
Alejandro Bran controla un exquisito pase filtrado, fácil vence al portero y corre a celebrar uno de los tantos goles con los que arrasó como el nueve goleador de la categoría 2001 de las ligas menores del Club Sport Herediano.
Aquel momento, nueva confirmación de que los tantos se le caían de los bolsillos, hacía impensable que su llegada a la Primera División sería como mediocampista. Aún más raro sería que entre aquella alegría de güilas rojiamarillos y sus familias, alguien siquiera sospechara que ese delantero sería figura clave del título 31 de la Liga Deportiva Alajuelense.
Pero las sorpresas, al igual que la anotación, no empiezan ahí. Tan solo con retroceder la escena unos segundos, aparece un peculiar protagonista cuyo giro de historia hace que ver a Bran de rojinegro resulte un detalle menor.
Porque buena parte de aquel abrazo de gol lleva el sello del número cinco, quien dio la asistencia y hoy —para sorpresa de quienes lo conocieron, siendo un niño menudito de gran visión de juego y toque fino— es periodista de Repretel.
Ese jugador es Julián Blanco Sánchez, actualmente uno de los rostros más frescos de la sección deportiva de Canal 6 y quien cada vez resuena más entre el público. El periodista integró durante siete años las filas del Team, el equipo de sus amores.
El comunicador, contratado por la televisora en mayo de 2025, contó a La Nación los desconocidos pasajes de su anterior vida vestido de corto, que se quedó en tacos colgados en la repisa de sus más preciados recuerdos.
El buen contención (y mal carnicero) herediano que terminó en periodista

Julián, quien este 26 de enero cumple 25 años, nació en Heredia y desde entonces, su hogar ha sido siempre la ciudad de las Flores.
Es hijo de doña Kattia Sánchez, contadora, y don Orlando Blanco, codueño de la carnicería Bla y Bla en Heredia. El oficio de su padre fue heredado del abuelo paterno del periodista, hombre de finca y ganado originario de Abangares.
Allá en Guanacaste, y en ese mismo entorno, se crio su papá y cuando decidió dejar la universidad montó junto a su hermano el negocio de carnes, que ya es todo un emblema en el barrio.
Durante su infancia y adolescencia, no era raro entrar al local y encontrarse con el pequeño Julián atendiendo la caja o sacando cuentas. Sin embargo, él salió con cuchillo de palo, porque, en definitiva, ese oficio no era lo suyo.
“Mis amigos más cercanos me joden y dicen que yo soy mal hijo de carnicero; yo les digo que en parte tienen razón. A ver, desde que tengo memoria, para mí es normal salir y ver sangre, pedazos de carne y todo ese asunto. Cuando alguien se golpea o algo así, siento que sirvo en ese tipo de situaciones, porque a mí no me impacta”, comentó con humor.
“Pero, propiamente, lo que es negocio, cómo se hace un corte, cómo llega la carne al mostrador… eso no lo conozco muy bien. Sé las cosillas más básicas, cómo hacer bistec y eso, pero no estoy muy metido”, añadió.

Con la bola pegada a los pies
Lo que sí lo apasionó, incluso antes de tener memoria, es el fútbol. Según le cuentan, prácticamente dejó de gatear no para caminar, sino para dar patadas a la bola que le regalaron sus papás.
Desde que le llegó ese regalo esférico, lo llevó pegado al pie, al punto de que era el remedio infalible para que el güila estuviera tranquilo por horas.
Más adelante, como en la escuela ya apuntaba maneras y parecía que no solo era fiebre, sino que en realidad el carajillo “jugaba algo”, lo llevaron a un campamento de verano en el estadio de la Liga.
Al finalizar el campamento, dirigido por varios ídolos manudos, Mauricio el Chunche Montero y otros referentes se acercaron a sus papás para confirmarles que lo del talento no era mentira y les recomendaron que lo pusieran a prueba en liga menor.
El ahora comunicador se incorporó varios días en una categoría de jugadores mayores a su edad. Su rendimiento fue bajo, por lo que al final no continuó en el equipo rojinegro; aunque este fue el menor de los problemas.
Julián recuerda que de aquella experiencia no se llevó más que un trauma, pues en el cuadro rojinegro topó con compañeros demasiado hostiles con él, quien para entonces era un niño de ocho años, introvertido e inocente.
“Incluso hoy, cuando estoy en un lugar con gente que no conozco, soy reservado y en ese tiempo todavía más. Esa vez, me acuerdo, fue feillo. Es más, cuando el entrenador llamó a mi papá a decirle si me había dejado o no en el equipo, yo estaba deseando que no me dejaran”, relató el joven periodista.

Tras ese episodio, llegó a pensar que su pasión estaba destinada a las mejengas escolares, pero sus papás lo impulsaron a no desanimarse. Fue así que un día se vio con su mamá recorriendo las calles heredianas, hasta encontrar un equipo.
Al llegar a la escuela de fútbol del Herediano, el panorama, muy distinto a su anterior experiencia, fue abrazador y cercano, como augurándole que aquella sería su casa por los siguientes siete años.
“Fui obligado, básicamente; estaba temblando. Pero desde el primer momento se me acercaron dos chiquitos, me saludaron y me preguntaron que quién era. Nos pusimos a hacer pases; otro preguntó quién era y le dijeron que yo jugaba bastante bien. Me sentí acuerpado y me fue bien”, rememoró.
“Ahí tenía dos compañeros míos de escuela. Entonces le dije a mi mamá, yo quiero quedarme ahí porque por lo menos dos personas me van a tratar bien. En un entrenamiento, se me acercó Kenneth Paniagua y me dijo que quería que fuera a entrenar con él ya al equipo de Heredia, y que fuera a hacer pruebas”, añadió.
Poco tiempo después ascendió al equipo élite donde topó con Bran, quien fue el único de ese equipo que llegó a ser profesional. En la cantera rojiamarilla Blanco también fue parte de entrenamientos entre categorías, lo que lo hizo coincidir con Kenneth Vargas y Manfred Ugalde (del 2002).
La espinita que le quedó con Heredia es que su división nunca campeonizó y tampoco llegaron a demasiadas finales. De hecho, en uno de los pocos torneos que los ilusionó con llevarse el trofeo, llegaron invictos y perdieron la final con Alajuelense, tras un penal que Blanco cometió.

Eso sí, nadie le quita lo jugado: sus decenas de partidos vistiendo los colores que su madre le inculcó, lo bien que la pasó entre la media cancha y la defensa, y el gusto a gloria que todavía puede saborear cuando recuerda el único gol oficial que anotó; son vivencias que hoy atesora con orgullo.
“Perfectamente, pude haber pegado como 20 tiros en el palo y yo decía, ¿cuándo va a ser el día que haga un gol? Hasta que una vez contra Belén, que los goleamos como 5 a 1, yo hice el tercer gol, creo, fuera del área“, recordó con la honesta sonrisa que lo caracteriza
“Me volví loco celebrando. Me puse tan contento de que por fin había hecho un gol, que me fui corriendo hacia donde estaban mis papás; o sea, me iba a devolver (a su propia cancha). Mis compañeros me frenaron, porque si uno se devuelve de la media cancha, el otro equipo puede sacar”, relató con humor.
Su adiós del cuadro florense ocurrió en 2017, cuando su generación debía convertirse en el equipo U-17 de Heredia, una de las divisiones más importantes de las ligas menores.
Sin embargo, fueron desplazados por los del 2002 que, con figuras como Manfred Ugalde y Kenneth Vargas habían arrasado en su categoría y, además, tenían a favor que, por su edad, eran seleccionables para el Mundial Sub 17 de 2019.
Con cierta inconformidad se marchó y encontró nueva casa en el equipo cantonal de Heredia. La vida que venía amagando con desilusión, pronto se perfiló en uno de los momentos más felices que tuvo en el deporte: ganar la medalla de plata en los Juegos Nacionales, como capitán del cuadro de su ciudad.
El periodismo, la otra cara del deporte
Ese año que logró la plata en las justas deportivas nacionales, mientras cursaba el undécimo año en colegio, cayó en cuenta de que disfrutaba tanto hablar de fútbol como jugarlo y que las puertas que parecían cerrarse podían transformarse en nuevas oportunidades.
“Hice las paces con eso y yo dije: ‘Bueno, si no llego a ser futbolista, puedo dedicarme a algo relacionado con el deporte, igual voy a ser feliz’”, detalló.

Ya como estudiante de Periodismo en la Universidad de Costa Rica probó suerte por última vez, esta vez en el alto rendimiento del equipo Fútbol Consultants. Tras un año alzó la pizarra de cambio: las aspiraciones de ser jugador salieron rumbo al banquillo del adiós, relevadas por la pasión del periodismo deportivo.
Blanco realizó su práctica profesional en Teletica, donde se enamoró de la radio. Antes de eso, también hizo sus armas en lo escrito, como colaborador en el Semanario Universidad.
Ahora, está por cumplir un año de aparecer en la pantalla de Repretel, donde le toca desde elaborar notas para el noticiero hasta conducir transmisiones de eventos deportivos.
“Mis papás ahora siempre tienen Repretel puesto. Mis hermanos, o sobre todo mi hermana, que es la más bombeta, pasa subiendo publicaciones. Realmente sí ha sido muy bonito. Mis amigos como que sí reconocen un poquillo eso y hasta lo vacilan a uno”, manifestó.
De aquella época en la que soñó ser futbolista le quedó una valiosa amistad con varios compañeros y, aunque ya separaron sus caminos desde hace casi una década, lo une un lazo especial con Alejandro Bran que no borran los años.
“Yo conozco a los papás de Bran y mis papás conocen a los de él. Él y sus padres ha estado en mi casa, yo he estado en la casa de ellos. De hecho, cuando entré a trabajar a Repretel, hablé con el papá de él y ahí estábamos recordando anécdotas”, reveló.
Hoy, Alejandro Bran también celebra, aunque vestido de rojinegro y casi siempre disparando desde fuera del área. Por su lado, Julián ya no lanza, sino que es quien recibe los pases... al aire.
Sereno, como si estuviera en el viejo Rosabal Cordero con el cinco en la espalda, sonríe a la cámara y con prestancia informa del acontecer deportivo del que, en algún momento creyó, sería protagonista.
Pero esos afanes ya no tienen cabida; no existen ni en el periódico de ayer. Como bien vislumbró antes de entrar a la U, lo que Julián siempre anheló fue estar cerca del deporte y ser feliz. Y de ese partido sigue siendo la estrella.
