GDA , Mateo Arias Ortiz. 25 noviembre, 2020
Mon Laferte, cantautora chilena
Mon Laferte, cantautora chilena

Norma Monserrat Bustamante Laferte (Chile, 1983) parece ruda, pero es dulce. Incluso cuando habla de su actitud punk lo hace con un tono tranquilo y suave. Lo mismo cuando explica que tiene “cierto grado de maldad”, pues le gusta ver “cuando la gente llora, desgarrada”, en sus conciertos. Y algo de ese desgarro se proyecta en sus canciones.

Algo de Chavela Vargas se siente en su voz. No es gratuita esta comparación, pues para Mon Laferte la tradición musical mexicana es clave en su formación y en su propuesta. Se hace evidente en muchas de sus canciones, pero particularmente en la más nueva, Que se sepa nuestro amor, que canta con Alejandro Fernández y que es la razón por la que brindó esta entrevista desde su casa, precisamente en México.

Pero su identidad está compartida entre este país y el de su origen: Chile. De hecho, confiesa que Violeta Parra es su “madre artística”. También habla de su activismo político en su patria. Aunque, realmente, es una defensora del cosmopolitismo.

Su talento le ha significado varios premios, entre ellos, dos Grammy Latinos: uno fue por la canción Amárrame, que hizo con Juanes y el otro por su disco Norma. Lo de Juanes es solo una de sus múltiples colaboraciones, que pasan por Gwen Stefani, Jorge Drexler o Plácido Domingo y que son una demostración de la diversidad que intenta abarcar.

Con su prolífica carrera, Mon Laferte se ha vuelto un símbolo de la música femenina, un rostro del activismo, un sinónimo de la belleza y la pluralidad artística de América Latina.

– Chile tiene una tradición poética poderosa. ¿Eso ha significado algo para su escritura?

– Cuando vivía en Chile, simplemente disfrutaba los paisajes de mi ciudad, que es Viña del Mar y Valparaíso. Allá el mar Pacífico es violento, frío, con unas olas enormes que rompen en las rocas. Me acuerdo de que tomaba la micro para ir a Valparaíso e iba por toda la costa, viendo este paisaje, soñando despierta. Y hoy, después de vivir 13 años en México, me doy cuenta de que Chile es un país con un paisaje y un imaginario muy poéticos. Y por eso tenemos poetas tan importantes, y de una belleza riquísima. Supongo que algo debió quedar en mí. Me encantaría pensar que me quedé con algo de eso después de leer, cuando niña, a Gabriela Mistral, a Pablo Neruda; y de crecer con esa figura de Violeta Parra. Hasta el día de hoy, cuando tengo que tomar alguna decisión artística, pienso: ‘¿Qué haría la Violeta? Ok, voy a hacer lo que haría la Violeta’. Es mi madre artística. Es mi guía espiritual y musical.

– Ahora que menciona a México, ¿qué relaciones ve entre México y Chile?

– Digo que hay un romance entre estos dos países. Yo crecí oyendo música mexicana. Incluso, diría que en Chile se oye más folclor mexicano que chileno. Sobre todo, en el sur. También hay una relación con los artistas. Justo ahora estoy volviendo a leer Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, este escritor mitad chileno, mitad mexicano. Y hay muchos otros creadores con esta conexión. Aunque, cuando a mí me preguntan qué pienso ‘como chilena’ sobre tal cosa, creo que es un poco obsoleto esa visión tan nacionalista. Prefiero, más bien, ¿qué pienso yo como ciudadana? Yo me siento conectada con toda Latinoamérica e incluso tengo influencia en mi arte de otros sitios que ni siquiera conozco. Pero, claramente, soy una mescolanza de estos dos países que, debo decir, son mis favoritos.

– Ese cosmopolitismo también se ve en su música. Leonel García, por ejemplo, dice que “el artista del futuro no tiene género, crea su propio universo”…

– ¡Me encanta! Me encanta pensar que vengo del futuro. También me encantan las tradiciones, en la música y en los pueblos. De hecho, yo vivo en un pueblo, aquí en México. Pero también me gusta que la gente sea libre en sentido de la expresión artística. Esta cosa purista que llega a ser un poco nazi… no puedo con ella. El futuro nos llama a entender que la única opción que nos queda es la conversación. La música permite eso: conversar, unir, sumar, colaborar. No hay otra opción. Es algo que he hecho desde siempre. Al principio, de forma quizás inconsciente. Tenía una banda con unos señores en Valparaíso y tocábamos tangos y valses peruanos. Pero también quería tocar en una banda de metal. Y la gente me decía: ‘No entiendo: o eres esto, o eres esto otro’. Y yo respondía: ‘Pues yo puedo ser todas esas cosas, ¿no? Y quiero ser muchas más’. No todo es blanco o negro: hay una gran gama de colores. Coincido con lo que me cuentas de Leonel: el futuro es crear universos propios a partir de la mezcla. Pero, entre todas esas posibles personalidades suyas, hay una esencia, algo en común.

– ¿Cree que pueda definir esa esencia?

– ¡Ay, es tan difícil! Mira, yo creo que, primero, soy una escritora. Escribo canciones. Escribo historias. Me gusta mucho. Y, después, soy una actriz, una intérprete de estas canciones. Entro en esos personajes que creo. Además, son mis propias historias. Las exagero, porque también disfruto mucho el escenario. Pero no podría definir un estilo. Podría decir que soy una romántica arrabalera punk. Es que también tengo algo de punk en el sentido de que hago lo que sea, no me importa. Así que podría decir que soy una romántica folclórica arrabalera punk teatral, no sé.

Mon Laferte, cantautora chilena
Mon Laferte, cantautora chilena

– ¿Qué relación ve, por ejemplo, entre su canción con Guaynaa y su canción nueva, con Alejandro Fernández?

– Mira, ahí viene lo punk. Pero punk suave, ¿no? La de Guaynaa es una canción que compuse como un grito desesperado en un momento en el que quería seguir avivando la llama de este levantamiento social en Chile del año pasado. Yo quería ser parte de eso, de ese despertar. Entonces busqué el género más popular: el reguetón. Quería que todo el mundo la bailara y se dejara llevar por el ritmo, pero con una letra muy potente que habla de una serie de liberaciones y reivindicaciones. Tenía que ser con alguien del género, y musicalmente me gusta Guaynaa, porque suena a ‘vieja escuela’. Esa es la historia de Plata Ta Tá.

Y ahora, con Que se sepa nuestro amor, también tomé muchos riesgos. ¿Qué hace una mujer chilena, no solo interpretando música tradicional mexicana, sino componiéndola? Además, con la gran firma de la música mexicana. Claro, con Alejandro Fernández. Entonces, mi idea también era contextualizar en el presente la música tradicional mexicana. Y eso también tiene algo de rebeldía. La música mexicana es hermosa, pero ha estado asociada, históricamente, a la figura del macho. Y el mundo ha cambiado. En el video propongo que todo se hable desde diferentes tipos de amor. Son, también, declaraciones de ideales. Por ahí veo que va emparentada mi música: por el discurso, más que por el género.

– ¿La música es un elemento capaz de intervenir la realidad, no solo de adornarla?

– A mí me interesa incomodar. No en el mal sentido. Pero, si la gente está así, muy tranquilita, yo llego y digo ¡Hola! Y las personas dicen: ¡Ay! Se desacomodan, se mueven un poquito. Pero es también porque me gusta que eso me pase a mí. E intento pensar el arte como un reflejo de la sociedad. No me gusta hacer música sencillamente para entretener. Aunque yo disfruto la música para entretener y creo que debe existir. Pero yo hasta tengo cierto grado de maldad, creería, porque, cuando estoy en los conciertos, me encanta ver a la gente llorando, desgarrada. Me gusta que la gente sienta. Que se sienta viva. Me esfuerzo por poner un tema de conversación. Pero también lo hago de una forma camuflada, sobria. Son pequeñas pinceladas.

– Las estadísticas dicen que su público es, en su mayoría, femenino ¿Por qué cree que pase eso? O, mejor: ¿usted les habla más a las mujeres?

– Como soy la creadora de mis canciones y la mayoría de ellas están escritas en primera persona, es posible que las mujeres se sientan más identificadas con el tema. Por ejemplo, tengo una canción que se llama Pa’ dónde se fue, en la que hablo sobre cómo sentí el abandono de mi padre. Creo que muchas mujeres pueden verse reflejadas en esa letra. Hay otra canción que se llama La trenza, que habla de cómo mi abuela quería que yo fuera artista. Ella se veía reflejada en mí, quería vivir a través de mí. La abuela también quería dedicarse a la música, pero no pudo porque se casó y vino el ‘qué dirán’. Por otro lado, también es cierto que en mis presentaciones veo todo tipo de público: señores, señoras, chavos, pelos parados, gente del trap, metaleros, niñas y abuelitas.