
La mayoría de los domingos en Finca Lajas comenzaban igual para Mauren Molina y Antonio Badilla. La pareja abría su cabaña a dos vecinos, también adultos mayores, que rara vez se perdían el desayuno en aquella montaña de Alajuelita, y aprovechaban la visita para llevar suministros a la soda que los señores consolidaron en ese lugar.
La mañana del 16 de noviembre del 2025 el plan no era distinto. Los vecinos llegaron a la casa de la pareja por la única calle de lastre que lleva a la propiedad. Antes de arribar a la cabaña, cruzaron el pequeño riachuelo que atraviesa la finca y subieron las gradas hasta aquella estructura sencilla de madera, con techo de zinc y su piso de tierra.
Los tanques de gas estaban encendidos y, dentro de la cabaña, todo parecía estar en orden. Las vajillas de porcelana permanecían en su sitio; el pan seguía sobre la mesa, pero no se escuchaba la voz de la pareja que, para entonces, ya debía estar en pie para recibir a sus amigos.

Ese domingo eran ya casi las 8:30 a. m., para esa hora Mauren y Antonio, conocido de cariño como Toño, llevaban al menos 16 horas fallecidos. Los vecinos encontraron primero el cuerpo de don Toño, junto a la barra en la que usualmente se sentaban los visitantes para apreciar las vistas desde lo alto de la finca. A pocos metros yacía el cuerpo de su esposa.
Así describe la escena el legajo del caso, que se tramita bajo la causa 25-001934-0053-PE y en la que figura un único sospechoso por homicidio simple.
Las lesiones en el rostro y el cuello de ambos eran profundas y severas, lo que para el abogado de la familia, Joseph Rivera, refleja la violencia y el ensañamiento con que el asesino cometió el ataque.
El único sospechoso del crimen es uno más de los que, a lo largo de los años, se acercó a aquel paraje buscando trabajo y encontró puertas y manos generosas dispuestas a ayudarlo.

Un proyecto familiar
Para quienes frecuentaban Finca Lajas, el crimen no concuerda con la vida que Mauren, de 60 años, y Toño, de 75, habían construido allí arriba. La pareja llevaba casi 10 años levantando esta vivienda, que a diario recibía a senderistas para tomar un café, disfrutar de un desayuno o de un almuerzo preparado a la leña, que doña Mauren comenzaba a cocinar desde muy temprano.
Su hijo, Gerardo Sandí, contó que la pareja vivía en la montaña sin electricidad y que, para ellos, su casa era un paraíso del que pocas veces accedían a salir. “Todos hemos sido devastados por una tragedia que uno cree que solo se vive en las películas. Para nosotros nuestra mamá lo era todo”, comentó.
Finca Lajas fue escenario de celebraciones del Día de la Madre, Navidad, rezos, fines de semana de pícnic y encuentros familiares. En ese sitio, doña Mauren recibía a sus tres hijos y a sus nietos, de 9, 12 y 13 años.
En meses recientes, la señora había comenzado a producir queso y a vender leche a la comunidad. Don Toño, por su parte, se dedicaba a las labores de la finca.


Según consta en el legajo, durante las entrevistas realizadas por agentes del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), vecinos e hijos coincidieron en que la pareja no tenía problemas con nadie y que era muy apreciada en la comunidad.
Es por este motivo, y porque los visitaban a menudo, que para la familia de doña Mauren el móvil del crimen sigue siendo una incógnita.
Gerardo, el hijo de la señora, detalló a este diario que la gaveta donde su madre guardaba dinero estaba completamente vacía y también desapareció un arma de salvas. Sin embargo, sostuvo que el estado en el que quedaron sus cuerpos trasciende la hipótesis de un presunto robo.
Las dudas sobre quién había atacado a la pareja también marcaron las primeras etapas de la investigación. Sin embargo, a medida que los agentes profundizaron en su entorno cercano y reconstruyeron sus últimos movimientos, un nombre comenzó a surgir en los testimonios. Se trata de un peón ocasional de apellidos Mairena Salgado, de origen nicaragüense y de 28 años, que hoy figura como el principal sospechoso del crimen.
El principal sospechoso
Mairena llevaba aproximadamente tres años en Costa Rica y tenía problemas de consumo de drogas, según relataron sus familiares a las autoridades. En distintas ocasiones vivió en condición de calle y, de acuerdo con esos mismos testimonios, anteriormente había amenazado a varias personas de su entorno.
Tres meses antes del homicidio llegó a la propiedad de Toño y Mauren junto a una mujer de apellido López Álvarez, su pareja. Como era habitual en la finca, a ambos los contrataron para colaborar en el trabajo de campo y en la cocina.

Con el paso de las semanas, Mairena llegó a tener contacto cercano con los propietarios. De hecho, un informante anónimo indicó que, apenas 15 días antes del crimen, había ayudado a Toño a chapear un potrero dentro del terreno.
Sin embargo, según consta en el expediente, la relación entre el fallecido y el trabajador habría estado marcada por tensiones, pues el sospechoso atribuía a Toño presuntos comportamientos indebidos hacia su pareja y esto habría derivado en discusiones y amenazas.
Desde que Mairena trabajó en la finca, para los vecinos era habitual verlo cargar un machete y, debido a que su nombre surgió una y otra vez, los agentes reconstruyeron su rutina el día en que se presume que la pareja fue asesinada.

Según contó López a la Policía, el día del asesinato (sábado 15 de noviembre), se encontró con Mairena en la terminal de buses de El Llano, alrededor de las 2 p. m. Recuerda que el hombre cargaba su machete y un bulto. Ante una consulta suya, el sujeto le habría dicho que iría a “buscar ropa donde Toño”, ella lo vio caminar hacia la finca y las cámaras de seguridad lo captaron subiendo la montaña alrededor de las 3 p. m.

Cuatro horas después, señala el expediente, Mairena volvió a contactar a la mujer para decirle que se encontraran en las cercanías del Parque Braulio Carrillo, frente a la iglesia La Merced, en San José, donde pasaron la noche en un hotel de la zona.
Al día siguiente, a eso de las 5 a. m., Mairena abandonó el lugar alegando que debía realizar “un viaje”, pues según el testimonio de la mujer, el sospechoso le dijo que “iba huyendo” hacia Nicaragua.
Más tarde le habría manifestado que, “si lo detenían, tendría que pagar la condena” y fue durante esas conversaciones cuando, de acuerdo con López, Mairena le habría confesado que él asesinó a los adultos mayores y que lo hizo por supuestas faltas de respeto por parte de Toño.

Por el momento, esta mujer no figura como imputada en el caso. Sin embargo, el 28 de abril de este año, la Fiscalía de Hatillo solicitó la apertura de su teléfono celular por la cercanía con el sospechoso, así como del dispositivo de un hombre de apellidos Barrios Mora, quien habría hurtado pertenencias de la víctimas después de su fallecimiento.
El arma homicida
Mairena fue detenido el pasado 19 de noviembre, luego de que la Policía recibió información confidencial que lo ubicó en la frontera con Nicaragua.
Una vez bajo custodia, el sujeto se identificó con otro nombre, no portaba identificación y cargaba un bulto “sucio y con fuerte olor”, señala el legajo. En su interior, guardaba un arma de salvas, una camisa impregnada de sangre, una gorra, una cobija, un pantalón, aproximadamente ¢23.000 en efectivo y su celular.
Mientras las autoridades analizaban esos indicios, apareció un machete semienterrado en las cercanías de la finca de los fallecidos, también impregnado de aparente sangre. Los médicos legales a cargo de la autopsia de las víctimas no descartaron que se trate del arma homicida.

Desde entonces, Mairena permanece en prisión preventiva y la medida se prorrogó por tres meses el pasado 19 de mayo. La Fiscalía de Hatillo calificó el hecho como un presunto homicidio simple, que, en caso de acreditarse, de acuerdo con el Código Penal, contempla penas de prisión de 12 a 18 años.
Más allá de un homicidio simple
Mientras avanzan las pesquisas, el abogado de la familia, Joseph Rivera, y los allegados de Mauren sostienen que el crimen no debería ser catalogado como homicidio simple, sino como calificado, pues a su juicio, el hecho se cometió con un enorme grado de ensañamiento.
Esta calificación del delito contempla penas de cárcel más altas, que van desde los 20 a los 35 años de cárcel.

“No es normal que alguien actúe así, de esa manera, que se ensañe propinándole esa clase de machetazos a una persona para darle muerte (...). Muchas preguntas quedan en el aire”, dijo Gerardo, el hijo de Mauren.
Hoy, en Finca Lajas, solo quedan recuerdos. El sitio quedó a la intemperie e, incluso, la familia lamenta que personas cercanas hayan ingresado para sustraer pertenencias de la casa. “Nos duele muchísimo, porque fue algo por lo que ellos lucharon y crearon desde cero”, lamentó Gerardo.
En la casona ya no humea la chimenea del fogón, ni huele a café recién chorreado. Solo el canto de los pájaros y el viento entre los árboles interrumpen lo único que queda: silencio.

