Música

Hoy fue un gran día: Joan Manuel Serrat se despidió de una Costa Rica agradecida

Con un gran concierto en Parque Viva, el cantautor tuvo su último encuentro con el público tico. Hubo ovaciones, anécdotas, canciones de todos y puntos suspensivos de esperanza

“Una canción de verdad es cuando la música habla y cuando la letra canta, cuando hay una historia”, ha dicho Joan Manuel Serrat. No hay declaración más cierta que esa.

¿Cuál será su canción favorita? ¿La que escribió al Mediterráneo, o la de cuna dedicada a su mamá, las que compuso inspirado en los poemas de Antonio Machado o de Miguel Hernández?... ¿o todas las anteriores?

Lo cierto es que las miles de personas que se reunieron para cantarle a Serrat la noche de este sábado 28 de mayo en Parque Viva manejan el cancionero del catalán al dedillo. Cualquier pieza suya es potencialmente la favorita de alguien.

No es para menos: todos le cantaron al maestro porque en esta noche fría las gargantas se calentaron para decirle “¡adiós!”, para pedirle que no se vaya de los escenarios que tanto lo adoran, para pedirle que no dejara de cantar.

Pero todo lo bueno tiene un final...

El espectáculo que reunió una vez más a Serrat con su público costarricense es parte de su gira de despedida de los escenarios.

El vicio de cantar llamó al tour; el vicio de escucharlo, le respondieron sus fans costarricenses, esos con los que desde hace más de cinco décadas ha desarrollado una relación íntima y fuerte y que en Parque Viva se juntaron por montones para darle cariño.

La presencia de Serrat es más que suficiente para disfrutar de su espectáculo. Un sencillo traje de color negro con una camisa azul, su voz, su carisma, sus bromas y, por supuesto, su banda es lo que necesita para encantar. Sin parafernalias, ni luces estrambóticas, ni juegos pirotécnicos... solo la palabra, las canciones y la música bastaron para pasar una noche especial.

Con su acostumbrado buen humor, Joan Manuel, de 78 años, fue todo entrega en el escenario. “Qué gusto que estén aquí todos y así poder darles las gracias por acompañarme hoy y en tantas ocasiones a lo largo de mi vida!”, dijo.

“Te amo”, gritó alguien en respuesta. El anfiteatro entero compartió el sentimiento.

El recital comenzó con Dale que dale y pronto siguió con el recorrido por su biografía, por sus historias. Mi niñez la cantó con mucha emoción por sus recuerdos, al igual que cuando interpretó El carrusel del Furo.

Serrat, como todo un maestro seductor de la palabra habló y cantó, cantó y habló; así como le gusta a sus seguidores, quienes en su mayoría ya peinaban canas (algunos las taparon con boinas, especialmente desempolvadas para la ocasión). Vale, eso sí decir, que también hubo muchos jóvenes seguidores que aprendieron de sus papás o sus abuelos a amar la palabra del poeta catalán.

El público de Serrat es muy diverso en generaciones, pero todos por igual le rinden tributo. La audiencia, respetuosa de la obra del español, mantuvo sus celulares guardados, porque al maestro se le pone atención, no es necesario iluminarlo con el flash de los teléfonos. Para tener un gran recuerdo de esta última cita no fue requerida una memoria digital, sino la retina y el alma.

El cantautor llevó al público por un telar de hilos entrelazados por historias y música, por cuentos de sus inspiraciones y por las canciones que crearon. “Hace ya medio siglo que la señora y yo nos conocemos, más de medio siglo y ¿saben? no tengo idea de cómo se llama. Nunca la llamé por su nombre, siempre la llamé señora esto, señora aquella y así seguimos.

”Bueno, así seguimos es un decir, porque a mí se me ha caído el pelo y tengo las rodillas hechas polvo, ella en cambio sigue lozana, manteniendo sus maravillosos 40 años porque los personajes no envejecen, vean a Romeo y Julieta, tienen más de 400 años juntos y siguen siendo dos adolescentes enamorados”, dijo después de cantar Señora y antes de Lucía.

Un piano, dos guitarras, un violín, una batería, un bajo, un teclado y su inseparable taburete llenaban de fuerza el escenario. Frente a Serrat estaban sus amigos ticos de siempre, dándole respuesta al cariño que ha existido por tantos años.

Tal vez para algunos este fue el primer y el último concierto de Serrat, para otros fue una marca en una extensa lista de recitales que se ha forjado desde inicios de los años 70, cuando de joven el trovador comenzó a venir a nuestro país. Más allá de su historial con Serrat, para todos los presentes en Parque Viva fue un honor verlo cantando con un ímpetu envidiable y con una pasión arrolladora.

Es cierto, la voz de Serrat se siente cansada, los años pesan, pero nunca dejó que una nota se le escapara fuera del tono. Lo mismo cuando habló suave al recordar con amor a su madre antes de que de su voz, en catalán, sonara Cançó de bressol, pieza que escribió en honor a su mamá inspirado en una canción de cuna que ella le cantaba de niño.

El recital siguió con un recorrido por puntos altos del extenso cancionero del español. Temas como Hoy por ti, mañana por mi; Hoy puede ser un gran día; Tu nombre me sabe a yerba, y Aquellas pequeñas cosas fueron parte del cierre del concierto.

Cuando llegó el turno de Mediterráneo sí se vieron celulares grabando el momento especial, pero siempre guardando un gran respeto por el músico que cantó su himno internacional acompañado por su propia guitarra. La obra de Serrat es atemporal y quedará para la historia y así se lo hizo saber su público con el aplauso intenso que le dio como un abrazo a la canción.

El español no se podía ir de Costa Rica sin antes dar un mensaje social con tintes de llamada de atención, pero también con algo de esperanza. Habló de la pandemia y de los esfuerzos que se tienen que hacer para acabarla (distribución justa de las vacunas), pero también del daño que el ser humano le hace a su hogar: la Tierra.

“Uno escucha decir que todavía estamos a tiempo, pero nadie tiene prisa, nadie mueve un dejo para avanzar. Yo deseo, sinceramente, que si un día nos volvemos a encontrar sea donde sea, podamos vernos las caras sin mascarilla y que la palabra ‘mañana’ sea para todos un sinónimo de vida”, sentenció.

Al cierre de edición llegó el momento de Cantares, el homenaje al poema de Machado que recibió una ovación de pie. Un aplauso que se sintió eterno abrazó al maestro, al poeta de palabra inmensa, al músico de guitarra cercana. Gracias, maestro, por un adiós que esperamos que sea con puntos suspensivos.

No fue necesario que Serrat hiciera el ademán de irse para que la gente le pidiera otra canción, no. A estas alturas de su carrera él y su público se conocen lo suficiente como para saber que había mucho más por cantar.

Entonó De vez en cuando la vida y después, con la canción Fiesta sonando de fondo, Serrat recibió más y más amor: manos en señal de adiós, cartas, rosas y otro aplauso impactante.

Y como para complacernos estamos, Serrat no se fue y cantó Pueblo Blanco.

Hizo un pequeño amague a retirarse de escena, pero volvió.

“Con el pecho satisfecho y el corazón agrandado por tantas emociones digo muchas gracias de nuevo. Podría darles las gracias toda la noche, pero creo que ustedes prefieren que yo cante otra canción”. Y así fue con Esos locos bajitos y, como en toda despedida se rompen las formalidades, el público dejó sus asientos para despedirlo más de cerca al escenario.

Cuando realmente llegó el adiós, la gran protagonista fue Penélope y la audiencia no aguantó las emociones.

El músico puso las las manos sobre su pecho en señal de agradecimiento y cariño al público tico.

¡Así se despide un grande!

Colaboró Gabriela Gago.

Jessica Rojas Ch.

Jessica Rojas Ch.

Bachiller en periodismo de la Universidad Internacional de las Américas. Cubre temas de música nacional e internacional, además de informaciones de entretenimiento.

Kimberly Herrera

Kimberly Herrera Salazar

Periodista graduada de la Universidad Internacional de las Américas. Licenciada en Comunicación de Mercadeo de la Universidad Americana.

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