
El historiador italiano Carlo Ginzburg, uno de los intelectuales más influyentes de las últimas décadas y referente mundial de la microhistoria, falleció la noche del martes al miércoles a los 87 años.
Su obra transformó la manera de entender el pasado al demostrar que la vida de personas aparentemente anónimas podía revelar las grandes dinámicas de una época. Más allá de la academia, sus libros también circularon ampliamente (incluso en Latinoamérica), y apareció a menudo en programas, charlas, paneles y homenajes de todo tipo.
Aunque nunca se definió exclusivamente como un historiador de la llamada “microhistoria”, Ginzburg fue una de las figuras centrales de esta corriente, surgida en Italia en las décadas de 1960 y 1970 como respuesta a las grandes interpretaciones cuantitativas de la historia. Su método consistía en reconstruir, a partir de indicios mínimos, los universos culturales de individuos corrientes.
Su libro más conocido, El queso y los gusanos (1976), reconstruye la visión del mundo de Menocchio, un molinero del Friuli del siglo XVI juzgado por la Inquisición. La obra se convirtió en un clásico de la historiografía contemporánea y contribuyó a renovar el estudio de la cultura popular.
A lo largo de su carrera también investigó los procesos de brujería, la magia en la Europa renacentista, la historia del arte y la teoría del conocimiento histórico. Entre sus ensayos más influyentes figuran Mitos, emblemas, indicios y El juez y el historiador, donde reflexionó sobre la prueba histórica a partir del caso judicial del periodista italiano Adriano Sofri.
Hijo de la novelista Natalia Ginzburg y del intelectual antifascista Leone Ginzburg, asesinado por los nazis en 1944, el historiador recordaba que esa experiencia marcó su formación.
“Crecí en una casa llena de libros, un privilegio ligado a una experiencia de marginalidad: la de un judío en la Italia fascista durante la guerra”, afirmó en una entrevista.
También defendía una visión abierta del trabajo del historiador. “La manera de llegar a un resultado cuenta, en cierto modo, tanto como los resultados (...). Hay que aprender de los propios errores”, sostenía, una idea que sintetiza su convicción de que la historia es un proceso permanente de investigación y revisión.
