Vida

La luz al final del túnel: El sendero de tres horas que me lleva a una playa virgen

En Cabo Blanco le espera una caminata en compañía de los árboles, los pájaros y los monos. Y el plato fuerte: La playa de arena blanca

En otras circunstancias hubiera dado un NO rotundo, cuando me explicaron el camino que me esperaba. Imagine a un tipo sedentario, que la última vez que entró al gimnasio casi se desmaya en la caminadora y la mayoría de veces se desayuna una chicky y un sorbeto. Y ahora resulta que pretende caminar durante tres horas para llegar a una playa virgen.

Corrijo: 3 horas ida y tres horas vuelta por un sendero de tierra, empinado por ratos, envuelto en un bosque denso.

En contra de todas mis facultades físicas, dije que sí, cuando el guardaparques de la Reserva Cabo Blanco me explicó que tardaría 5,4 kilómetros en llegar a la playa de la reserva.

Es justamente cuando el escenario es increíble que hasta el corredor menos apto saca fuerzas de donde no hay para llegar a la meta. Y la descripción que hizo el guardaparques de la playa me convenció de que tenía que estar ahí.

En mi mente pensé que llegaría bañado en sudor a un paraje de arena blanca y agua cristalina, me tiraría sobre la arena por unos segundos y luego me refrescaría en el mar, después de pasar por un calvario llamado ‘sendero’, que solo sería un trámite para llegar al destino final: la playa escondida que casi nadie conoce.

Me equivoqué. Resulta que la playa es increíble, pero el encanto de este viaje empezó desde el momento en que coloqué la mochila sobre mis hombros, llené las botellas de agua y le rogué a mi amiga Verónica que por favor no caminara muy rápido. Que tuviera compasión.

El trayecto es largo, pero nunca falta el aire fresco y limpio. Los pulmones reciben una dosis de vida cuando inhalan en este paraje. Es como una gasolina natural que permite continuar el camino sin sobresaltos. Aparte, nunca dejará de ver un árbol ni de escuchar a los pájaros.

En La Reserva Absoluta Cabo Blanco hay 1269 hectáreas de área protegida, en donde hay especies como ardillas, monos, pizotes y osos hormigueros. Queda cerca de Montezuma.

No pude ver un oso hormiguero, por desgracia, pero sí a los monos columpiándose sobre los picos de los árboles, con ese sonido que retumba sobre los oídos.

No le voy a mentir, hay momentos en que el trayecto se vuelve pesado. Se hace largo y hay que dar grandes zancadas para superar los escalones formados por raíces.

Pero sentirá un alivio cuando cruce por los riachuelos que constantemente aparecen durante el camino y refrescan con solo mirarlos.

Después de poco menos de tres horas llegué a la playa. A solo 100 metros del mar, empecé a escuchar el sutil sonido de las suaves olas….y la luz. La densa vegetación tapa los rayos del sol y conforme me acerco a la playa, empiezo a sentir el calorcito.

Así la imaginé. El mar, con un oleaje apenas perceptible y el agua color turquesa. Los árboles abrazan la orilla y dos pequeñas bancas esperan a un costado. Es esta la zona de pic-nic.

Hay una ducha natural que refresca hasta el más acalorado, palmeras y más árboles.

En el mar hay piedras. Sí desea bañarse le sugiero que lleve zapatos de playa. Vale la pena, podrá ver sus pies en el fondo del mar. Se lo garantizo.

Llegué cansado, pero no tanto (cuidado, que todavía me falta devolverme). De verdad disfruté cada minuto del recorrido, con esa sensación, y a la vez emoción, de que cada vez que doy un paso estoy más cerca de una playa virgen, que pocos conocen.

Me encontré un grupo de cinco argentinos. Ahí estaban asombrados con nuestras bellezas. El agua cálida es como un oasis en muchos países de Suramérica y en Costa Rica abunda.

Si yo llegué a Cabo Blanco usted también puede. Póngase las tenis, deje la caminadora, guarde los sorbetos y alístese para ver la luz al final del túnel.

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