
Rafael Ottón Solís le ha dedicado más de la mitad de su vida a las instalaciones, ese lenguaje artístico contemporáneo tan provocador, tan abierto a posibilidades y lecturas y tan polémico.
Él construye piezas tridimensionales repletas de calculados símbolos que agita para reflexionar acerca del dolor, la historia, la solidaridad, los débiles, la espiritualidad, lo precolombino, lo sagrado, la esperanza y, ahora, también la añoranza.
Sus obras son ritos visuales y, como cada elemento en su trabajo, esto no es gratuito.
Esta historia artística comenzó con un cura progresista en Moravia –su pueblo natal– que abrió mucho la iglesia y le dio la posibilidad de exponer dentro del templo. Era el año 1978 y el tema no podía ser otro: Nicaragua.
Rafael Ottón Solís, hijo de una ferviente familia católica y hombre cercano a la parroquia –incluso fue monaguillo–, expuso un tríptico de pinturas (rojo, negro, cruces; sangre, muerte) acompañado con una mesa y una silla carbonizadas y un muñeco de plástico sobre un bastidor lleno de arena. Era Al norte con Nicaragua , su primera instalación.

“Fue impresionante cómo la asimiló la gente; era tan clara; teníamos el tema tan presente. Un día encontré a una nieta explicándosela a su abuelo. Eso me gusta mucho: que la gente lea la obra, que se la lleve. Uno no debe hacer cosas muy crípticas, son una burla al espectador”, dice el artista de 70 años.
En aquel entonces, antes de los años 80, él llamaba montajes a sus trabajos; no eran nada nuevo para él porque le interesaban desde niño. “Desde pequeño comencé a manifestar interés por el arte. Hacía altares, casitas en el patio, pulperías y otras construcciones con objetos que reunía”, cuenta lleno de nostalgia.
Su lenguaje visual se nutrió de los altares, los complejos montajes para ciertas celebraciones religiosas, los materiales que transportaba su papá en el camión rojo, los colores de un San Vicente de Moravia pueblerino, saturado de verde y tonos tierra.
En 1984, el artista Rolando Faba le dio el nombre –y quizá algo de sentido y norte– a lo que Rafael Ottón Solís hacía: instalaciones, así las llamaban en el arte contemporáneo.
Han sido casi cuatro décadas, muchas exposiciones en destacadas galerías y museos costarricenses y aventuras artísticas en países como Alemania, Italia, Cuba, Ecuador y Venezuela.
De esta forma llegamos a su más reciente provocación: Mi hogar y mi pueblo , una obra que tiene el silencio como protagonista.
Con gran síntesis y limpieza, este trabajo realizado en el Museo de Arte Costarricense (MAC) reúne símbolos conocidos en la carrera del creador para hablar de la partida de la casa paterna, de la nostalgia, de los pueblos precolombinos, del paso del tiempo, entre otras posible lecturas.
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De la entrada a la derecha
Los visitantes del museo de La Sabana encontrarán dos obras del artista dentro de las paredes del antiguo aeropuerto: San Romero de América , homenaje a Óscar Arnulfo Romero (1917-1980), y Mi hogar y mi pueblo , pieza inaugurada el miércoles y realizada a solicitud de la institución para la Sala Temporales.
La nueva instalación se ubica a la derecha de la entrada. Es un camino de ladrillos –que recuerda los patrones de las calzadas precolombinas–, una inmensa tela en medio, suerte de hamaca o vela, salpicada con maíz amarillo y, al fondo, un conjunto de jaulas de madera.
Para este trabajo realizado en el propio museo, durante 45 días, Rafael Ottón Solís trabajó con María José Chavarría, curadora del MAC.

Ellos tienen historia juntos: Chavarría hizo la curaduría de Umbral de fuego , una exposición que reunió las mejores obras del artista en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) entre noviembre del 2010 y abril del 2011, y la curadora lo invitó a ser uno de cuatro artistas en la exposición de Costa Rica en la Bienal de Venecia del 2013.
“Ottón retoma elementos de sus instalaciones y hace una obra muy personal, relacionada con el lugar de origen. Se vincula mucho con la muerte de su madre, el año pasado, y es la despedida de la casa paterna, que ya quedó vacía”, comentó Chavarría.
Hay un elemento nuevo: las jaulas. El artista expone una parte de su historia: la familia Solís ha estado llena de pajareros desde que el abuelo Rafael se asentó en Moravia, a finales del siglo XIX. “Recuerdo que mi papá y mis tíos siempre iban a traer pájaros al monte. En mi casa siempre hubo jilgueros y a veces hasta había 12 jaulas. Cuando estábamos chiquillos, eso nos fascinaba”, explica el creador con nostalgia.
De esta forma, estos objetos de madera se transforman en símbolo de un hogar. “Es la casa que se nos va, es la casa vacía que tenemos que dejar ir ; fue aquel barco en que viajamos todos nosotros y ya no lo haremos más . Esta obra es la historia de aquel chiquillo que se hizo grande”, detalla.
Incluso el nombre de la exposición, Mi hogar y mi pueblo , alude a un libro de lectura que usó el artista en la Escuela Porfirio Brenes Castro de Moravia. Su pueblo natal es su paraíso perdido; aunque aún vive en Moravia, ya no es aquel lugar que ahora extraña.
Y el reflexionar sobre los orígenes nos conecta con las culturas precolombinas (esa calzada, esa hamaca del palenque, ese maíz).

El maíz, además, fue ritual. Cuando Ottón terminó les dijo a los presentes que bautizaría la obra. “Haremos una hostia/ con masa de maíz, harina y esperanza”, pronunciando estos versos de Jorge Debravo, tiró los granos de maíz sobre la tela. “Fue bellísimo. Quedó como un bordado”, agrega.
Mi hogar y mi pueblo muestra a un artista maduro y coherente. “Ha madurado mucho el lenguaje de la instalación. Es un artista que sigue experimentando, pero que no deja de ser coherente; es fácil encontrar las líneas (en los aspectos temáticos y formales) en su obra”, explica Chavarría.
Además, presenta a un Rafael Ottón Solís con mayor capacidad de síntesis, lo cual se une a su cuidadoso uso de la simetría y de la composición. Nada queda al azar, nada es gratuito.
Su obra grita menos, es menos beligerante en esta ocasión. “Sí; ahora estoy muy feliz, mucho más tranquilo; he logrado tantas cosas. Hace unos 10 años era un volcán... Siempre he sido muy sensible ante lo que pasa en el mundo. Lo único que podía hacer eran pinturas y mis instalaciones. En el fondo, lo que hay es mucha solidaridad con el sufrimiento humano, con los pueblos, con los más frágiles”.
Hace una década pasó algo más: se apartó de la pintura. “Llegué a un límite, a lo que quería”.
A este profesor de arte durante más de 32 años no le pasa por la cabeza alejarse del arte. “Nunca he asociado arte con dinero; no me importa no vender. Amo tanto lo que hago; ser artista es lo que me define. Es algo irrenunciable”, confiesa emocionado.
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Mayor apertura
Mi hogar y mi pueblo es también un manifiesto de la directora del MAC, Sofía Soto Maffioli, y de la curadora: el museo debe incluir la producción del arte costarricense posterior a la década de 1990 y mostrar propuestas nuevas de los artistas.
Tanto el arte moderno como el contemporáneo son del interés del MAC. “Debe haber un equilibrio”, detalla la directora.
Con este rito de iniciación público a una nueva etapa, el museo invita a adentrarse en las reflexiones visuales de un artista contemporáneo y coherente.
En La Sabana
La obra Mi hogar y mi pueblo , de Rafael Ottón Solís, se inauguró el miércoles y estará disponible hasta el 18 de octubre en la Sala Temporales del Museo de Arte Costarricense en La Sabana. Podrá ser visitada de martes a domingo, de 9 a. m. a 4 p. m. La entrada es gratuita.
