
Nadie debe culpar a los turistas si pasan sobre la Pnyx, canchón de piedra, y le conceden la misma atención que recibe un primo tercero durante la lectura de un testamento familiar. Es que la Pnyx no ha logrado buena prensa: peor aún, en dos mil quinientos años no ha recibido prensa alguna; y, sin embargo, la merece como la Acrópolis y todas sus bellezas.
La Pnyx es una colina que se alza a pocos tiros de piedra desde el Partenón, en Atenas, y se ofrece habitada por senderos, árboles y gatos ౼bellos durmientes౼. “Pnyx” significa “juntos” o “denso”, tal vez porque allí se reunía “toda junta” la asamblea ciudadana, o por otro motivo, que se pierde en “la noche de los tiempos”, lugar adonde los historiadores viajan para buscar a los borrosos adanes de la humanidad. Sí: “Pnyx” es un nombre tan heracliteano que nadie puede escribir dos veces en la misma forma.
Luego de unos minutos de ascender por la colina, en la Pnyx aparece un amplio terraplén de piedra, sin árboles y cubierto por un polvo blancuzco. Por metonimia, ese terraplén también se llama “Pnyx”. La superficie nos tentaría a jugar al futbol, mas nos detiene la adversidad de que se inclina hacia un breve abismo, y el equipo ganador no sería el que se ubicase ౼como hoy se dice౼ “en el lado correcto de la historia”, sino en el lado correcto de la cancha.

Bema habladora
Si Palas Atenea, diosa tutelar de Atenas, nos prestara su mochuelo, le pediríamos que su ave-dron nos lleve imaginariamente a volar sobre la Pnyx. Entonces veríamos que este noble canchón tiene la forma de un abanico desplegado, con una plataforma rectangular y de piedra obscura en su “eje”. Esta plataforma se llama “bema” (tribuna) y presenta tres niveles con aires de pirámide humildosa. Un cuarto nivel es un conciso estrado hacia el que los oradores ౼como Pericles y Demóstenes౼ ascendían para dirigirse a la Ecclesía, la asamblea ciudadana.
La bema parece un cajón abierto, de cuatro metros de fondo por nueve de ancho, tallado ante un muro, también de piedra, que está detrás de ella. El muro se alza irregularmente entre dos y cuatro metros, y traza una línea casi recta de unos ciento veinte metros. Sus puntas tocan los extremos de la curva que dibuja el “abanico”. Este semicírculo presenta un radio de setenta metros.
El lado externo de la curva da a un abismo de unos cinco metros, circundado por otra curva, inferior, y formada por gigantescos monolitos, entrecruzados cual ladrillos y comparables con las enormes piedras de la fortaleza de Sacsayhuamán, en el Cusco.

La quinta parte
La Pnyx ౼minidesierto lunar౼ no es seductora, excepto para los gatos que ondulan cual banderas sobre el muro. Atenas es paradójica: abunda la gente, pero siempre hay cuatro gatos. Ya en la Pnyx, los turistas pasan por ella y pasan de ella para asombrarse ante la ostentosa vista de la Acrópolis bajo el sol diagonal de la tarde.
Mediante sucesivas ampliaciones de la superficie empleada, en la Pnyx cupieron desde unos seis mil hasta casi quince mil ciudadanos. Los dirigentes se ubicaban bajo unos pórticos techados, detrás de la bema. Los miembros del Consejo de los Quinientos ocupaban unas tribunas de madera. Ni los pórticos (estoas) ni las tribunas nos cuentan ya sus vocingleras, batallonas historias.
La democracia otorgaba la ciudadanía a los hombres libres, mayores de dieciocho años y nacidos de padre y madre libres y atenienses. Se cree que los ciudadanos solían rondar el veinte por ciento de los habitantes del Ática (Atenas, sus campos y sus demos menores), de manera que el pueblo político era una aristocracia elevada sobre las mujeres, los extranjeros y los esclavos.

Ni temerosos ni sumisos
Algunos historiadores pretenden que hubo otras sociedades igualmente libres, más antiguas, en Europa y Asia. Sin embargo, en su libro Democracia: una historia, Paul Cartledge lo niega pues, aduce, ninguna supuesta democracia incluyó las virtudes de la ateniense: sin rey; sin senado; libre expresión; un ciudadano, un voto; elección o sorteo de los jueces y de las autoridades (menos el generalato por mor de los peligros de las guerras), funciones transitorias (de un día, de un mes o de un año), y revocación de los mandatos.
Empero, la democracia ateniense también fue un Estado imperialista y guerrero que dominó numerosas ciudades, incluso mediante la violencia. Además, su “democracia directa” admitió vicios dentro de su virtud: la volubilidad de los asambleístas seducidos por charlatanes y la elección (por voto o por sorteo) de personas impreparadas, como lo advertía Sócrates. Criticable, sí, pero ¿cómo estamos hoy?
La democracia ateniense solo duró 188 años, entre el -510 y el -322, asfixiada por la conquista de Filipo de Macedonia. No fue perfecta, sufrió caídas, pero nos enseñó que la vida no debía ser sumisión bajo tiranos y farsantes, y que al menos una parte de la gente podía opinar y votar sin miedo. Hace dos mil quinientos años, todo eso fue suficiente y ocurrió en una mínima región del mundo: en la Pnyx, zona sagrada, en Atenas, felina capital de Grecia.
