiliados, quien comenzó a investigar las consecuencias que el golpe y el exilio tuvieron en las siguientes generaciones. Junto con otros descendientes del exilio, forma parte de una generación que busca entender los llamados traumas intergeneracionales y recuperar una historia familiar que no vivió directamente, pero que heredó.

