
La amistad fue para Aristóteles y, en general, para casi cualquier filósofo que haya ahondado en la ética, uno de los grandes temas que abordar en sus reflexiones y en sus trascendentes tratados.
Y, no es para menos, pues desde tiempos inmemoriales las relaciones amistosas han sido baluartes en la manera en que se organizan las sociedades en todo el mundo.
También, entre adagios y clichés, rancheras y canciones de rap, la humanidad ha dejado plasmadas sus cautelas y recelos a la hora de escoger sus amistades. O, que levante la mano quien no se haya cuestionado alguna vez: ¿“Cuántos amigos se deben tener?”.
Sobre esta pregunta, Aristóteles no se atrevió a ser tajante; sin embargo, sí dejó escritas varias consideraciones en su obra conocida como Ética (La gran moral).
El gran pensador, alumno de Platón, aseguró en dicho texto que no es conveniente ni tener muchos ni pocos amigos.

Además, señaló que quien se incapacita para amar sufre las consecuencias. “Se cesa de ser amigo desde el momento en que solo se ama de palabra, porque no es esto lo que exige la amistad”, indicó.
Por otro lado, argumentó que las limitaciones humanas impiden poder sostener numerosas relaciones de amistad.
“Nuestra vista solo abraza un pequeño número de cosas, y si el objeto está más distante de lo que conviene, se escapa a nuestra mirada por la impotencia de nuestra organización; y la misma debilidad se advierte con respecto al oído y demás sentidos”, comparó Aristóteles.
Finalmente, explicó que la amistad implica también el compartir los sufrimientos y que, por ende, esto hace que quien tiene muchos amigos esté expuesto a vivir en un constante estado de preocupación.
“Si los amigos son muy numerosos, no se podrá evitar el vivir en un continuo tormento. Tratándose de un número tan crecido de personas, es probable que siempre haya alguna víctima de esta o aquella desgracia, y estos dolores continuos de sus amigos no pueden ocurrir sin afligirlos a ustedes, necesariamente”, detalló.
“Por lo demás no convendrá tampoco tener pocos amigos, uno o dos, por ejemplo; es preciso tener un número conveniente de ellos, según las ocasiones y según el grado de afección que se les haya de tener”, concluyó.

