Las patrullas avanzan a toda velocidad hacia el centro comercial Paseo Metrópoli. A pocos metros está el dique la Mora, uno de los territorios dominados por el grupo criminal llamado Los Maruja.
Es noche de jueves. Como es habitual, la Fuerza Pública ingresa a la zona para combatir la venta de drogas y otras actividades ilícitas.
En determinado momento, desde un radio de comunicación que está cerca de la entrada al dique irrumpe una voz rasposa: “Todo mal, todo mal, 08, todo mal”.
El oficial a cargo de la operación explica que ese llamado es la alerta de un “campana”, un vigilante que avisa a los encargados de los búnkeres que la policía se aproxima.
Los líderes de Los Maruja son dos hermanos de apellido Sánchez. Uno, alias Machillo, está preso por homicidio. El otro, alias Pepe, permanece en libertad y reside en San José, desde donde gira instrucciones a los miembros de la organización, según dice una fuente judicial.
La Nación acompañó al grupo de tarea de la Fuerza Pública durante un recorrido por cuatro de los territorios bajo dominio de Los Maruja. Lo que encontraron revela una operación amplia en la que intervienen vendedores, vigilantes, distribuidores, recaudadores y hasta un dron para monitorear a la policía.
Un AR-15 en Vista Hermosa
A las 6:40 p. m., la caravana sale de Vista Hermosa, en Oreamuno de Cartago.
Los agentes de la Vieja Metrópoli peinan las estrechas y deterioradas calles de la urbanización. Basados en su experiencia, se fijan en ciertos rasgos de personas a quienes abordan en busca de alguna anomalía.
Días antes del recorrido, la Policía recibió información de que en una casa del lugar, unos delincuentes escondieron un arma usada en el crimen de un hombre en el centro de Cartago. Las autoridades judiciales revisan el inmueble, pero no la encuentran.
Poco después, mientras los agentes atienden un reporte sobre menores de edad en aparente abandono en una vivienda, una serie de movimientos sospechosos en una casa cercana les llama la atención. Ven salir por el techo a un hombre y lo siguen.
Al entrar al inmueble dan con tres sujetos oriundos de Limón que tienen en su poder un fusil AR-15, una pistola 9 mm con extendedor y un vehículo que, según establecieron luego las autoridades, fue usado en el atentado contra un hombre conocido como Banano, hermano del presunto líder criminal Gordo Julio, rival de Los Maruja y detenido el 25 de marzo en Orotina.
Negocios ilegales con fachada de normalidad
El recorrido continúa hacia el sitio conocido como el Golfo, conectado con Vista Hermosa por un trillo.
Los policías señalan una casa de dos plantas que, pese a su apariencia normal, albergaría un punto de venta de drogas.
El trillo entre las dos comunidades es muy transitado por narcotraficantes de pequeña escala que venden sustancias ilícitas y cometen otros delitos, entre estos los asaltos.
Un agente que conoce el lugar relata que los líderes criminales, mediante intimidación, instalan a sus expendedores dentro de casas de familias a las que usan como escudo. “No necesariamente en todos los casos tienen que ver con la actividad ilegal”, aclara el oficial.
En estos dos territorios habita la mayoría de los miembros de Los Maruja, es su “área segura”; desde allí administran, bajo instrucciones de los líderes, todas las actividades ilícitas.
Policía vigilada por un dron
En el dique de Miraflores, en San Nicolás de Taras, la dinámica cambia. Las construcciones son más precarias: predominan las estructuras de láminas de zinc sobre calles de lastre, algunas sin acceso a servicios públicos.
Cuando las patrullas ingresan, una vigilante de la banda da la voz de alerta. “Hay una campana en la parte norte, una mujer de suéter negro”, describe un agente por la radiofrecuencia.
Esa advertencia alcanza para que un sujeto huya por los techos, aunque deja botada una pistola 9 mm con el cargador lleno. Tras una persecución, los agentes encuentran en un charral un bolso con piedras de crack azules y verdes (estas últimas, dosis más grandes y costosas), puchos de marihuana, tusi o cocaína rosada, éxtasis y pajillas de cocaína.
También hallan un cuaderno con anotaciones sobre el control de las ventas y en el que se usan palabras como “chile” y “culantro” para referirse a otras cosas.
Mientras los agentes revisan el lugar, se oyen detonaciones. Un oficial explica que es una práctica habitual: los miembros de la organización causan un incidente y llaman al 911 para obligar al grupo policial a desplazarse y abandonar el sitio intervenido.
Como si fuera poco, los delincuentes vuelan un dron para vigilar los movimientos de la Fuerza Pública.
Silla vacía y Creedence a todo volumen
En el dique la Mora, donde el campana alertó por radio que todo estaba mal, los agentes encuentran en la entrada del búnker una silla playera de rayas. Está vacía, pero al pie siguen varias monedas y envolturas de piedras de crack.
En la casa de enfrente suena a todo volumen Have you ever seen the rain?, clásico de Creedence Clearwater Revival. Un uniformado revela que los vecinos hacen eso para molestar a la policía.
El oficial que acompaña el recorrido describe la lógica del lugar: “El vendedor se ubica cerca de un zanjón o pasillo y, una vez que ve las unidades, sale corriendo hacia el interior. Aquí mismo le traen almuerzo, café y cena. Hemos encontrado sus utensilios, pan y comida. Prácticamente aquí vive día y noche”.
El dique la Mora tiene además un aspecto singular: junto a las estructuras precarias conviven casas como la del antiguo “dueño” de las ventas de drogas, alias Picarita, quien –según las investigaciones– fue asesinado por Los Maruja para adueñarse del territorio.
La edificación es de dos pisos y no desentonaría en un residencial de clase media-alta. “Los diques tienen esa particularidad, aquí hemos visto Mercedes Benz aparcados”, detalla el oficial.
Empresa criminal organizada
El oficial resume lo que la noche deja claro: Los Maruja manejan sus territorios “como una actividad comercial”.
Tienen gente que recauda el dinero, que suministra la droga y hay encargados de administrar los diferentes puntos, con rotación de personal durante el día para reducir el riesgo de capturas.
Los búnkeres son apenas una parte del engranaje. También operan casas camufladas como viviendas normales y puntos de distribución exprés, en trillos y zonas oscuras, a los que llegan motocicletas y vehículos a recoger droga para transportarla a otros lugares.
La variedad del producto decomisado esa noche habla del perfil del mercado que atienden.
“El consumidor habitual, el que anda en la calle, por lo general compra marihuana y piedra” precisa el policía, ”pero el tusi, el éxtasis y las pajillas de cocaína son drogas más elevadas, con un costo de entre ¢5.000 y ¢15.000, dependiendo de la calidad”.
La caravana policial abandona el último dique. La silla playera sigue donde la dejaron. A lo lejos se oye la voz de John Fogerty: “I wanna know, have you ever seen the rain?”, Creedence sigue sonando.
