
Es difícil pensar en un tema del que se haya escrito más que sobre el Jesús histórico. ¿Existió realmente? Si así fue, ¿qué hizo y qué dijo? ¿Quién nos prueba que sí existió, más allá de la fe? ¿Qué significa que haya existido como figura histórica? Parece que no hay nada nuevo que decir y, sin embargo, un historiador utilizó novedosa tecnología para probar que todavía se puede saber más en este controvertido campo.
Desde hace unos meses se viene discutiendo en blogs y revistas de historia el libro Josephus and Jesus: New Evidence for the One Called Christ (Josefo y Jesús. Nueva evidencia de Aquel Llamado Cristo, Oxford University Press, 2025). En él, T.C. Schmidt echa mano de la inteligencia artificial, y de una acuciosa investigación del contexto de un personaje controversial en la historiografía sobre Jesús, para confirmar uno de los primeros relatos sobre su vida.
Esta historia es complicada porque lleva dos mil años enredándose. Pero va así: Flavio Josefo fue un historiador judío del siglo I que aportó algunos de los primeros testimonios externos sobre personajes y hechos mencionados en el Nuevo Testamento.

Flavio Josefo nació en Jerusalén, hijo de la élite, y fue general en Galilea, la región donde predicó Jesús y donde aún vivían personas que lo habían conocido. Durante un tiempo residió cerca de Nazaret, su ciudad natal, y mantuvo vínculos con grupos como el Sanedrín y figuras como Anano II, relacionados con los juicios de Jesús y de Santiago, apóstol. Hacia el 93–94 d. C., Flavio Josefo escribió Las antigüedades de los judíos, con referencias a Jesús y a Juan el Bautista.
En el libro 18, capítulo tercero, se encuentra el Testimonium Flavianum, el breve pasaje de 90 palabras que describe la condena y la ejecución de Jesús. Desde muy temprano, se ha debatido sobre su autenticidad. El consenso académico sobre este pasaje ha sido que el Josefo sí escribió una referencia breve y neutral (quizá negativa) sobre Jesús, que luego fue “retocada” por un copista cristiano al transcribirla en los siglos IV, V o VI.
Es un asunto de minuciosidad con las palabras. Por ejemplo: históricamente, el texto traducido circuló con la frase “Él era el Cristo”. Tal ha sido considerada la prueba decisiva de una interpolación, ya que difícilmente podría haber sido escrita por un judío no cristiano como Josefo. Él utiliza la expresión “un hombre sabio”, que sí encaja con lo que podría pensar.
Con la ayuda de la IA y una búsqueda exhaustiva de manuscritos griegos, Schmidt sostiene que el pasaje tiene el tono y las características lingüísticas propias de lo que habría dicho un judío no cristiano del siglo I sobre Cristo. Pero va más allá, pues el análisis de los manuscritos latinos y siríacos de este pasaje muestra que no contienen la afirmación categórica “Él era el Cristo”, sino una formulación más cauta: “se creía que era” (en latín) o “se pensaba que era” (en siríaco) el Cristo.

Schmidt complementa su estudio con el argumento de que Josefo se movía dentro de la élite sacerdotal ligada a las muertes de Jesús y Santiago. Anás II, ejecutor de Santiago, era hijo de Anás, quien interrogó a Jesús, y quien era cuñado de Caifás. Por su edad y su posición, Schmidt especula que Anás II pudo presenciar —e incluso integrar— los procesos contra Jesús. En cualquier caso, habría estado en la casa de su padre la noche en que Jesús fue llevado allí para ser interrogado.
Schmidt no es el primero ni será el último en escarbar así los documentos en torno al Jesús histórico. Quizás en unos años un nuevo académico refute sus conclusiones, las matice o las complemente... Así crece el conocimiento en la historia.

