La primera vez que Daniel sintió el peso real de lo que hacía fue frente a un escenario. No por el público ni por las cámaras, sino por un problema técnico en el peor momento posible: los tacones que había fabricado para las candidatas de Miss Costa Rica fallaron horas antes de la gala. Era su primera vez como patrocinador del certamen.
Durante el ensayo final, una candidata se cayó al desfilar. El tacón se zafó. De inmediato lo llamaron. “Tenemos un problema”, le dijo Gabriela Alfaro, entonces directora del concurso, con un tono que no dejaba espacio para dudas. La transmisión televisiva estaba a punto de empezar y, peor aún, las candidatas habían perdido la confianza en los zapatos.
“Agarramos taladros, tornillos, una platina… lo que hubiera”, recuerda Daniel. “Era eso o que se viniera todo abajo”.
La gala era en vivo, un viernes por la noche, con el país entero mirando. Daniel se sentó entre el público y siguió cada caminata con una sola idea en la cabeza: que aguanten. Cuando todo terminó y nada falló, lloró. No de emoción, sino de alivio.
Ese episodio marcó uno de los momentos más visibles de su carrera. A partir de ahí, su nombre empezó a circular con fuerza. Durante catorce años consecutivos fue patrocinador de Miss Costa Rica. Llegaron notas, entrevistas y vitrinas. Para muchos, esa fue la imagen que quedó: el abogado que diseñaba zapatos para reinas de belleza.
Pero la historia había comenzado mucho antes, y su inicio fue todo menos glamuroso.
Antes de la visibilidad, la calle
Al salir del colegio, Daniel quería estudiar Arquitectura. Su padre, abogado, lo orientó hacia el Derecho, y así ingresó a la carrera en la Universidad de Costa Rica, llevando el bloque completo de materias. Al mismo tiempo, descubrió algo que siempre le había atraído: comprar y vender.
Siendo estudiante, encontró una oportunidad en el negocio del calzado. Todos los días salía de clases al mediodía, almorzaba en su casa en Barrio Córdoba, dejaba los cuadernos y se iba a San José. Recogía zapatos en talleres de Cristo Rey y alrededores y caminaba la ciudad con dos bolsos enormes colgados al hombro.
Eran los que se usaban en los años ochenta entre vendedores ambulantes: grandes, de lona gruesa, estilo militar. Se les llamaba “muertos” por su forma y por el peso que cargaban. En cada uno cabía 40 pares de zapatos.
Con eso recorría la Avenida Central, que en esa época era el verdadero centro comercial del país. “Ese era el mall”, dice. “Ahí estaba todo”.
Los sábados pagaba cuentas y adelantaba trabajos de la universidad; los domingos estudiaba y descansaba. “Nunca perdí una materia. Nunca fui a ampliación”, cuenta. No es un detalle menor: habla de disciplina, aun cuando para él ese trabajo seguía siendo temporal.
El plan que no funcionó (y el que sí)
Daniel no pensaba dedicarse a los zapatos. Su idea era importar. Incluso tuvo una propuesta concreta: traer chocolates, una debilidad personal. Pero la mamá de un amigo, a quien le presentó el proyecto, fue directa.
“Eso no es buen negocio”, le dijo.
En su lugar, le propuso algo distinto: maquilar modelos de zapatos que ella compraba en Nueva York. Replicarlos, ajustarlos al mercado local y venderlos. Además, le abrió una red de clientas.
Daniel pidió 15 mil colones prestados a su papá. Su amigo hizo lo mismo con su mamá. Así empezó todo: sin un plan elaborado, pero con trabajo constante.
“Yo no sabía que estaba diseñando”, dice hoy. “Solo pensaba cómo mejorar el zapato”.
Un taller que nació de una fiesta ajena
El primer taller propio surgió por una circunstancia inesperada. Un zapatero con el que Daniel trabajaba se quedó sin empleo porque el dueño del taller se fue de fiesta en Semana Santa… y no regresó.
Daniel se lo encontró en una acera de Cristo Rey. Hablaron. Ambos necesitaban trabajar. Decidieron intentarlo juntos.
Levantaron el taller en la Colonia Kennedy, en San Sebastián. Zinc de tercera mano, un planché de concreto y una ventana que se sostenía con una vara cuando el calor apretaba. Ahí producían entre 40 y 50 pares por semana.
Con el tiempo crecieron. Se mudaron a bodegas en San Francisco de Dos Ríos. En fechas clave, los dueños de tiendas hacían fila para comprarles. “El que quería producción segura, pagaba por adelantado”, recuerda.
Crecer, aprender… y equivocarse en grande
Daniel se capacitó, entró a programas de exportación y su empresa se convirtió en la primera del sector cuero y calzado en exportar bajo el marco CARICOM. La demanda era tan alta que el trabajo artesanal ya no alcanzaba.
Un empleado le sugirió buscar una máquina que ayudara a lijar suelas y agilizara el proceso. Pero en lugar de una máquina, Daniel terminó comprando una planta completa.
El problema no fue la tecnología, sino el tiempo para aprender a usarla. La curva fue dura: material desperdiciado, hormas dañadas, procesos que no cuajaban. Cuando lograron fabricar el primer par con todo ese sistema, lo guardó como trofeo. Toda la planta lo firmó.
“Ese día lloré”, dice.
Poco después, el contexto económico cambió de golpe. La crisis del 2008-2009 lo encontró con una planta moderna recién montada, deudas altas y un mercado saturado. El modelo de venta al por mayor dejó de ser viable.
Daniel tomó entonces una de las decisiones más duras de su vida profesional: cerrar la fábrica por la que había apostado todo.
Hipotecó la casa. Redujo la operación al mínimo. Buscó maquila fuera del país. Y, sobre todo, cambió la forma de entender su negocio.
Reinventarse sin soltar el oficio
Ya tenía algo que no quería perder: una marca reconocida y clientas fieles. En lugar de seguir dependiendo del por mayor, decidió vender directamente.
Así nacieron las tiendas propias. Primero como experimento, luego como convicción. Hoy, Del Barco tiene presencia en Mall San Pedro, Paseo de las Flores, Multiplaza Escazú y en el corazón de la ciudad, en Avenida Central, dentro de La Gloria. Espacios distintos, públicos distintos, una misma idea: estar cerca.
En todos estos años, Daniel ha visto cambiar a la mujer costarricense. Ha sido testigo de cómo sus gustos se transformaron, de cómo el confort dejó de ser negociable, de cómo el cuerpo empezó a mandar. Y se ha adaptado sin renunciar a su lenguaje: zapatos pensados para usarse, no solo para verse.
Cuando se le pregunta por el futuro, habla de crecer con cuidado. De seguir aprendiendo. De no perder el pulso de la calle, ese que conoció cargando muertos por San José cuando la Avenida Central era el mall del país.
“Yo no siento que haya llegado”, dice. “Siento que sigo”.
Tal vez por eso su historia importa. Porque no es la del éxito inmediato ni la del golpe de suerte. Es la de alguien que estudió Derecho mientras vendía zapatos, que se equivocó en grande y tuvo la capacidad —y el coraje— de reinventarse sin soltar el oficio que aprendió en la calle.
