
En una concurrida calle, en pleno corazón de Heredia, se levanta un local que sobresale sobre el resto. No por su fachada, ni por sus colores, ni siquiera por sus servicios, sino por su historia.
A media mañana, los meseros se preparan con una sonrisa para recibir a sus clientes, entre ellos estudiantes que llegan para la hora del almuerzo. Un parlante deja escapar algunas piezas clásicas de salsa que se escuchan en cada rincón de esa plaza de comidas, con sus puertas abiertas de par en par.
Resulta inusual verlo así.
Durante al menos ocho meses la rutina en ese sitio fue otra. Al transitar por esa calle no se esperaba más que encontrar el local cerrado por tres enormes cortinas metálicas, durante un tiempo con calcomanías que advertían su clausura. Primero esos portones resguardaron la escena de un doble crimen que por varias semanas conmocionó al país, después, el recuerdo de lo que ocurrió aquella noche de febrero del 2025.

Con el paso de los meses, la pintura negra de la fachada empezó a desgastarse y apenas quedaron las huellas del rótulo que alguna vez identificó al bar: Dude’s.
“Hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos”, afirma Jorge Venegas Solís, administrador de La Colmena, el nombre que se le dio a la plaza de comidas que hoy opera en ese mismo sitio. De ese negocio dependen siete familias de emprendedores.
“Tenemos siete buenas vibras y más muertos hay en un hospital”, dice.

Hallados en una fosa

La noche del 6 de febrero del 2025, los primos Carlos Alberto Barboza Chacón y Jorge Humberto Barboza Abarca, ambos oriundos de Heredia, ingresaron al bar Dude’s y nunca volvieron a salir.
Un altercado a puerta cerrada dentro del local culminó con Carlos y Jorge asesinados a golpes y puñaladas. Sus cuerpos fueron trasladados a un refrigerador del bar, donde permanecieron durante al menos tres días, mientras el establecimiento continuó operando con aparente normalidad.
Al mismo tiempo, el entonces administrador del sitio contrató a un hombre para que cavara una fosa en el sótano del local, bajo la excusa de que allí quería instalar el tanque séptico de un pequeño apartamento. En esa excavación, de 1,60 metros de profundidad, se encontraron los restos de los primos el 11 de febrero de ese mismo año, cuando agentes del Organismo de Investigación Judicial allanaron el establecimiento.

El bar, colmado de sillas de madera, dos barras, paredes oscuras y cajas de bebidas alcohólicas, fue inspeccionado minuciosamente para robustecer el expediente del caso, que hoy, de acuerdo con el Ministerio Público, se encuentra en su última fase de investigación e indaga a ocho imputados.
Esa noche, Carlos Alberto recibió golpes y 66 heridas con arma blanca, la más grave laceró la arteria carótida derecha y derivó en su muerte. Jorge Humberto también murió por una herida en el cuello y mostraba signos de violencia física en la cabeza. El caso, marcado por su crueldad, evidenció un ataque planificado y con extremo ensañamiento.
“No hay malas vibras”

Consciente de lo que ocurrió allí hace exactamente un año, Jorge Venegas Solís cuenta que la iniciativa de abrir un mercado gastronómico en ese local, de 360 metros cuadrados, es darle una nueva imagen al sitio y que la gente tenga un lugar tranquilo y seguro, donde pueda disfrutar de buena música.
“Ellos (los primos) fueron personas que estuvieron aquí muy pocos días, se los llevaron, les dieron sagrada sepultura y, por lo demás, el negocio tiene buena vibra. Invitarlos para que vengan y no tengan miedo, hay siete emprendedores que estamos apostando por el punto para que el negocio levante y podamos llevar comida a la familia”, dijo Venegas.

El piso continúa siendo el mismo y solo quedan las marcas de lo que alguna vez fueron las barras del establecimiento. La fosa, contó el administrador, ya no existe y fue cubierta por capas de concreto que hoy le permiten operar como una bodega.
Venegas explica que esas siete familias que laboran en el sitio contrarrestan cualquier “mala vibra” que haya quedado en el lugar y de inmediato derriba cualquier rumor que insinúe que allí “asustan”. Asegura que, aunque al inicio le daba cierto temor quedarse hasta tarde solo, en alguna que otra ocasión ha tenido que pasar la noche y nunca ha experimentado ninguna situación atípica.
Antes de tomar el local, dice, se deshicieron de todo lo que había dentro.
En octubre del 2025 decidieron alquilar el sitio. Lo hallaron tal y como había quedado meses atrás, con sus sillas de madera y barras, y entonces comenzaron un proceso de remodelación.

“Nosotros vinimos acá y vimos que el negocio estaba cerrado, tenía mucho tiempo de no alquilarse, pensamos que estaba afectando mucho la zona por lo que había pasado, todo el país le había echado la culpa a la cuadra. Pensamos que tal vez abriendo una plaza de comida o un restaurante podríamos darle una nueva cara y una nueva oportunidad al punto”, contó.
Venegas insistió en que se deshicieron de absolutamente todo lo que había dentro, para eliminar cualquier mala imagen y dejaron el sitio en blanco para comenzar desde cero. Cada uno de los socios que hoy labora en el lugar ha aportado un poco y así han ido abasteciendo el sitio de sillas coloridas, lámparas de colmena, sillones y televisores. Las paredes ya no son oscuras, sino de un gris claro que le impregna luz y vida a este comercio.

Sus puertas abrieron oficialmente a finales de diciembre y la gente, dice, “ha estado contenta”. El administrador reconoce que encontrar un lugar en Heredia con la exposición de la que goza este sitio es difícil y, por haber estado desocupado algunos meses, llegaron a un acuerdo de pago que resultó bastante cómodo.
“Es un negocio que se ve bonito, y nos ha costado mucho, porque todos somos pequeños emprendedores y tenemos poco dinero. Poco a poco estamos intentando llevarlo a buen sitio”, reconoció.
El mercadito ofrece descuentos para estudiantes y una amplia variedad de comidas, desde bowls hasta platillos típicos y mexicanos, mariscos, carnes y comida rápida. Además, no venden licor, lo que les permite no solo ampliar su horario de apertura, sino brindar a la gente un sitio de ocio del cual pueda disfrutar sin la necesidad de consumir alcohol. Así lo explica el administrador.
“Queremos ofrecer un lugar sano, donde las familias puedan venir sin el miedo que se corre de que por ser lugares con venta de licor va a llegar algún gatillero o alguna persona peligrosa”, concluyó.
