Las paredes oyen, el formato de Teletica que hace cuatro años fue estrenado de la mano de Édgar Silva, vuelve de modo súbito con una segunda temporada que trae exactamente la misma fórmula de la temporada anterior, con la única novedad de los nuevos invitados que vayamos a ver en las entrevistas extensivas que el programa presenta.
La observación que se hacía hace cuatro años de este espacio, era la ausencia de una estructura narrativa más robusta. El programa parecía iniciar y ser el mismo de cabo a rabo. En esta segunda temporada, la introducción sigue siendo breve, con un saludo formal entre personajes y un resumen de lo que veremos. Lamentablemente, perdimos la careta con algunas imágenes diferentes a la entrevista que al menos prestaba un poco de dinamismo al inicio del programa.
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El formato vuelve con esa misma característica que es fácil de entender, pero que a la vez es su principal falencia: la ausencia de algunos módulos diferentes a la conversación.
Es un programa de una sola dimensión: la conversación. Y aunque no necesita nada más para cumplir con la promesa, esto puede ser positivo, desde la producción, aunque también negativo, desde la lectura de la audiencia.
La promesa. Es difícil sostener una promesa de una conversación de más de 45 minutos que se mantenga placentera e interesante y ahí es tal vez, donde el programa pudiera –amén de su segunda temporada– explorar con algún sistema de imágenes adicionales que le permitan un módulo, un corte o un respiro para la audiencia. No dudo que para Édgar Silva la conversación es satisfactoria, pero es posible que la audiencia agradezca algo más de información en otro tipo de módulo, que complemente, descanse y reanude la conversación.
El entrevistado. Si el medio es el mensaje –como decía Mc Luhan– aquí, el invitado es el programa. En medida de quien inviten, el programa va o no en mejor medida. El primer invitado fue Carlos Alvarado que como primer invitado es un punto alto. No solo por ser el presidente, sino por el panorama político que aún permea los criterios de la sociedad, es posible que sea interesante verlo; aunque no habló directamente de la actualidad política, tampoco abandonó su investidura del todo. Habló desde su visión del servicio público y poco desde su fuero personal. En eso radica el poder de la propuesta: ¿cómo lograr conseguir algo que sea realmente interesante y no lo mismo que hemos leído o visto?
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Sobre el montaje. El montaje del programa es sencillo, sin embargo, tenemos un aspecto relevante en una propuesta tan íntima, el sonido. Ese es el apartado técnico con principales problemas. Constantemente, se escuchan retumbos o motos al fondo de la locación, pero lo que llama más la atención es el silencio. Ante la ausencia de otras formas del espacio sonoro –efectos, música– solamente la voz y el silencio juegan parte. De hecho, el silencio se roba la atención, pues en ciertos momentos el perceptor puede sentir que el sonido se fue, debido a que el silencio entre respuestas copa el espacio sonoro y se puede percibir como un error. Esa íntima propuesta depende tanto del sonido, que incluso un pequeño ruido y constante en el fondo funcionaría para evitar esa atmósfera silente que se presenta a cada instante.
Este es un programa que cualquier canal podría producir; sus recursos no son tan materiales como inmateriales. Sin embargo, la participación de Édgar Silva puede ser suficiente para lograr una mejor convocatoria de los entrevistados y de la audiencia. Las Paredes Oyen es entretenido si uno conecta con el personaje del día, en caso contrario el programa ofrece poco para conectar con ello. Sin duda, personas con gusto por la conversación podrían disfrutar de este espacio, y sería oportuno que le dé una oportunidad en esta segunda temporada, y saque sus conclusiones.