Por fuera proyecta una seguridad inquebrantable: confianza, cercanía, carisma, elegancia y amabilidad. Pero lejos de los reflectores, los lujosos vestidos y las pasarelas, Angélica Arias, Señora Costa Rica, es una mujer de 48 años que, como muchas otras, ha conocido el dolor… y también la fuerza de volver a levantarse.
Detrás de su sonrisa firme y su presencia serena hay una historia marcada por pérdidas, aprendizajes y decisiones profundas que la transformaron para siempre.
Antes de subir a un escenario internacional y representar al país, la vida ya la había enfrentado a momentos que la obligaron a reconstruirse desde cero.
Como invitada al pódcast En confianza, de La Nación, Arias −administradora de empresas y vecina de la Guácima de Alajuela− decidió abrir su corazón y compartir esas experiencias con un propósito claro: inspirar a quienes atraviesan situaciones difíciles y recordarles que sí es posible salir adelante.
“Cuando tenía 37 años quedé embarazada y al tercer mes lo perdí. Mi vida no fue frustrada, no. Simplemente lo tomé como una decisión que así lo quiso Dios para transformarme. Para dar un mensaje positivo a las mujeres que pasan esto en su vida y querer contar mi historia”, mencionó.
Aquella pérdida marcó un antes y un después. Fue un golpe profundo, inesperado, que la enfrentó a uno de los dolores más silenciosos que pueden atravesar muchas mujeres.
“Cuando sucedió (el aborto espontáneo) estaba en una fiesta de mi sobrina. Me empecé a sentir mal y así comenzó toda esa travesía tan terrible. Fui de mal en peor y al día siguiente me operaron de emergencia”, recordó.
El proceso no solo fue físico, sino también emocional. Arias admite que fue un momento de mucha tristeza, pero también de toma de conciencia.
Al estar en el hospital, comprendió que su dolor coexistía con el de muchas otras mujeres que luchaban por su vida o enfrentaban enfermedades graves.
“Lloré, me limpié las lágrimas y dije: ‘no puedo ser tan egoísta. Dios tiene un propósito para esto y, si este fue el hecho que me ocurrió a mí, pues tendré que superarlo de alguna forma”, expresó.
Esa forma de asumir la pérdida sorprendió incluso a su entorno cercano.
Por no dejarse caer en una profunda depresión, sino decidir seguir adelante, “me pudieron haber malinterpretado”, dijo, al recordar comentarios como “seguro no quería estar embarazada o ella quiere andar en otras cosas”.
Con sensibilidad, Arias también enfatiza que cada mujer vive el duelo de forma distinta.
“Los corazones y sentimientos son diferentes. No puedo juzgar a una mujer porque llore o sufra o viva más el duelo de lo que yo lo viví”, agregó.
Aunque asegura que cada día 10 recuerda esa pérdida (pues fue el día en que falleció su hijo), ha aprendido a resignificar ese dolor y convertirlo en un motor para ayudar a otras.
“El tiempo no se acaba ahí, todo continúa y uno tiene que sobrevivir, tienes que seguir adelante y superarte”, afirmó.
Tras ese episodio, intentó durante años quedar embarazada nuevamente, pero no fue posible. Con el tiempo, comprendió que ese camino no estaba destinado para ella y encontró paz en esa aceptación.
“En el proceso hice varios estudios para ver qué tenía y me di cuenta de que tenía pólipos que no permitían que quedara embarazada. Además, me di cuenta que era celíaca. A las mujeres les digo que se conozcan bien porque es muy importante saber qué tiene uno en el cuerpo”, manifestó.
Esas condiciones eran, en realidad, las que impedían el embarazo, pese a que sí producía óvulos, contrario a lo que inicialmente le habían indicado.
Incluso consideró la posibilidad de recurrir a un óvulo donado e inseminarlo con el esperma de su esposo; sin embargo, tras cuestionarse profundamente, decidió no hacerlo.
Años atrás, también había intentado convertirse en Señora Costa Rica, pero no lo logró en ese momento. Sin embargo, ese primer intento la acercó a niños con enfermedades terminales, una experiencia que le permitió dimensionar el dolor desde otra perspectiva y fortalecer su propósito de vida.
Cuando el dolor también impulsa
Fue precisamente ese camino de resiliencia, construido a partir de pérdidas, aprendizajes y fe, el que finalmente la llevó, años después, a coronarse como Señora Costa Rica.
Ese logro no fue casualidad, sino la consecuencia de una transformación interna que la preparó para asumir nuevos retos, incluso lejos de casa.
Así, a inicios de este año, Arias representó al país en Las Vegas, en el certamen internacional Miss World, una experiencia que −según ella misma reconoce− marcó un antes y un después en su vida. No fue un proceso fácil.

Arias enfrentó dificultades con el transporte, el idioma y, sobre todo, con la soledad. No tenía compañía cercana y el impacto emocional fue fuerte desde el primer día.
Confesó que al llegar lloró profundamente por lo abrumador del momento y que, al día siguiente, con ayuda del maquillaje, tuvo que disimular esa tristeza para salir adelante.


Sin embargo, como ha sido constante en su historia, transformó ese desafío en crecimiento.
En medio de la incertidumbre, encontró apoyo en mensajes llenos de cariño y logró conectar con mujeres inspiradoras de distintas partes del mundo, quienes reforzaron su deseo de seguir creciendo y ser mejor.
Más que una competencia, fue una experiencia de vida.
Otro duelo que marcó su vida
Años después, otro golpe la enfrentó nuevamente al dolor: la muerte de su padre, José Ángel, tras sufrir un derrame cerebral.
“Ha sido muy duro, somos tres hermanos, pero con la que más estuvo fue conmigo. Yo lo llevaba a todas las citas y fui la que lo vio morir en el hospital. Sí se me ha dado mucho, pero con mucha resiliencia, porque sé que él ya había cumplido su objetivo en esta vida: formar a sus hijos”, mencionó.
Pese al dolor, agradece que su padre no haya sufrido por mucho tiempo. Don José Ángel, de casi 90 años, fue un papá presente hasta el final. En su juventud la apoyó en el modelaje, pero también la impulsó a formarse académicamente.
“Cuando fallece un familiar, hay un aliento muy lindo y es que en el ADN de uno siempre van a estar. Sé que está con Dios, pero sé que vive en mí porque soy su sangre. Es algo que me satisface sentir”, añadió.
Aunque reconoce que en su corazón quedó una “grieta gigante”, también tiene claro que debe mantenerse firme para continuar.
Arias reflexiona, además, sobre la realidad detrás de las redes sociales y las apariencias.
“Uno tiene que ser tal cual, no mostrar cosas que no somos, ser lo más transparentes que podamos ser con los demás. A veces nos equivocamos, pero eso no quiere decir que no nos podamos retractar y retroalimentarnos para poder cambiar nuestra historia. A veces las metidas de pata nos ayudan a crecer y a formarnos”, expresó.
Sobre las críticas, asegura que no les da poder ni permite que la afecten.
Hoy, con la mirada puesta en el futuro, continúa preparándose: estudia inglés y Excel, y trabaja en un programa para certificarse como coach de vida y brindar charlas motivacionales a personas que atraviesan momentos difíciles.
Su propósito es claro: transformar su historia en un mensaje que toque vidas.
Así, más allá de las coronas y los escenarios, Angélica Arias quiere dejar huella donde realmente importa: en el corazón de las personas.
“Si uno da un mensaje y queda en un corazón, para mí ya valió la pena”, concluyó.
