
Corría la década de los años 70, cuando la música viajaba en lo analógico y los salones de baile atravesaban su época dorada: escenario propicio para que un joven salsero, todavía emergente, ofreciera un concierto en la costa caribeña. Escogió la de Costa Rica, donde buscaba consolidar su nombre, quizás seducido por las similitudes con su amado Puerto Rico.
Acompañado de un joven y también flaco Rubén Blades, Willie Colón arribó a Limón dispuesto a seguir distanciándose de los más populares ritmos latinos, dígase chachachá, mambo y hasta son cubano, porque se quedaban cortos a lo suyo: una amalgama llamada salsa.
Hoy por hoy, resulta natural que sus obras aparezcan en casi toda playlist que se pone en automático en las fiestas de cumpleaños, pero antes de que el mundo aprendiera que “la vida da sorpresas”, el músico se abrió paso una tarima a la vez. Así fue como el estridente y autoproclamado “El Malo” regaló a Limón un espectáculo cuyo recuerdo todavía se narra con movimiento de caderas.
En el salón Bohío, en barrio Roosevelt, Colón hizo lo que mejor sabía: cantar sobre las necesidades de la gente y ciertas represiones, entrelazadas con las apariciones de su inseparable trombón.
Esta apuesta convocó a miles de entusiastas que ya asociaban su nombre y su rostro, tupido de barba, bigote y colochos, con el muchacho que se había vinculado con un tal Héctor Lavoe, célebre por sus lentes grandes y sacos bien planchados.
Para las 7:30 p. m. de esa noche, circa 1974, ya no cabía ni una voz más en el salón. Codo con codo, hombro con hombro y sudor con sudor. Suena agobiante, pero también histórico: pasadas las dos horas del show ya se habían agotado los refrescos, las cervezas, el agua y el hielo en ese local y sus pares aledaños.
La algarabía se extendió hasta entrada la madrugada. Si el aforo era para mil personas, dentro había dos mil. Y por fuera había mínimo otras cuatro mil, según recuerda Rodolfo Martín, uno de los asistentes de esa noche. “Vos no podías salir a agarrar aire por la gran cantidad de gente que había ahí. Y si vos salías, jamás nunca ibas a poder entrar”, rememora.
Entretanto, mientras despuntaba el día, Rubén Blades había dejado su trabajo en la orquesta de Colón para pasearse entre mesa y mesa, cargando un bolsito tejido de mecate de su hombro, con la misma actitud afable que lo ha traído de vuelta en decenas de ocasiones a nuestro país.
El rumor de que un salsero había congregado a miles de entusiastas en Costa Rica no tardó en propagarse; poco después, agrupaciones como El Gran Combo, también de Puerto Rico, trajeron a este pequeño territorio los sonidos que entonces sacudían a Nueva York, donde nació Colón.
A lo mejor, cuando en Limón suene aquello de “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”, algunos evoquen antes que el refrán aquella noche en que la salsa caribeña se exprimió

