
“La gente pasa, pero las palabras quedan”, dice Jorge Drexler en una de sus canciones del disco Taracá. Cuando terminó nuestra conversación, esa frase seguía resonando.
Hubo un momento en la charla en el que Jorge dejó de hablar de música; o mejor dicho, descubrimos que nunca habló únicamente de música, de su disco o del concierto que presentará pronto en Costa Rica. La conversación terminó sonando como el disco mismo. Avanzó con calma, hubo pausas, regresó sobre sus pasos, se detuvo en la memoria y volvió a echar a andar el ritmo de una percusión que nunca dejó de latir, como la del candombe que honra en el álbum.
Habló de su natal Uruguay, pero también de la identidad. Amplió sobre el candombe, originario de su tierra, pero también de la necesidad de encontrar un lugar al cual regresar cuando la vida ha transcurrido lejos de casa. Pronto estábamos conversando sobre las raíces, Walter Ferguson, el swing criollo, el reguetón y sobre aquello que la tecnología o la inteligencia artificial podrán hacer cada vez mejor y aquello que, quizá, seguirá siendo exclusivamente humano. Entonces entendí que Taracá también era una conversación.
Las emociones de Jorge Drexler
“La pregunta central del disco para mí era un anhelo más que una pregunta. Eran las ganas de reconectar con mi propio país, con la música de Uruguay (...). Saber si realmente todavía estaba a tiempo de reconectarme. La verdad es que la respuesta ha sido favorable”, manifestó emocionado.
Jorge se refiere a Uruguay, pero cualquiera podría reconocer esa sensación: una emoción que se parece a regresar a la casa de la abuela y encontrar un abrazo esperándolo a uno en la cocina. Quizá por eso Taracá emociona incluso a quienes nunca han caminado por Montevideo. Lo curioso es que ese regreso no ocurre mirando hacia atrás. No es abrir un álbum de fotografías, ni tampoco un deseo de congelar el tiempo o el folclor, sino un diálogo con una generación distinta. Para este disco, Jorge buscó ayuda de productores jóvenes ligados al trap y al reguetón, reunió músicos emergentes de Uruguay y dejó que esas miradas contemporáneas atravesaran la tradición.
“La identidad no tiene nada que ver con la cronología. No tiene que ver con solamente ir al pasado. Las identidades de todos los países y de las personas son dinámicas, van cambiando con el tiempo y a mí me interesa ver también qué pasa en estos momentos contemporáneos con la identidad”, explicó.
La misma idea apareció una y otra vez durante la conversación. Cuando habló de su banda nueva —conformada por cuatro mujeres y tres hombres, músicos de entre 21 y 61 años—, volvió a insistir en el encuentro entre generaciones. Cuando describió el espectáculo que presentará en Costa Rica, imaginó un escenario dominado por la percusión, el contrabajo, la guitarra y un instrumento poco habitual en los escenarios populares: el vibráfono. Todos con el candombe marcando el paso.
“Es un concierto muy dinámico, muy expansivo; para verlo de pie en gran parte”, adelantó Drexler, antes de confesar que, cuando visita nuestro país, siempre intenta escaparse algunos días a la costa pacífica costarricense para surfear.
El concierto
El concierto de Jorge Drexler será el 12 de setiembre, en Parque Viva.
Las entradas están a la venta en el sitio eticket.cr. Los precios y localidades son:
— Producción del concierto
- Golden Circle Central VIP: ¢79.400.
- Golden Circle Central Preferencial: ¢74.600.
- Golden Circle Especial: ¢74.600.
- Zona 403 Central: ¢59.600.
- Zona 503 Central: ¢54.300.
- Lateral 401, 402, 404, 405: ¢45.700.
- Lateral 501, 502, 504, 505: ¢34.200.
- Zona 500 Especial: ¢34.200.
Jorge Drexler y el oficio de crear
Con más de 30 años de carrera, cientos de canciones publicadas y una colección de reconocimientos que incluye un Óscar y varios premios Grammy y Latin Grammy, Drexler sigue abordando cada disco como un territorio desconocido.
“No fue un disco cómodo de hacer, implicó un movimiento personal para mí también. Pero supongo que lo necesitaba”, confesó.
Luego reflexionó y dijo: “Nunca sabes cómo van a salir los discos. Si supiera qué hacer para que salgan bien, iría más a ese lugar. Como decía Leonard Cohen: ‘Si supiera de dónde vienen las buenas canciones, iría más seguro, más seguido a ese lugar’”.
Más adelante, la charla abandonó el terreno musical. Le pregunté cuánto ha tenido que aprender y cuánto desaprender para convertirse en el compositor que es hoy. Sonrió y respondió que el crecimiento artístico consiste precisamente en eso: aprender una técnica hasta el punto de poder olvidarla.
“Componer no es una actividad técnica, es una actividad personal y espiritual, y tienes que en algún momento soltar las manos de la técnica y dejar que las cosas fluyan por su propia gravedad”, sentenció.
Aprender implica desaprender después, así lo ve el artista. Estudiar armonía, métrica, producción o la mecánica de un concierto sirve hasta que llega el instante de soltar y dejar que aparezca algo más profundo.

Esta idea desembocó en una conversación sobre inteligencia artificial y creatividad, temas que toca abiertamente en Taracá. El uruguayo sostuvo que las máquinas podrán dominar el conocimiento técnico, pero que existe una dimensión exclusivamente humana imposible de replicar: la emoción que aparece cuando dos personas logran encontrarse de verdad. En ese aspecto salió a relucir el valor de emocionarse en público y de cómo la vulnerabilidad también construye.
“Quien tiene la alegría de sentir cuando estás en vivo cantando o sentir la conexión cuando escribes algo que es importante para ti, se da cuenta de que ese placer es mucho más importante que el placer técnico (...). Eso es una alegría muy superior”, explicó.
Ese momento parecía bueno para terminar la entrevista, pero en el tintero aún quedaba más. La conversación tenía aún una última escala: Walter Ferguson, por quien profesa una profunda admiración.
Entre raíces, calipso y candombe: Drexler y Ferguson
Al escuchar el nombre del legendario calipsonian limonense, Drexler volvió al punto de partida: las raíces. Habló sobre la deuda histórica que muchos países latinoamericanos mantienen con las expresiones culturales afrodescendientes, recordando que el candombe uruguayo, el calipso limonense e incluso el reguetón nacieron de comunidades que durante décadas fueron marginadas.
“Me alegro mucho de ver que eso, desde la primera vez que fui a Costa Rica, ha cambiado. Me alegra mucho saber que Walter Ferguson murió sintiéndose reconocido por su propio país”, dijo.
“Nuestra identidad iberoamericana es muy compleja, hecha de muchas variables. No siempre los países miran con el mismo grado de valor a esas variables. Tenemos una tendencia de jerarquizar más lo que tiene procedencia europea que lo que tiene una procedencia africana o indígena”, dijo.

Explicó que en Ante la duda baila, canción de Taracá, recorrió la historia de cinco danzas que fueron prohibidas: la zarabanda, el chuchumbé, el tango, el candombe y el reguetón. “Tenían en común, además de haber sido prohibidas y de ser danzas, que tenían mucho que ver con lo corporal y lo sensual, que cuatro tenían procedencia africana. La discriminación no era a lo corporal o a lo sensual, sino que era una discriminación también étnica”, manifestó.
El análisis condujo la charla al swing criollo, prohibido durante muchos años en Costa Rica y ahora declarado patrimonio cultural inmaterial. Jorge tomó papel y lápiz para apuntar el dato e incorporarlo a la investigación que realiza sobre bailes prohibidos en distintos países de América Latina, como lo hizo con la samba brasileña.
Mientras guardaba el papel donde apuntó la historia del swing criollo, ese gesto dijo tanto sobre él como cualquiera de sus respuestas. Un músico que viaja para presentar un disco y termina llevándose una historia ajena confirma que la identidad también se construye escuchando. Tal vez por eso, en Taracá, canta: “La gente pasa, pero las palabras quedan...”.
