
Lucho Barahona, ícono del teatro y la cultura costarricense, falleció a los 94 años.
La noticia la confirmó a La Nación su amigo Alejandro Rueda. El expresentador de televisión afirmó que el artista murió este domingo 4 de enero a eso de las 11 a. m.
Luis Alberto Barahona Rivera, Don Lucho, o “Luchito”, como se le conoció de cariño, fue reconocido como “el padre del teatro independiente” gracias al trabajo que desde que llegó a nuestro país realizó con el Teatro del Ángel (posteriormente llamado Teatro Lucho Barahona).
En este recinto escénico, Barahona actuó en muchas obras como personaje principal, pero también tomó las riendas para ser director y escritor y ser influencia de distintas generaciones culturales del país.
Gracias a su programa La lucha de Lucho (1988), Barahona, también es recordado por su paso en la televisión, aunque se sabe que las tablas siempre fueron su gran pasión.

Desde Chile para marcar historia
Barahona llegó a Costa Rica en 1974, expulsado del golpe militar a Salvador Allende en su natal Chile.
En Santiago, Lucho había fundado, junto a otros cuatro artistas, el Teatro del Ángel. Con funciones todos los días –exceptuando los lunes–, el director era feliz, hasta que tiempos políticamente difíciles comenzaron a asomarse.
“Con el golpe militar vino el toque de queda, y uno no podía salir a la calle después de las ocho de la noche porque lo mataban”, recordó. “Lo que hicimos en el teatro era hacer función a las seis de la tarde y la gente llegaba”, le dijo el artista al periodista en un perfil que se publicó en La Nación, en el 2018.
“El problema fue cuando comenzaron a sospechar de nosotros. Creyeron que éramos comunistas y lo que hacía el ejército era llevarse a la gente al Estadio Nacional para torturarlos. Una vez casi me llevaron, ahí fue cuando me quise ir del país”, contó Barahona.
Una vez llegado a San José, Lucho planeó hacer lo que tanto le encantaba en Chile: actuar.
En honor al teatro independiente que fundó en Chile, decidió instaurar un recinto con el mismo nombre: Teatro del Ángel. La sorpresa fue que ofrecían funciones todos los días con teatro vacío.
En Costa Rica, la identidad teatral escaseaba pues, según los recuerdos de Lucho, solo la Compañía Nacional de Teatro y el Teatro Nacional tenían una oferta seria en su cartelera.
“Uno llegaba a preguntarle a las personas qué preferían: si el cine o el teatro. Todos decían que el cine. Yo pensé en aprovechar los programas de tele para que la gente se enterara de qué trataba el teatro y dio efecto. Aquí, cuando yo llegué al país, había muy poco interés en el teatro. Ahora a la familia le gusta, le encanta. Es una gran satisfacción”, confesó en esa conversación.
En vez de tener un conflicto interno entre la televisión y el teatro, Lucho decidió amar ambos. Encontró su debut en la pantalla pequeña con Hay que casar a Marcela, una novela que le abrió paso a otras producciones donde fungía como guionista, productor, director y, en algunas ocasiones, actor.

Más a sus anchas, el chileno decidió tomar la ciudad de San José como su botón explosivo para las ideas que ya no se contenían en su mente. El cuerpo histriónico que aparecía en sus programas podía ser visto en persona, con obras más largas y en cartelera continua.
Así, Lucho consolidó el Teatro del Ángel y el Teatro Lucho Barahona, fundado a mediados de los 80. Ambos recintos fueron albergues para un nicho que, unas décadas antes, no existía.
“Claro, era cansadísimo”, rememoró con risas Lucho. “Yo tenía los dos teatros más el programa de La Lucha de Lucho. Eran equipos de trabajo muy grandes y por dicha estaba joven porque era un cansancio brutal”.
Los años finales de Lucho Barahona
Don Lucho siempre habló con dolor sobre el momento en que dejó de actuar. “Me retiré como actor porque el cansancio es diferente, pero yo quiero seguir con el teatro”, contó en el 2018 a Viva. “Yo no me quiero perder la magia del teatro… Estar en las tablas siempre es un momento muy lindo en mi vida”.
Ese año, Barahona volvió a las tablas con El Chispero, una aplaudida obra que él mismo había actuado 20 años antes. Cuando fueron las funciones de la obra, el público no paraba de pedirle fotos y autógrafos. Su leyenda estaba asegurada.
“Luchito” quería más de esa adrenalina, pero la pandemia le cambió los planes. La crisis sanitaria pausó toda la actividad teatral pero, además, él se llevó el susto más grande de su vida.

A mediados del 2020, el artista sufrió una caída en su casa, en San José, lo cual le provocó quebraduras en la mitad de su cuerpo.
Tras un año de rehabilitación, logró recuperar la movilidad. Luis Alvarado, su pareja y cuidador, contó que él se mantuvo lúcido, pero tenía dolores en su cuerpo.
Para no separarse de su más grande pasión, Barahona se volvió mentor. Contó Alvarado a La Nación que eran constantes los grupos de colegas teatreros que iban a su casa para pedir consejo y mentoría del legendario artista. Por supuesto, él siempre les abría las puertas y les compartía sus opiniones.
El 7 de enero del 2024, Lucho Barahona sufrió un duro golpe. Su pareja y cuidador Luis Alvarado falleció a causa de un infarto.
Una vecina de ambos llegó a buscarlos a su casa, ubicada en barrio Dent, para regalarles una comida y le pareció muy extraño que Alvarado no le abriera. Al día siguiente volvió a la casa y tampoco hubo movimiento alguno, por lo que llamó al 9-1-1 para dar la alerta.
Al lugar llegó una unidad del Cuerpo de Bomberos que abrió la puerta y encontraron a Alvarado fallecido en el piso y a Barahona deshidratado y desubicado (padecía de Alzheimer), razón por la cual fue internado en el Hospital Calderón Guardia por varios días.

Un último detalle: el 30 de marzo del 2023 Lucho Barahona fue declarado Ciudadano de Honor de Costa Rica, reconocimiento dado por la Asamblea Legislativa de nuestro país.
La ciudadanía de honor le fue concedida por “su gran e invaluable aporte al desarrollo del teatro independiente del país”, se lee en la declaratoria del Congreso.
El expediente número 23.535, que fue presentado por la diputada Ada Acuña, del Partido Progreso Social Democrático, se aprobó por votación. El país entero celebró aquella decisión, de la misma forma en que hoy toda una nación llora su partida, pero celebra su invaluable legado.

