
Ya pasó el 14 de febrero, pero en el aire y también en las pantallas está latente el amor. O, al menos, eso a lo que Hollywood llama amor.
Porque aunque lloremos cada vez que el protagonista corre con su ramo de flores rumbo al aeropuerto o añoremos los “vivieron felices por siempre”, muchas veces las relaciones que vemos en la pantalla grande están marcadas por distintas formas de violencia y otros aspectos negativos que poco o nada tienen que ver con amar a alguien.
Y no se trata de sentirse culpable por ser fanático del género o de un afán inquisitivo de que, desde ahora, se prohíban para siempre los clásicos románticos. Lo que sí hay que reconocer es que el cine es mucho más que un menjurje de imágenes y sonidos que pasa frente a nuestros ojos sin más.
Sin dudas, las producciones fílmicas son referentes culturales con la capacidad de posicionar mensajes, normalizar conceptos, construir lo que se toma como sentido común y hasta educar en todo tipo de temas, incluido el amor.
Así lo dejan claro Isabel Gamboa, Ana Hidalgo y Sylvia Mesa, tres expertas en materia de género que conversaron con La Nación y, con mirada crítica, desentrañaron lo que está detrás del romanticismo hollywoodense.
Las tres coincidieron en que, en líneas generales, las películas son uno de los principales bastiones que sostienen al “amor romántico”, una estructura que demarca la forma en que establecemos las relaciones socioafectivas y que, aunque esté interiorizada, no deja de ser una invención social.
“El amor romántico mantiene a las mujeres en un lugar de subordinación romantizado y lo que ya de sobra siempre se dice de la media naranja y todo eso. Hay un mensaje claro, todavía muy actual, de que una mujer sin un hombre no es gran cosa”, explicó Gamboa, doctora en Estudios de la Sociedad y la Cultura.
“El patriarcado se actualiza y mantiene vigente con la cultura pop, con las películas, canciones y todo el arte”, añadió la investigadora.
Con esto claro, ahora vayamos a lo específico y, con el análisis de las tres especialistas, veamos los conceptos tan negativos que se asocian al amor y se reproducen a través de grandes películas.
La bella y la bestia (1991)
Con el entrañable y hasta infantil sello de Disney, no es raro bajar la guardia ante las películas de princesas y, de plano, asumirlas inofensivas. Y esto puede ser un gran error.
Al pensar en La bella y la bestia, quizá la imagen que se recuerde con mayor facilidad sea la del romántico baile que tienen en el gran salón del castillo. Pero, ¿alguien recuerda que la princesa está ahí prácticamente en contra de su voluntad?

Es cierto que ella decidió entrar, pero lo hizo para salvar a su padre del secuestro. A partir de ese momento, Bella se instala con un monstruo iracundo que le prohíbe cosas y, mágicamente (o por síndrome de Estocolmo) se termina enamorando.
Para Ana Hidalgo, activista de la Red Feminista Contra la Violencia Hacia las Mujeres, la película refuerza ese anhelo del príncipe azul que está predestinado para la mujer y que esta debe corresponder, sea de la forma que sea.
“Cuando llegue (el príncipe azul), en cualquier forma que sea, bestia o no bestia, las mujeres tenemos que mantenernos, vincularnos ahí. Porque las mujeres que no están emparejadas se consideran fallidas, porque el rol tradicional es estar emparejada, constituir una familia y, lógicamente, también tener hijos”, criticó Hidalgo.

Por su parte, Sylvia Mesa, psicóloga y máster en Estudios de la Mujer, detalló que la bestia es una representación de los hombres violentos. Además, afirmó que muchas relaciones replican el arquetipo de la película, en que las mujeres deben soportar las agresiones hasta lograr convertir en “bueno” a un agresor.
“Eso pasa con muchas mujeres, que se relacionan con hombres mujeriegos, adictos o maltratadores, porque creen que son así porque nadie les ha amado como ellas lo hacen y que con amor van a lograr cambiarlos. Sin embargo, la realidad es otra. Las personas solo pueden cambiar por sí mismas, cuando deciden hacerlo, no porque llegue una salvadora a rescatarlos”, comentó la investigadora del Centro de Investigación en Estudios de la Mujer de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Grease (Vaselina, 1978)
Grease (Vaselina) tiene a Olivia Newton-John y John Travolta en el esplendor de sus carreras, coreografías impresionantes y una banda sonora que quedó para el recuerdo; pero también una historia de “amor” bastante cuestionable.
Luego del drama y las rencillas juveniles, la relación entre el rudo galán Danny Zuko (Travolta) y la inocente Sandy Olsson (Newton-John) se concreta gracias a que ella termina despreciando su personalidad y cambiándola a gusto del protagonista.
Es hasta que Olsson aparece con su estilo rockero y fumando, que Zuko pone su mirada en ella y cae rendido a sus pies.
“A nadie se le hubiera ocurrido filmar una película en la que él cambia su apariencia, su modo de ser, para que ella lo ame; sería un desastre de taquilla”, reflexionó Mesa.

Para la psicóloga, este es uno de los adoctrinamientos que se repiten durante generaciones y que logran perpetuar esa lógica de subordinación de la mujer ante el hombre, bajo la amenaza de que si no se actúa así, el destino es quedarse sola para siempre.
“En una sociedad patriarcal, se supone que son las mujeres las que tienen que hacer cualquier cosa para atraer la atención de los hombres, hasta dejar de ser ellas mismas. El mensaje sigue siendo el mismo: si queremos ser amadas, las mujeres tenemos que darles a los hombres lo que ellos quieren de nosotras, no lo que nosotras somos y queremos ser”, aseguró.
Además, Gamboa añadió que esta sumisión va más allá de cambiar la personalidad, como se muestra en la cinta, si no que también está muy ligada con la manera en que se educa a la mujer para estar siempre pendiente del hombre.
“El amor romántico está muy asociado con ‘la ley del agrado’, que es el mandato que tenemos las mujeres, todas, de agradar, de hacer sentir confortables a los hombres. Es un servilismo que las mujeres automáticamente tenemos, a no ser que una lo deconstruya”, sentenció.
Lo que el viento se llevó (1940)

Lo que el viento se llevó es uno de los grandes clásicos de la historia del cine. La película, ambientada en la Guerra Civil de Estados Unidos y estrenada a inicios de 1940, ganó ocho premios Óscar y se convirtió en un ícono del sétimo arte.
Todo eso no quita que al filme le sobren aspectos problemáticos, que van desde el abordaje que se hace de la esclavitud, aunque eso es tema para otro análisis. En lo que respecta al romanticismo, la cinta es una piedra angular del modelo de pareja conflictiva que después vimos en tantas otras producciones.
La protagonista, Scarlett O’Hara (Vivien Leigh), ante el rechazo de su amor imposible, Ashley Wilkes (esposo de su prima), se casa con Rhett Butler (Clark Gable). O’Hara y Butler viven un matrimonio marcado por las agresiones violentas.
El episodio más fuerte es cuando Butler, en contra de la voluntad de su esposa, la besa y se la lleva a su cuarto para, aunque lógicamente no es explícito, abusar o violar de ella. A la mañana siguiente le ofrece disculpas y el divorcio, lo cual es rechazado por ella por temor al escándalo.

Más adelante, tienen una fuerte discusión que termina con Scarlett cayendo por las escaleras y sufriendo un aborto por el golpe. No obstante, al final de la película, corre a pedir el perdón de su marido, quien la rechaza y se marcha.
“La escena de la violación no es vista como tal, la pelea violenta se transforma en un accidente y, al final, Scarlett termina pagando con su soledad el haber sido ‘mala’, por no haber amado a Rhett como él lo merecía. El mensaje es terrible: que el amor es perdonar cualquier cosa, hasta una violación”, explicó Sylvia Mesa sobre el trasfondo de la relación entre Butler y O’Hara.
Ana Hidalgo, especialista en materia de género y exfuncionaria del Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu), advirtió que estos patrones siguen arraigados en la sociedad y son los que dificultan que las mujeres agredidas logren salir de los círculos de violencia.
“Se considera que eso es parte de lo que es el matrimonio y el estar en pareja. Al naturalizar estas violencias, pues no se plantea la posibilidad de salir, sino que la idea es aguantar, estar ahí precisamente porque eso es lo que se espera de las mujeres”, expresó Hidalgo.
“Eso contribuye a que las mujeres no identifiquen y tengan tantas dificultades para salir de las relaciones de violencia. Sobre todo en algunas de estas películas que son más antiguas, donde este patrón, esta ideología del amor romántico, está todavía más asentado”, concluyó.
