Generaciones enteras crecieron con El taller de Fernando, programa de Canal 13 que acompañó a muchos niños de Costa Rica desde finales de la década de 1980, durante los años 90 y a inicios de los 2000. Hoy, a sus 62 años, Fernando Thiel —psicólogo, docente, titiritero, dramaturgo y actor— recibe con gratitud el cariño de quienes lo recuerdan.
Al mismo tiempo, le preocupan algunos cambios que observa en las experiencias cotidianas de la niñez.
“Los niños ya no vivencian... No se mojan los pies porque se van a enfermar. ¿Cómo van a crear imágenes de divertirse con los pies? No juegan con arcilla y no hacen figuras de barro porque se ensucian”, afirmó.
Su mirada parte, en buena medida, de los recuerdos de su propia infancia.
“Jugaba con barro, me caía en charcos de agua, jugábamos puntería con una piedra y una lata, hacíamos equilibrio en una tapia para bajar una naranja del vecino... Así también uno se caía, uno se subía a árboles...”, recordó.
Para Thiel, la tecnología ha modificado la manera en que niños y niñas reciben estímulos y construyen sus propias imágenes.
“La poesía, la lectura, ayudan mucho a crear y se ha dejado de hacer. Claro, los niños leen, pero textos educativos en la escuela; ese placer de la lectura se ha perdido”, afirmó.
También relaciona los cambios en la vida cotidiana con la desaparición de dinámicas de convivencia fuera de casa.
“Cada vez son más cortos y el recreo es donde más podemos compartir, ya que no tenemos la historia de barrio porque ya no se juega en las calles”, manifestó.
La violencia y los contenidos infantiles
Entre las preocupaciones de Fernando Thiel está la forma en que algunas producciones audiovisuales representan la resolución de conflictos. A su juicio, muchas caricaturas actuales presentan la muerte o el castigo como respuesta frente al villano.
“Estamos muy influenciados por muchos dibujos animados violentos, que hay que matar. Al malo siempre hay que matarlo o ponerlo preso, porque eso es lo que enseñan las caricaturas de hoy en día”, mencionó.
El dramaturgo retomó esa idea al cuestionar los desenlaces en los que un héroe mata a otro personaje. “Los héroes que matan a otro son asesinos... No importa que sea a un malo, eso es matar”, afirmó.
Según Thiel, esa lógica también se manifiesta en algunas de sus funciones. Cuando aparece en escena un personaje revoltoso, ha escuchado a niños del público gritar: “¡Mátelo, mátelo!”.
Esa reacción, aseguró, influye en la forma en que construye sus montajes. En sus historias busca plantear otras maneras de abordar los conflictos, mediante el diálogo y sin recurrir a la violencia. Citó como ejemplo Una comunidad para todos, obra en la que unos niños pintan en la calle porque quieren ser artistas, mientras un policía, en lugar de reprimirlos, los orienta hacia un curso de pintura en una casa de la cultura.
Al referirse a esos espacios, Thiel señaló una carencia que, a su juicio, limita las oportunidades de la niñez para acercarse a las artes.
“Casi en las casas de la cultura ya no hay talleres de pintura o de barro, entonces no se están generando esas vivencias”, afirmó.
El artista aclaró que sus obras pueden incorporar recursos cómicos de los títeres de cachiporra, como persecuciones o golpes simulados. Sin embargo, indicó que esas escenas tienen un sentido distinto dentro de sus historias.
“Siempre termina [mal] el que quiere asustar o quiere dañar al otro”, explicó.
Thiel mencionó producciones de otras épocas, como Los Picapiedras, Los Aristogatos y Tom y Jerry, para ejemplificar lo que, a su juicio, distingue esas caricaturas de otras representaciones actuales de la violencia. Aunque reconoció que Tom y Jerry ha generado discusiones por los enfrentamientos constantes entre sus protagonistas, señaló que esas escenas no muestran sangre. Según explicó, las situaciones que viven sus personajes se acercan más a incidentes cotidianos, como golpearse con una puerta, resbalarse o hacerse una “chichota”.
El miedo al silencio y a pensar
La reflexión de Thiel no se limita a la infancia. Tras décadas de trabajo con públicos familiares, dice percibir una incomodidad creciente frente al silencio y los espacios de introspección.
“Cuando uno va a la playa, la gente pone música durísimo en lugar de escuchar el mar, el viento, y es justamente porque cuando estamos en silencio es donde empieza la reflexión de nuestra vida: qué estamos haciendo, que la vida es muy corta y que vamos a fallecer. Es el final de nuestra vida”, mencionó.
Desde esa perspectiva, interpreta también ciertas preferencias del público actual. “Buscan lo que no los haga pensar, porque da miedo pensar”, reconoció.
En el caso del teatro infantil, Thiel ha notado un cambio en la composición del público: cada vez hay menos niños. “Vienen los abuelos, los papás, los tíos y apenas un niño”, reconoció.
Aun así, destaca que la interacción directa distingue al teatro de otras experiencias culturales.
“En el teatro se rompe la cuarta pared. El niño te responde en la obra y te arroja elementos que se pueden utilizar... Se vive el teatro como un concierto. ¿Por qué la gente va a los conciertos si puede escuchar música? Por la vivencia de ver al artista bailar, brincar y sudar... Pasa lo mismo con el teatro”, mencionó Thiel.
La comercialización de la infancia
Thiel también cuestiona la relación entre productos audiovisuales y consumo. Su crítica se dirige, especialmente, a los objetos asociados con personajes y películas que, según plantea, no necesariamente fomentan el juego compartido.
“Se hacen películas, pero después hay que comprar el muñequito. Y es un muñequito plástico que muchas veces no nos habla. ¿Y qué pasa? Compran el muñequito y después termina en un cajón guardado. No se juega porque no tenemos a alguien con quien compartir”, manifestó.
En paralelo, el artista mantiene talleres de teatro en el Teatro de Bolsillo, ubicado en San Pedro de Montes de Oca. Ahí trabaja con niños y niñas que llegan con intereses diversos y una relación cercana con la lectura.
“Tengo unos niños maravillosos en teatro, que leen montones, pero leen de todo, entonces tienen una imaginación increíble que hasta a mí me sorprenden, me alegran y me llenan de vida”, afirmó con emoción.
La ausencia de espacios educativos en televisión
La televisión nacional es otro de los ámbitos sobre los que Thiel expresa preocupación. El creador de El taller de Fernando recuerda que su programa abordaba asuntos que no siempre se asociaban con contenidos infantiles.
“Yo hacía un programa sobre la cultura costarricense, no era un programa light. Tratábamos temas como el sexo, la muerte, las vacaciones... Por eso gustaba tanto, porque tenía un sentido crítico y de reflexión; no había ni blanco ni negro, sino que eran grises”, agregó.
En aquel espacio, las conversaciones con niños eran uno de los elementos centrales. Thiel explicó que, aunque orientaba los diálogos, no estaban previamente preparados.
“Yo las guiaba, pero los dejaba con libertad... Ellos decían lo que pensaban y podíamos arreglar las cosas, había distintos puntos de vista. Y ahora, lamentablemente, no hay programas infantiles con la identidad costarricense. Entonces, vamos perdiendo nuestra propia cultura y nos influenciamos con las otras culturas”, aseguró.
El artista también se refirió al papel de las familias y a la pérdida de espacios de lectura, como las bibliotecas.
“Es importante recordar que los niños imitan a los padres. Se ha perdido que un padre lea un cuento a sus hijos... Si los ven tirados en el sillón viendo tele todo el día, lo van a imitar”, afirmó.
El cariño que varias generaciones le guardan a Fernando Thiel
Aunque ya no aparece con la misma frecuencia en televisión, Thiel continúa recibiendo muestras de afecto de personas que crecieron con su programa. Algunas lo reconocen en la calle; otras le piden fotografías o comparten videos de sus encuentros en redes sociales.
Según recordó, uno de esos episodios ocurrió mientras esperaba transporte. Un vehículo se detuvo cerca de él y, antes de saber quién iba dentro, sintió miedo.
“Salió la señora que venía de copiloto, el esposo manejaba, y me gritó: ‘Gracias por haberme hecho mi niñez, gracias’”, recordó entre risas.
El artista atribuye parte de ese vínculo a una trayectoria desarrollada, según dice, desde la vocación y la educación artística y no desde la idea de hacer dinero.
Antes de llegar a la televisión, Thiel empezó a presentar funciones junto a amigos del barrio de escasos recursos. Algunas veces, relató, recibían comida como pago.
“El costarricense tiene esa habilidad de saber cuándo alguien lo hace de alma y cuándo lo hace por negocio”, aseguró.
En defensa de la cultura
La defensa de la cultura y la educación atraviesa buena parte de su discurso. Thiel cuestiona la reducción de recursos para el sector y llama a valorar las expresiones culturales de todas las provincias.
“Se ha ido perdiendo, hay problemas con la cultura, se le quita el presupuesto, se hace una cultura light para que no pensemos. Entonces, yo voy a seguir luchando para que la gente siga leyendo, siga queriendo la cultura propia de Costa Rica, que no solo también la cultura es Guanacaste, sino que está en Limón, Puntarenas, Heredia, San José, Cartago y Alajuela. Todas las provincias tienen su característica y eso es lo que hay que defender, que no nos impongan otros en la cultura”, aseveró.
Esa visión se materializa en el Teatro de Bolsillo, en San Pedro de Montes de Oca. El recinto de Thiel recibe montajes de agrupaciones independientes y alberga actividades como danza, lecturas de libros y cineforos gratuitos.
La cartelera se renueva con frecuencia, aun cuando la asistencia sea reducida.
“A veces se llena, a veces no; a veces tenemos 20 personas, 15 personas, pero se hace con amor. Y lo que se hace con amor y con ganas siempre va creciendo”, expresó Thiel.
El artista describe el vínculo que se ha formado en el recinto en una frase breve: “Aquí hay calor humano”.
Entre las próximas propuestas, adelantó la visita de un grupo titiritero de Brasil y de otra agrupación de Canadá, con funciones para niños y familias.
Niñez, poesía y experiencias
Además de las funciones y talleres, Thiel mantiene una actividad que considera importante para no perder el contacto con la niñez: las fiestas de cumpleaños.
“¿Sabes por qué? Porque no me quita el contacto con los niños. Me divierto un montón en los cumpleaños”, explicó.
En esas presentaciones incorpora pequeñas obras y juegos de palabras. El objetivo, según explicó, no es limitarse a entretener. “A mí me gusta dejar algo”, señaló. “Esto va generando un gusto por la poesía, jugar con la poesía”.
El artista considera que la formación infantil debe abrir espacio a intereses que trasciendan los contenidos estrictamente escolares. “Nos falta abrir el mundo, que no solo es textos o cosas educativas, sino que hay más allá que nos abre”, afirmó.
La no violencia es otro elemento que identifica como constante en su trabajo. “Yo soy un luchador por la paz, nada de violencia. En mi programa no tenía violencia, mis obras no tienen violencia”, enfatizó.
Como reflexión final, Thiel volvió a una idea que ha sostenido a lo largo de su carrera: la imaginación se nutre de aquello que se ha vivido.
“Si yo leo en un libro: ‘Qué lindo es mojarse con la brisa suave en la cara’, y nunca la disfruté ni la viví, ¿cómo voy a generar una imagen?”, planteó.
Mencionó también acciones sencillas, como correr o dejarse rodar por una ladera, como experiencias que pueden permanecer en la memoria y ampliar la manera de leer, mirar una película o imaginar una historia.
“Es muy importante vivenciar para poder disfrutar de la lectura, de un libro, de las películas, de todo eso, y emocionarse”, concluyó el artista. “Vamos a seguir luchando por eso” manifestó.
