
Las lágrimas de una joven caían sobre sus mejillas, pero con un ritmo particular: tara-cá, tara-cá, tara-cá. No era un llanto de tristeza; fue una combinación entre emoción y alegría, la imagen perfecta de “no tener vergüenza de ser feliz”.
A su alrededor, miles de personas con sus palmas emulaban la clave del tambor chico que sonaba en el escenario al compás del candombe de Jorge Drexler. La percusión marcó el pulso de una noche que el uruguayo construyó alrededor de anécdotas, risas y bailes.
Este sábado 12 de setiembre, Parque Viva fue el escenario en el que Drexler se reencontró con Costa Rica en una velada donde los tambores conversaron entre sí en un diálogo de cadencias y sabores. Drexler llegó con sus letras poderosas, pero también con los sonidos que las sostienen.
Desde el inicio, la percusión tuvo un lugar especial, como lo había prometido el artista antes de la visita. En escena destacaron aquellos hermosos tambores de diferentes tamaños y sonoridades que más adelante el propio músico se encargó de presentar y explicar.
Un imponente vibráfono se sumó a la experiencia. Sus notas se colaron entre los arreglos y le dieron a las canciones una textura delicada, casi hipnótica; cada golpe sobre sus teclas parecía dejar una pequeña vibración suspendida en el aire.
El recital, con el que vino a nuestro país a presentar oficialmente su disco Taracá, empezó potente con Toco madera. Jorge, cercano y visiblemente muy emocionado por el reencuentro con los ticos, dedicó unas palabras de agradecimiento a quienes se reunieron para cantar con él: “Es tan bonito para nosotros estar aquí de vuelta en Costa Rica. Les aseguro que cada hora que estemos aquí va a ser un tesoro para nosotros y la vamos a exprimir hasta el final”.

El amor también fue un protagonista en la velada. Con ¿Cómo se ama?, el uruguayo abrió su corazón y los ticos le entregaron el suyo. Pero no solo el cantautor fue quien recibió ese cariño; la banda que lo acompañó también fue parte de la entrega. Cuatro mujeres y tres hombres acompañaron al artista en la tarima del Anfiteatro Imperial. Entre tambores, guitarra, contrabajo, vibráfono y teclados, cada uno cumplió un papel fundamental en el concierto que, entre una canción y otra, se convirtió en una fiesta dirigida por la sonrisa perenne de Drexler. Sobre el escenario ellos tocaban y cantaban con una energía que se extendió por todo Parque Viva.
La cadencia del candombe de Jorge Drexler
“El candombe es uno de esos regalos maravillosos que África le ha dado a nuestro continente”, explicó Drexler sobre el ritmo que marcaría el espectáculo y que, al final, terminó convirtiéndose en un obsequio de Uruguay para Costa Rica.
El género uruguayo fue el hilo conductor del recital. Con Tamborero, canción del 2001, Drexler repasó la historia de la tradición del ritmo que pasó de generación en generación y aprovechó el momento para explicar con pasión la importancia de cada instrumento que había en la tarima: el tambor piano y grave que lleva la clave; el tambor repique, de sonido más agudo, y el tambor chico, el más pequeño de los tres y que lleva la cadencia del tara-cá.
El concierto tuvo así algo de descubrimiento y de interacción. Mientras los tambores sonaban, el público los acompañaba con las palmas. Así llegó Quimera, que nació muchos años después de Tamborero, pero que también es en el candombe donde encontró su sonido.
Anécdotas, canciones y cercanía
Pongamos que hablo de Martínez abrió la puerta para que Drexler repasara su historia de vida y música con Joaquín Sabina.

La anécdota apareció entre las canciones como otra pieza del rompecabezas que ha construido en su carrera: encuentros, viajes, músicos e influencias que después han encontrado vida propia en su voz y su guitarra.
Una cosa llevó a la otra y así el público conoció la historia detrás de Cuando cantaba Morente, que interpretaron Jorge y la artista Myriam Latrece. Sabina tiene mucho que ver en ella, ya que en una de sus tantas noches de bohemia juntos, el español presentó al uruguayo con la estrella del flamenco Enrique Morente y, al final, aquello quedó registrado en un poema con notas musicales.
La noche estuvo cargada de sorpresas sobre el escenario, pero Drexler quería más cercanía con su público y decidió bajar de la tarima para cantar entre la gente. Cuando sonaron los acordes de Las palabras, el uruguayo se ubicó en el centro del anfiteatro para desde ahí protagonizar uno de los momentos más íntimos de la jornada.
Ahí, rodeado de amor, interpretó también Guitarra y vos, Al otro lado del río, Soledad y Amar y ser amado. ¡Qué momento tan sublime! Mientras Jorge estaba en el centro del recinto, sobre el escenario sus músicos no paraban de tocar y, en solos espectaculares del vibráfono y el contrabajo, se robaron el show.
Para ese momento, el cierre estaba a punto de llegar, pero todavía quedaba mucho por cantar. El uruguayo volvió al escenario principal para inyectar una nueva descarga de energía con Movimiento, Universos paralelos y Tocarte.

Cuando fue el turno de Tambor chico y su contagioso tara-cá, tara-cá, tara-cá, las manos se juntaron por instinto y volvieron a la clave de la percusión que desde el inicio del concierto fue el ritmo que marcó las lágrimas de la joven que, para ese momento, había limpiado sus mejillas y bailó embargada por la emoción cuando escuchó ¿Qué será que es? y su frase sanadora: “Vivir y no tener vergüenza de ser feliz”.
Al llegar Sea, Drexler aprovechó para narrar otra anécdota que emocionó aún más al público. “Quiero dedicar esta canción a la memoria de la cantora Mercedes Sosa, que me hizo el honor de cantármela. Cuando la escuché en su voz, la terminé de entender, aunque la había escrito yo”, dijo.
Después de esa interpretación, Drexler salió del escenario, pero el público, por supuesto, no lo iba a dejar irse tan fácilmente. Entre aplausos y llamados, regresó a la tarima para dar una sorpresa más.
En Ante la duda baila, Jorge hace un repaso por bailes y sonidos que en el pasado fueron perseguidos por el poder, la religión y las leyes. En la canción ahonda sobre la zarabanda, el chuchumbé, el candombe, el tango y el reguetón; pero se dio a la tarea de investigar sobre Costa Rica y rindió un homenaje al swing criollo.
“En Costa Rica, en 1965 entró en vigor la Ley contra la vagancia, que contribuyó indirectamente a la persecución y la estigmatización de los bailarines de swing criollo considerados vagos, pachucos, chusma. Estos bailarines podían ser sancionados con una multa de ¢180 a ¢720 o arresto de tres meses a un año. Casi medio siglo después, en el 2012, aquel mismo swing criollo fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de Costa Rica”, dijo, y el público explotó en aplausos ante la mención tica.
Después de esa algarabía, el adiós llegó con Bailar en la cueva, Me haces bien y Todo se transforma. Los músicos y Drexler se pararon al centro del escenario y, abrazados, hicieron una reverencia al público como agradecimiento por una noche donde la reunión no solo se trató de canciones, sino de habitar juntos en el candombe con su tara-cá, tara-cá, tara-cá convertido en el latido de la velada.

