
La familia de Carolina Mora González guardó profundo silencio cuando el juez Victor Francisco Cruz leyó la sentencia. Algunos se tomaron de las manos y otros abrazaron a doña Flora, la dolida mamá de la víctima.
Este jueves, 604 días después de que Carolina fuera brutalmente asesinada, el Tribunal Penal de Heredia condenó a su expareja, Álvaro Padilla Palma, a 60 años de prisión: 35 años por el femicidio, 20 años por nueve delitos informáticos y cinco años por tenencia de imágenes de abuso sexual infantil.
Sin embargo, cuando quede en firme la resolución, la pena se readaptará a 50 años, que es el periodo máximo de prisión que puede cumplir una persona en Costa Rica.
Según se confirmó en el debate, Carolina fue asesinada a golpes el 30 de diciembre del 2024 y su cuerpo se localizó un día después, en una zona verde del Parque Ecológico La Fuente, en el límite entre San Antonio de Belén y San Rafael de Alajuela.
Los jueces acreditaron que Padilla, quien era expareja sentimental de Carolina y padre de uno de sus hijos, la habría citado ese 30 de diciembre bajo el supuesto propósito de comprar un regalo para el niño que ambos tenían en común. La Fiscalía de San Joaquín de Flores sostuvo durante el juicio que ese encuentro fue utilizado como un ardid para asesinarla.
La investigación del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) permitió ubicar a Padilla, de 33 años, como la última persona que estuvo con Carolina antes de su muerte. Las cámaras de seguridad de un local comercial fueron uno de los elementos utilizados por la Fiscalía para establecer la secuencia de los hechos y ubicar al acusado durante el periodo relevante para la investigación.

A esto se sumaron pericias forenses que, según explicó durante las conclusiones la fiscala Melissa Román Quesada, permitieron establecer una ventana de tiempo para la muerte de Carolina. Ese periodo coincidió con el lapso en que las cámaras no registraron a Padilla en el lugar donde posteriormente fue localizado el cadáver.
La Fiscalía también presentó como evidencia unos zapatos atribuidos al acusado, que fueron encontrados escondidos, mojados y manchados de sangre, dentro de su vivienda.
Además, durante una reinspección del sitio donde apareció el cuerpo, fueron localizados una piedra y un trozo de madera que, según la hipótesis acusatoria, habrían sido utilizados para agredir a la víctima.
La fiscala también cuestionó la conducta de Padilla durante el debate y afirmó que había mostrado “un total desprecio hacia la vida de Carolina”.
La Fiscalía señaló que el sujeto se apoderó de ¢200.000 que Carolina llevaba en un bolso y de una tarjeta bancaria que habría sido utilizada para realizar compras de videojuegos en línea.
Terminado el debate, Padilla salió esposado, mientras allegados de la víctima lloraban y se abrazaban. Doña Flora, sostenida por su hijo Rolando, y otros familiares, quiso acercarse a la fiscala, con quien intercambió algunas palabras y varias sonrisas, mientras le acariciaba el cabello.
La señora, de 74 años, lloró varias veces durante la lectura de la sentencia.

Argumentos no acogidos
La defensa, encabezada por el abogado Jonathan Sancho, había pedido la absolutoria del acusado bajo el principio in dubio pro reo. El defensor cuestionó, entre otros aspectos, que Padilla fuera responsable de las compras efectuadas por Internet y señaló a un hermano de Carolina como posible responsable de esas transacciones, que presuntamente se realizaron desde una tableta.
Sancho sostuvo además que la investigación debía haber considerado elementos que pudieran favorecer al acusado y afirmó que la Fiscalía no logró demostrar su responsabilidad más allá de toda duda.
El Ministerio Público también solicitó que se abriera una causa contra la madre de Padilla por el delito de favorecimiento real, al considerar que habría ocultado evidencia relevante para la investigación del femicidio.
Una mamá trabajadora
El femicidio de Carolina dejó a una familia sin su hija y su hermana y a un niño de cinco años sin su mamá.
Rolando Mora, hermano de la fallecida, la recordó en enero del 2025 como una mujer trabajadora y sin malicia, que confió en su expareja cuando la citó aquel 30 de diciembre.
Según relató, en la publicación de aquella época, el hoy sentenciado había reconocido al hijo que habían procreado, pero era un padre ausente, que nunca asumió la responsabilidad económica de la crianza.
Desde entonces, la familia sospechaba que el hombre estaba enojado porque no le permitían convivir con el pequeñito. Rolando explicó que esta decisión se basaba en la irresponsabilidad de Padilla en la manutención y en el hecho de que, supuestamente, vendía contenido de índole sexual, una situación que generaba gran preocupación en la familia.
El día que Carolina desapareció, su hermano se mantuvo en contacto por teléfono con ella, pero la última comunicación lo dejó preocupado. Ella le respondió nerviosa y apurada y le dijo que ya casi regresaba a la casa, pero eso nunca ocurrió.
A las 6 p. m. cuando comenzaba el turno de Carolina en la cocina de Cinépolis, en Terrazas de Lindora, Santa Ana, donde había trabajado durante nueve años, ella estuvo ausente. En ese momento, sus familiares confirmaron que algo grave le había ocurrido.



