
Cuando Rose Davis apareció frente a miles de aficionados en la inauguración del Mundial de Fútbol 2026, en el Estadio Azteca, supo que estaba comenzando uno de los capítulos más importantes de su carrera. Aquella noche no solo marcaba el inicio del torneo, sino también de su labor como host oficial bilingüe de la FIFA durante todos los partidos disputados en esa sede.
Mientras las luces iluminaban uno de los escenarios deportivos más emblemáticos del mundo, millones de personas seguían una ceremonia destinada a quedar en la historia del fútbol y su voz acompañaba a una multitud llena de emociones. En ese instante comprendió que estar allí no era casualidad: todo lo vivido había valido la pena.

Detrás de la mujer segura que sostenía un micrófono estaba la niña que creció en Barrio Roosevelt, Limón.
La pequeña que pasaba largas horas en la soda de sus abuelos escuchando las conversaciones de los adultos, observando la dinámica de su comunidad y aprendiendo, sin saberlo, las primeras lecciones sobre comunicación y conexión humana.
Mucho antes de que un estadio completo escuchara su voz, Rose ya había descubierto que comunicarse era una forma de construir puentes. No necesitaba un escenario para ejercer liderazgo; lo hacía en su vida cotidiana, en los pequeños espacios donde creció y donde aprendió que cada persona tiene algo valioso que aportar.
Quizás esa sea una de las razones por las que hoy, cuando se para frente a miles de personas, su mayor fortaleza no es únicamente su preparación profesional. Es esa capacidad de conectar, de leer las emociones de un público y de hacer que quienes la escuchan sientan que forman parte de algo más grande.
Porque la historia de Rose Davis no comenzó en un Mundial.
Comenzó en Limón. Comenzó en una comunidad donde aprendió que las raíces son una fuerza, que las dificultades pueden convertirse en aprendizaje y que una voz, cuando nace desde la autenticidad, puede llegar mucho más lejos de lo que una persona imagina.

La niña que aprendió que su voz tenía valor
Para comprender a la mujer que hoy representa a Costa Rica en escenarios internacionales es necesario regresar a esa infancia donde comenzaron a construirse los pilares de su historia. Rose recuerda esos años como una etapa llena de movimiento, creatividad y curiosidad. Era una niña que quería participar en todo, que hacía preguntas, que observaba lo que ocurría a su alrededor y que tenía una necesidad constante de expresarse.
En Barrio Roosevelt encontró su primera escuela. Allí aprendió sobre comunidad, sobre solidaridad y sobre la importancia de las relaciones humanas. Su liderazgo apareció de una manera espontánea, organizando el juego con sus amigos de barrio.
No era un liderazgo impuesto. Era una forma natural de relacionarse con los demás.
En la soda de sus abuelos encontró otro espacio fundamental para su formación. Mientras muchas personas podrían ver ese lugar únicamente como un negocio familiar, para Rose fue una ventana al mundo. Allí escuchaba historias, conversaciones y experiencias de personas adultas que llegaban con diferentes realidades.
Cada conversación era una enseñanza. Sin darse cuenta, estaba desarrollando una habilidad que más adelante sería una de sus mayores herramientas: la capacidad de escuchar.

Rose es una mujer orgullosamente afrodescendiente que rompió estereotipos para demostrar que el talento no tiene límites cuando una persona aprende a creer en su propia voz.
Antes de convertirse en una comunicadora reconocida, Rose fue una niña que aprendió que cada persona tiene una historia y que detrás de cada rostro existe algo que merece ser contado.
Conectando con la niña segura
Sus padres también fueron esenciales en esa construcción. En lugar de enseñarle a limitarse o a buscar aprobación externa, la motivaron a participar, opinar y defender sus ideas. Le transmitieron la confianza de que su voz tenía valor y que sus talentos no debían esconderse.
Esa seguridad sembrada durante la infancia se convirtió en una especie de brújula que la acompañó durante los momentos más difíciles.
Hoy, cuando enfrenta escenarios donde la presión podría hacer dudar a cualquiera, Rose dice que sigue conectando con esa niña que no entendía que algunos sueños podían parecer imposibles. Esa niña que no pensaba en barreras, sino en posibilidades.
La misma que años después, desde un barrio pequeño de Limón, terminaría preguntándose una y otra vez una frase que se convirtió en una filosofía de vida: “¿Y si sí?”

Una familia que le enseñó que el éxito también significa servir
La historia de Rose no puede separarse del ejemplo de sus padres, porque en su hogar aprendió una definición del éxito muy distinta a la que muchas veces se promueve. Para su familia, triunfar no significaba únicamente alcanzar metas personales; significaba tener la capacidad de aportar, de ayudar y de dejar una huella positiva en la comunidad.
Su padre, arquitecto y líder comunal, dedicó gran parte de su vida a impulsar proyectos para el desarrollo de Limón. Su madre, ingeniera forestal, también construyó un camino marcado por el compromiso con su provincia y con la protección del entorno.
Desde pequeña, Rose observó cómo sus padres utilizaban sus conocimientos para servir a otros. Aprendió que una profesión puede ser una herramienta de transformación y que los talentos adquieren un significado más profundo cuando se ponen al servicio de las personas.
Esa enseñanza permanece presente en la manera en que entiende su propia carrera.
Aunque hoy sus escenarios son internacionales, nunca ha sentido que sus logros la alejen de sus raíces. Al contrario, cada paso que da lo interpreta como una oportunidad para representar también a las personas que creyeron en ella desde el inicio.
Porque para Rose ningún logro aparece de la nada. Detrás de cada reconocimiento existe una historia colectiva: está la familia que apoyó, la comunidad que inspiró, las personas que abrieron caminos, y todas las versiones de ella misma que tuvieron que crecer, aprender y resistir para llegar hasta ese lugar.

Las pérdidas que construyeron su fortaleza
Pero no todo ha sido éxitos, aprendizajes y brillo. Su historia también está escrita con capítulos difíciles. Momentos que llegaron sin aviso y que pusieron a prueba la fortaleza de una niña, de una joven y de una mujer que tuvo que aprender, desde muy temprano, que la vida también está hecha de reconstrucciones.
Porque antes de aprender a pararse frente a miles de personas, Rose tuvo que aprender algo mucho más complejo: cómo levantarse cuando parecía que una parte de su mundo se había perdido.
Cuando tenía apenas 12 años, su familia vivió una experiencia que marcó profundamente su vida. La casa donde habían construido recuerdos, conversaciones y momentos familiares fue destruida por un incendio provocado. En pocos minutos desapareció un espacio que representaba seguridad y pertenencia, pero también se perdieron fotografías y objetos que guardaban fragmentos de una historia familiar.
Para una niña, perder su hogar significa mucho más que perder paredes. Significa ver desaparecer el lugar donde están guardadas las primeras memorias, los momentos cotidianos, las pequeñas cosas que construyen la sensación de tener un lugar en el mundo.
Sin embargo, con el paso del tiempo, Rose encontró una enseñanza dentro de ese dolor: los recuerdos más importantes no siempre viven en los objetos. Permanecen en las personas, en las enseñanzas recibidas y en los vínculos que nadie puede destruir.
Aquel episodio le mostró, de una manera dolorosa, que la vida puede cambiar en un instante, pero también le dejó una capacidad que después sería fundamental en su camino: la posibilidad de comenzar nuevamente.

Años más tarde enfrentaría otra pérdida importante. Ya siendo adulta, volvió a experimentar la pérdida de su hogar en medio de un complejo conflicto legal. Fue una etapa marcada por la incertidumbre y por emociones difíciles de procesar.
Pero una vez más eligió no quedarse en la herida.
Rose no niega los momentos que la lastimaron. No pretende convertir las dificultades en una historia perfecta donde nada dolió. Por el contrario, reconoce que esas experiencias dejaron marcas, pero también reconoce que cada una de ellas le enseñó algo sobre su propia capacidad de resistir.
Para ella, la resiliencia no significa olvidar lo que ocurrió. Significa tomar aquello que pudo haber debilitado a una persona y transformarlo en una fuente de fuerza.
Esa forma de mirar la vida explica por qué, cuando habla de su trayectoria, no comienza con los escenarios internacionales ni con los reconocimientos. Prefiere hablar del camino completo.
De la niña que perdió cosas importantes y siguió adelante, de la joven que tuvo sueños y también momentos de duda, de la mujer que tuvo que reconstruirse más de una vez. Porque cada versión de Rose fue necesaria para construir a la mujer que hoy sostiene un micrófono frente al mundo.
La mujer que convirtió sus diferencias en fortalezas
Mucho antes de que la FIFA reconociera su talento, Rose Davis tuvo que aprender a defender algo que para ella siempre ha sido esencial: el derecho a ser una persona completa.
Desde joven descubrió que tenía múltiples pasiones. La comunicación, el teatro, la radio, la televisión, el baile, los eventos y el emprendimiento formaban parte de una personalidad inquieta que buscaba explorar diferentes caminos.
Sin embargo, en una sociedad donde muchas veces se espera que las personas elijan una sola identidad profesional, tener muchos intereses puede ser visto como falta de dirección.
A Rose le dijeron en distintos momentos que debía enfocarse en una sola área, que debía escoger un camino más definido, que sus múltiples talentos podían convertirse en una distracción.
Ella decidió interpretar esa realidad de otra manera.
En lugar de ver sus diferentes habilidades como caminos separados, entendió que cada una estaba construyendo una herramienta que más adelante sería valiosa.
El teatro le enseñó a manejar emociones y presencia escénica, la radio le enseñó el poder de una voz capaz de acompañar y conectar, la televisión le permitió comprender la importancia de comunicar frente a una cámara, los eventos masivos le dieron la capacidad de leer públicos y transmitir energía, su gusto por el fútbol la acercó a un mundo donde años después tendría la oportunidad de brillar.
Todo aquello que alguna vez pudo parecer disperso terminó convirtiéndose en una combinación única.
Su historia es también una invitación a dejar de pensar que existe una sola manera correcta de construir el éxito. Algunas personas avanzan siguiendo una línea definida desde el inicio; otras construyen su camino a partir de experiencias diversas que con el tiempo encuentran un propósito común.

Romper los moldes de belleza y representación
Su historia también tiene una dimensión profundamente importante para muchas mujeres: la posibilidad de ocupar espacios sin sentir que primero deben convertirse en alguien diferente.
Durante mucho tiempo, la sociedad ha establecido modelos muy específicos sobre cómo debe verse una mujer para ser considerada exitosa, profesional o protagonista. Muchas mujeres han crecido con la sensación de que deben modificar su cuerpo, esconder partes de su identidad o adaptarse a ciertos estándares antes de sentirse listas para perseguir sus sueños.
Rose decidió romper con esa idea. Como mujer afrodescendiente y de talla grande, entiende el valor de verse representada en espacios donde no siempre hubo diversidad. Sabe que muchas niñas crecen buscando referentes que les demuestren que ellas también pueden estar allí.
Estoy viviendo uno de los mejores momentos de mi vida, vivo desde la paz conmigo misma, desde la autenticidad de ser tal y como soy.
Por eso, cada escenario internacional que pisa tiene un significado que va más allá de su carrera; ella ha demostrado que una mujer no tiene que cumplir con un molde específico para tener talento, liderazgo o capacidad, que una mujer puede ser profesional, preparada, exitosa y admirada siendo fiel a su propia identidad.
Rose no llegó a esos escenarios después de esconder sus raíces o cambiar aquello que la hacía diferente. Llegó precisamente porque aprendió a reconocer el valor de cada parte de quien es.
Su cabello natural, su piel, su historia, su cuerpo y su herencia cultural forman parte de la mujer que representa hoy. En una época donde muchas personas buscan encajar siguiendo tendencias, Rose considera que el verdadero acto de valentía es mantenerse auténtica.
La llamada que cambió su destino
La llegada de Rose Davis a la FIFA no fue producto de la casualidad. Aunque muchas veces las grandes oportunidades parecen aparecer de repente, detrás de ese momento había años de preparación, escenarios pequeños que la fueron formando y decisiones valientes que la llevaron a construir una carrera distinta.
Antes de que su nombre estuviera asociado con los grandes torneos internacionales, Rose ya había recorrido un largo camino dentro de la comunicación. Había trabajado en radio, televisión, espectáculos masivos, comunicación corporativa y diferentes espacios donde aprendió a entender algo fundamental: cada público tiene una energía diferente y cada escenario requiere una manera distinta de conectar.
Sin saberlo, cada experiencia la estaba preparando para una oportunidad que todavía no podía imaginar.
El momento llegó en 2022, pocos meses después del fallecimiento de su padre. Una colega la contactó para contarle sobre un proceso de selección para formar parte del equipo que trabajaría en el Mundial Femenino Sub-20 que se realizaría en Costa Rica.
La noticia llegó en un momento emocionalmente complejo. Había perdido a una de las personas que más había creído en ella, a un hombre que le enseñó la importancia del servicio, del compromiso y de confiar en sus capacidades. Pero también llegó como una invitación a seguir caminando.
El perfil que buscaba la FIFA parecía reunir muchas de las características que Rose había desarrollado durante años: dominio del inglés y español, experiencia frente a grandes públicos, habilidades de comunicación y conocimiento del fútbol.
La entrevista que marcaría un antes y un después en su vida ocurrió de una manera casi simbólica. No fue dentro del Estadio Nacional, porque en ese momento la FIFA ya tenía control de las instalaciones y ella todavía no contaba con acreditación. La conversación ocurrió en una cafetería.
Hoy Rose recuerda ese momento con una mezcla de emoción y gratitud porque representa una de las grandes lecciones que ha aprendido: las puertas más importantes pueden abrirse en lugares inesperados.
A veces el comienzo de una historia extraordinaria no se parece a una escena de película. A veces empieza con una conversación en una mesa de café y con una persona que decide decir: “voy a intentarlo”.
Inicialmente, Rose fue contratada como la voz oficial del estadio. Su responsabilidad era anunciar alineaciones, comunicar información al público y acompañar la experiencia de los aficionados desde el micrófono.
Pero apenas cuatro días después ocurrió algo que transformaría esa oportunidad.
Uno de los responsables del entretenimiento observó su trabajo y descubrió que había algo más. Vio una presencia, una energía y una capacidad de conexión que iban más allá de la función inicial para la que había sido contratada.

Entendió que Rose no solo podía ser una voz detrás del escenario, podía ser una protagonista. Así llegó la oportunidad de convertirse en presentadora frente a las cámaras y conducir momentos importantes del torneo.
Para Rose, aquel cambio no significó comenzar de cero. Fue la suma de todo lo que había construido durante años.
Durante ese Mundial condujo diferentes etapas del torneo, incluida la gran final. Al terminar recibió una frase que nunca olvidaría: “Creo que volverás a saber de nosotros”.
Seis meses después llegó una llamada que cambiaría definitivamente su carrera: la FIFA quería que formara parte de su elenco internacional de presentadores.
La oportunidad que parecía lejana comenzaba a convertirse en realidad.
Desde entonces, Rose Davis ha llevado su talento a algunos de los escenarios deportivos más importantes del continente. Como presentadora bilingüe de FIFA y Concacaf ha trabajado en ciudades como Los Ángeles, Las Vegas, San Francisco, Chicago y Buenos Aires.
Pero más allá de los lugares, hay algo que para ella tiene un significado especial: representar a Costa Rica, representar a Limón.
Representar a todas esas personas que alguna vez sintieron que sus sueños eran demasiado grandes para el lugar donde nacieron.
Cuando aparece frente al público, Rose sabe que no está llevando únicamente un nombre profesional. Lleva consigo una historia.

El sueño del Estadio Azteca
Aunque ya había conquistado escenarios importantes, el Mundial de 2026 representaba una oportunidad distinta. Ser elegida como host oficial bilingüe de la FIFA en el Estadio Azteca —no solo para la inauguración, sino para todos los partidos disputados allí durante el torneo— implicaba competir con talentos de diferentes países y superar un exigente proceso de selección.
Rose sabía que no bastaba con desearlo, había que prepararse.
Durante meses trabajó en cada detalle. Fortaleció su condición física, cuidó su alimentación y dedicó tiempo a perfeccionar la imagen y la marca personal con la que quería representar a su país.
Además, tuvo que guardar la noticia en silencio durante un periodo debido a compromisos contractuales. Vivió esos meses como una etapa de preparación y reflexión.
Cuando finalmente recibió la confirmación de que su sede sería el Estadio Azteca, sintió que muchas piezas de su vida comenzaban a conectarse.
“Me encantó que la gente me identificara como “la tica” durante la inauguración del mundial.
Durante los ensayos de la ceremonia inaugural vivió uno de los momentos más emotivos de su carrera. Mientras escuchaba a artistas internacionales interpretar sus canciones en aquel estadio imponente y observaba la magnitud de lo que estaba ocurriendo, no pudo contener las lágrimas.
No lloraba solamente por haber alcanzado un logro profesional, lloraba por la historia completa, por todo lo vivido, por esa niña que alguna vez soñó sin saber exactamente cómo llegaría hasta allí.
La niña que todavía vive en ella
Hoy, cuando Rose Davis mira hacia atrás, sabe que su mayor logro no es haber llegado a un Mundial ni haber sido parte de uno de los eventos deportivos más importantes del planeta.
Su mayor logro es haber llegado hasta allí sin perderse a sí misma.
Demostrando que una mujer no necesita encajar en una definición establecida de éxito para construir una trayectoria extraordinaria. Su mensaje para otras mujeres es claro: no esperar a ser la versión que otros consideran perfecta para comenzar a perseguir los sueños.
La vida no empieza cuando una persona cambia para ser aceptada, empieza cuando decide reconocerse y confiar en todo aquello que ya tiene dentro.
Porque Rose sabe que muchas veces la batalla más difícil no es convencer al mundo de que uno puede lograr algo, es convencerse a uno mismo.
Y esa fue la batalla que ella ganó. La niña de Barrio Roosevelt nunca dejó de preguntarse: “¿y si sí?”.
Esa pregunta la llevó desde las calles de Limón hasta los escenarios más grandes del mundo.
Hoy, cada vez que toma un micrófono, no solo anuncia un evento, cuenta una historia.
La historia de una mujer que transformó la adversidad en fuerza, que convirtió sus raíces en orgullo y que demostró que los sueños no tienen que comenzar en lugares grandes para llegar lejos.
