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En la tarde del domingo, durante la sétima jornada de la XIV edición del Festival Nacional de Danza , se bailaron dos obras: la primera de Andrea Catania; la segunda de Francisco Centeno.
Andrea Catania ejecutó su unipersonal denominado Nosepuede , en el que nos representó la historia de una mujer que espera la llegada de alguien infructuosamente, musicalizado con una banda sonora que remite a las fiestas populares.
En su corta ejecución, la creadora, mantuvo la excelente cualidad de movimiento y proyección escénica que la caracteriza.

Como segunda parte de la función, vimos Guara ar iu filin? , una coreografía de Francisco Centeno , quien en los últimos años, ha visitado el país con diferentes elencos de la región como son la Escuela Nacional de Danza Morena Celarie y la Compañía Nacional de Danza de El Salvador, así como el Ballet de la Universidad de San Marcos de Perú. En esta ocasión, nos presentó una obra interpretada por catorce bailarines del Ballet Nacional de República Dominicana.
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La temática principal de Guara ar iu filin? es el amor en sus múltiples dimensiones y Centeno lo planteó en un contexto donde lo que más debería importar es lo que se siente y no lo que se pretende ser o aparentar.
Guara ar iu filin? es un trabajo rico en intertextualidad pues toma del ballet la técnica corporal y la entreteje con las ondulaciones y complejidades de equilibro que propone el lenguaje de la danza contemporánea.
En Guara ar iu filin? , el coreógrafo es exhaustivo, además nos muestra lo placentero que es ver bailar. También es atrevido, hace parodia y hasta es irreverente.
Donde más se puede ver la irreverencia, es en el segmento musicalizado con la canción interpretada por la famosa cantante peruana Yma Sumac o mientras el bailarín recita un fuerte texto.
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La ejecución por parte del elenco dominicano fue impecable: todos ellos se lucieron en los segmentos personalizados.
Lograron con la misma calidad realizar las partes grupales, enfrentando con solvencia técnica las demandas del coreógrafo, ya que, sin perder la limpieza y el dominio técnico, en las dieciséis partes de la obra, los hizo pasar de un adagio a secciones dinámicas manteniendo la sincronía.

Para el concepto plástico del montaje, prescindió de la escenografía y acudió a pocos elementos de utilería de manera eficaz. Con el vestuario, nos permitió ver los cuerpos de los bailarines que se movieron por más de una hora, al compás de un mosaico musical creado a partir de varios autores y estilos, reforzado por las voces de los personajes del filme Lo que el viento se llevó.
No así fue la ejecución del diseño de las luces, que en varios momentos, dejó a oscuras escenas en varios rincones del teatro.
Con este trabajo vemos a un coreógrafo más maduro que es capaz de mostrar un estilo compositivo consolidado y complejo por su dinamismo.
En este sentido, y sin miedo a equivocarse, se presentó lleno de ideas que generan entusiasmo en su elenco y logró atrapar al espectador por la constante transformación de las escenas.