
Tres décadas después de conocer a Woody y Buzz en Toy Story no solo cambiaron los juguetes. Cambiamos nosotros, cambiaron los niños y cambió la forma de jugar; el mundo de Andy parece tan lejano como el infinito... y más allá.
La diversión ya no es la misma; las pantallas y el Internet ahora son protagonistas de las tardes después de hacer las tareas de la escuela y eso, precisamente, es a lo que se enfrentarán Woody y su pandilla en la nueva película.
La próxima entrega de la querida franquicia de Disney y Pixar llega a los cines de Costa Rica este jueves 18 de junio (con preestreno el miércoles 17) para recordarnos a grandes y chicos que, aunque los tiempos cambien, los amigos son para siempre.
Los juguetes están de regreso y, esta vez, el propósito de jugar de Buzz Lightyear, Woody, Jessie y el resto del grupo se ve amenazado cuando se enfrentan a Lilypad, una nueva tableta que llega con ideas disruptivas sobre lo que es mejor para su niña, Bonnie.
¿Volverá el juego a ser como antes? Todo apunta a que no, pese a que el rumbo de la historia puede cambiar con el esfuerzo de los juguetes tradicionales que buscarán seguir siendo el entretenimiento de la pequeña, aunque la tecnología intente quitarles la atención.
Jugamos, crecimos y ahora somos papás...
Cuando Toy Story se estrenó en 1995, muchos éramos apenas unos chiquillos. Supongamos que para ese momento teníamos unos 10 años y nos identificábamos con Andy y sus juguetes: el dinosaurio al que le imaginábamos unos gruñidos tenebrosos, el vaquero valiente que rescataba al pueblo de un cerdo villano y la Barbie de los mil trabajos que se convertía en lo que queríamos ser de grandes.
Armábamos juguetes con cualquier cosa que nos encontrábamos en casa (un tenedor de plástico, por ejemplo) o construíamos carreteras con tierra y piedras. Ahora somos papás con hijos, posiblemente en esa misma edad. Y es justamente ahí donde Toy Story 5 encuentra su mayor fuerza: nos obliga a mirar hacia atrás, porque mientras los juguetes intentan competir con una tableta por la atención de Bonnie, muchos de nosotros no podemos evitar comparar la infancia que vivimos con la que tienen hoy nuestros hijos.
Las diferencias son tantas que cabrían en una caja de juguetes entera. Algunas provocan nostalgia, otras arrancan una sonrisa y unas cuantas nos hacen preguntarnos en qué momento pasaron 30 años.
Antes, el “fin del mundo” era que a nuestro juguete favorito se le desprendiera un brazo. Ahora, quedarse sin batería o perder el cargador tipo C podría provocar un verdadero caos.

¿Les hablaba a sus dinosaurios o robots de plástico para imaginar mundos fantásticos en la mente? Ahora basta con decir: “Oye, Siri” o “Alexa” para escuchar un chiste o un cuento para dormir.
Acostumbrábamos a escribirles nuestros nombres a los juguetes con un marcador para que no se fueran a confundir con los de nuestros amigos. Años después, estamos creándoles perfiles infantiles a nuestros hijos en plataformas digitales.
Cuando éramos pequeños, el niño más afortunado era el que tenía el juguete original (¿se acuerdan de los Max Steel o de las Bratz?). En pleno 2026, lo más cool es conseguir un skin legendario.
Si Buzz Lightyear con todas sus novedades fascinó a Andy, los Transformers con luces y sonidos eran lo mejor de la vida para los chicos de nuestra época. Tres décadas después, cualquier teléfono celular tiene más capacidad que la nave del guardián espacial.
Si nuestro peor castigo era que mamá nos guardara los juguetes con llave, ahora lo que más duele es desconectar el wifi. Cuando jugábamos, las aventuras ocurrían en el patio, en la calle o en el parque; los niños de la generación alfa desarrollan sus estrategias en mundos virtuales construidos con bloques digitales y, en lugar de discutir por quién manda en el juego, lo hacen por elegir primero el control de la consola.

En Toy Story nos enternecimos con los juguetes que temían terminar olvidados en una repisa; ahora compiten contra tabletas, celulares y algoritmos diseñados para captar la atención.
Quizás es por eso que esta película llega en el momento justo. Porque quienes imaginábamos que nuestros juguetes cobraban vida, ahora somos los adultos que intentan convencer a los pequeños de que hay un mundo afuera, más allá de las pantallas.
