Cuando se trata de imaginar un objetivo y luego verlo hecho realidad, Daniel Láscarez, de 29 años, es un verdadero experto: no solo domina el arte de visualizar sus metas, también sabe transformarlas en postres y aperitivos selectos que le abrieron el camino hasta un palacio en la costa de Francia. Como un buen pastelero, primero soñó la receta, luego midió los ingredientes y, con paciencia, esperó a que su futuro creciera en el horno de la constancia.
Este joven pastelero creció en los barrios del sur; es el menor de seis hermanos y desde pequeño tuvo claro que su destino estaba ligado a la cocina.
“Siempre que iba a pasear con mis papás, me fijaba en las cocinas. A veces tienen una ventana que permite ver para adentro. El gorrito de los chefs me llamaba la atención, pensaba: ‘Quiero usar uno de esos’”, recordó.
Conforme crecía, su rechazo a tener un trabajo de oficina se mantenía firme y cada vez lo asumía con más convicción. Investigando sobre el mundo culinario se topó con la cultura francesa y algo en su interior despertó, como una masa que empieza a leudar.
Estudió Gastronomía en la Universidad Latina y, en paralelo, trabajó en la refresquería El Millonario, de sus abuelos y tíos, en el Mercado Central de San José. Esa experiencia le dio su primer contacto real con el ritmo intenso de la cocina. “Duré el doble estudiando porque llevaba medio cuatrimestre para poder trabajar”, explicó.
En la universidad descubrió el amor por los postres. “Siempre que nos pedían un trabajo que tuviera entrada, plato fuerte y postre, yo pedía el postre”, recordó.
Cuando llegó el momento de hacer la práctica universitaria, ya tenía un objetivo claro: realizarla en Francia. Convencido de que trabajaría duro para lograrlo, incluso había empezado a estudiar francés.
Sin embargo, el destino cambió ligeramente la receta. La oportunidad de práctica surgió en Portugal, pero la pandemia de covid-19 obligó a cancelarla. Al final, hizo su práctica en una pastelería en Costa Rica, donde admite que la experiencia no fue buena por el mal ambiente laboral.
Después trabajó en otros establecimientos del país, mientras ahorraba para buscar su camino hacia Europa.
Cada vez que expresaba su deseo de probar suerte en Francia, algunas personas reaccionaban con incredulidad y otras, abiertamente, le decían que era imposible. Él, sin embargo, se mantuvo convencido de que Dios y su esfuerzo lo ayudarían a llegar al lugar con el que soñaba.
Tras varios meses de ahorro, en el 2021 hizo un viaje turístico a Europa. Tenía familiares y amigos allá que lo recibieron. Fueron esos amigos quienes lo impulsaron a enviar su currículum en Francia y tentar el horno de la suerte.
“Iba a lugares yo mismo a entregarlos (los postres). Y me llamaron del restaurante de un hotel justo el día que regresaba a Costa Rica. Era un hotel en el noroeste de Francia. Me dijeron que les interesaba mi perfil y aunque yo no conocía el idioma, ellos me dijeron que no importaba”, recordó.
Según cuenta, el hotel, de nombre Cot West, lo quería trabajando el lunes, y era viernes. Cuando explicó que necesitaba los permisos de trabajo y la visa, el hotel no dudó en ayudarle con los trámites necesarios.
Casi sin darse cuenta logró lo que tanto soñó: un trabajo como pastelero en Francia. “Ahí trabajé durante casi dos años, fue donde crecí como persona”, mencionó.
El inicio, sin embargo, no fue sencillo. No entendía nada del idioma, y aunque había estudiado lo básico de francés, sentía que le hablaban en “mandarín”, según dijo el chef. Eso lo hizo replantearse en numerosas ocasiones la idea de regresar a Costa Rica. “¿Para qué me complico aquí?“, reconoce que se preguntaba.
Aun con dudas, no perdió el impulso. Cada noche, al llegar del trabajo, escribía en papelitos las palabras básicas de cocina y las pegaba a la vista para aprenderlas. “Me pasó que me pedían una cebolla y yo llegaba con un pepino”, recordó entre risas.
Poco a poco fue puliendo el idioma. Sin darse cuenta, ya lo dominaba y, junto con sus técnicas culinarias, su francés también había mejorado. En ese hotel tuvo un jefe al que recuerda con cariño, alguien que le enseñó muchísimo y con quien tuvo una conexión especial: ambos amaban el surf, el skateboarding y a Costa Rica. Su jefe, cuenta Daniel, adoraba Jacó.
Tras laborar como ayudante de pastelería, ascendió a chef de partida, el puesto responsable de los ayudantes de pastelería. Sin embargo, luego de dos años sintió que su ciclo ahí había terminado y que era momento de buscar otra oportunidad que le enseñara cosas nuevas.
Fue entonces cuando probó suerte en París, donde trabajó para Philippe Conticini, un pastelero muy emblemático de Francia. “París es otro ritmo de vida, es una ciudad hermosa, muy rica en cultura, pero muy rápida, para vivir nunca me adapté”, reconoció.
Aunque lo intentó, no logró sobrellevar ese ritmo acelerado y decidió buscar una nueva oportunidad en el sur del país.
Su llegada al Hotel du Palais Biarritz
En la costa del suroeste de Francia, frente al océano Atlántico, se levanta el Hôtel du Palais Biarritz, sobre la avenida de l’Impératrice, en la ciudad de Biarritz. Es uno de los hoteles más emblemáticos del país y símbolo del lujo de la belle époque, periodo histórico de gran esplendor cultural, social y económico en Europa.
Originalmente fue construido en 1855 por orden del emperador Napoleón III como residencia de verano para su esposa, la emperatriz Eugenia de Montijo. La villa, conocida entonces como Villa Eugénie, se convirtió rápidamente en punto de encuentro de la aristocracia europea.

En 1893, tras un incendio y su posterior reconstrucción, renació como el Hôtel du Palais, manteniendo su estilo imperial, su decoración majestuosa y las vistas privilegiadas al mar.
Hoy forma parte de The Unbound Collection by Hyatt y conserva su estatus de palacio histórico y su reputación como uno de los hoteles más prestigiosos de Francia. Además, posee dos llaves Michelin, por lo que se mantiene dentro de la selección oficial de la Guía Michelin como hotel de alto nivel.
Por sus pasillos han pasado jefes de Estado, figuras de la realeza europea, artistas y celebridades de todo el mundo, como Ernest Hemingway, Gary Cooper o Barbra Streisand, entre muchos otros.

Convencido de que ese palacio sería su nueva oportunidad, Láscarez le escribió por Instagram a un chef de ese distinguido hotel. Tras revisar el currículum del costarricense, el chef le ofreció una posición a su lado, aunque no como chef de partida, sino como ayudante de pastelería.
Otra vez las dudas lo asaltaron: en apariencia, aceptar el puesto significaba un retroceso al bajar de rango en la jerarquía de la cocina. Pero, después de pensarlo con calma, Daniel decidió arriesgarse y aventurarse en ese palacio histórico. A fin de cuentas, como en una receta compleja, a veces hay que volver a los pasos básicos para llegar a un resultado más refinado.

Tras varios meses como ayudante de pastelería, fue ascendido nuevamente a chef de partida, puesto en el que se mantuvo poco más de dos años. Sus icónicos postres llegaron a las mesas de muchas celebridades; entre los nombres que recuerda están la actriz Nicole Kidman, el exfutbolista y entrenador Zinedine Zidane y los músicos electrónicos Daft Punk.
“Era gente que sabía de gastronomía, a la que no se le podía servir cualquier cosa. Todo, cualquier detalle, por más pequeño que sea, es notado”, comentó.
En el Hôtel du Palais, dice Láscarez, conoció realmente lo que significa la presión. Sin embargo, todo se compensaba: era el trabajo de sus sueños. Lideraba equipos, aprendió a manejar personas, proponía ideas, creaba junto a su chef jefe; su creatividad y sus propuestas eran muy valoradas.
“Siempre lo comparo con el fútbol. Llegar a ese hotel fue como cuando Keylor Navas llegó al Real Madrid. Es llegar a las grandes ligas y para mí eso significó mucho. La pastelería en Francia es parte del ser de ellos, ellos viven de eso, entonces para mí fue un sueño cumplido, no podía desaprovechar la oportunidad”, mencionó.

Dejarlo todo atrás
Después de cinco años en Francia, Láscarez tomó una decisión tan importante como difícil: dejarlo todo y volver a Costa Rica. Su siguiente proyecto era abrir su propia pastelería en el país, aportar a la gastronomía local y aplicar todo lo aprendido en Francia; quería que esa experiencia no se quedara solo en recuerdos, sino que se transformara en capas de sabor para su tierra.
A esa motivación se sumó la salud de su padre, Víctor Láscarez, quien estaba muy enfermo. Daniel ya no quería seguir lejos de su familia. “Hace nueve meses tomé un vuelo de última hora porque mi papá estaba en cuidados intensivos y en ese entonces pudo salir de eso. Fue ahí cuando pensé que no valía la pena estar más lejos de mi familia y luego arrepentirme del tiempo que pude pasar cerca de ella”, recordó.
Finalmente, en medio del proceso de regresar, el 12 de octubre del 2025, don Víctor falleció.
Tras esta sensible pérdida, Daniel completó la mudanza a Costa Rica, vendió todo lo que tenía en Francia y se dedicó a iniciar ese proyecto que tantas veces había soñado a miles de kilómetros de distancia. Se trataba de un sueño que su padre se ilusionó con ver despegar, pero que no alcanzó a conocer.
“Fue difícil, pero me vine con las puertas abiertas. Fue difícil despedirme de mis amigos, siento que una parte mía está allá y así va a ser siempre, porque es parte de mi historia”, afirmó.
Daniel Láscarez Pâtisserie: el sueño servido en vitrina
En febrero de 2026, su nuevo sueño tomó forma. Daniel abrió, en Plaza Belén, Heredia, su taller Daniel Láscarez Pâtisserie.
“Mi idea es que la gente no tenga que viajar a Francia para poder probar la pastelería de ahí. O que la gente que ha viajado, encuentre aquí el postre que tanto le gustó en Francia”, explicó.
El grueso de su negocio consiste en elaborar pasteles y postres para suplir a otros restaurantes y pastelerías. Sin embargo, ya instaló una barra para que el público pueda tomar café y probar las creaciones en el lugar.
El espacio funciona como un pequeño rincón francés en Belén, donde cada vitrina funciona como escaparate de su historia: hay capas de técnica, rellenos de nostalgia y un glaseado de fe.
El horario es de miércoles a sábado, de 10 a. m. a 6 p. m.
Láscarez reconoce que su problema no es la falta de clientes, sino todo lo contrario: la demanda es alta para lo que él, de momento, puede producir. Hoy trabaja solo en el taller, pero pronto se sumará una nueva persona para apoyarlo en la cocina.
Su próximo objetivo es consolidar su cocina en Belén como la pastelería base, para luego vender en quioscos en centros comerciales o en pastelerías boutique. Para fin de año, se visualiza con al menos dos de esos puntos. Como cualquier buena expansión, lo concibe paso a paso, sin saltarse tiempos de reposo, para que el resultado final sea sólido y duradero.
A quienes como él sueñan con algo concreto, les recomienda no dejar de creer en sí mismos. “Nadie va a creer en su sueño más que usted”, afirmó.
El secreto, asegura, está en confiar en las propias capacidades, trabajar sin perder el enfoque y mantener siempre claro el objetivo. Reconoce que, además de la perseverancia y la pasión que ha puesto en su oficio, Dios ha sido el pilar de todo, y destaca que el apoyo de su familia es fundamental.
“Ellos son el motor de todo esto, siempre echarme la mano cuando estaba triste, feliz, o necesitaba algo, siempre han estado ahí para mí”, concluyó.
Como en la mejor de sus tartas, la historia de Daniel está hecha de contrastes: dulzura y sacrificio, gloria y duelo, despedidas y regresos. Al final, lo que sirve en cada plato no es solo un postre: es la muestra de que un sueño, cuando se trabaja con disciplina y fe, puede salir del horno convertido en realidad.
