
Hay viajes que se planean para descansar y otros que, sin proponérselo, terminan cambiando algo más profundo. El Camino de Costa Rica pertenece a esa segunda categoría. No es solo una ruta de senderismo de casi 280 kilómetros que cruza el país del Caribe al Pacífico. Es, sobre todo, una experiencia que se construye paso a paso, con el cuerpo cansado, la cabeza en silencio y los sentidos despiertos.
Marco Haug y su esposa, Marcela Alvarado, lo saben bien. Ellos no hicieron el recorrido de una sola vez. Lo dividieron en etapas durante seis o siete meses, lo que terminó siendo, según cuentan, una forma distinta de conocer el país. “Se tenía el sentimiento de ir conociendo Costa Rica poco a poco, por lugares donde uno nunca ha pasado”, recuerda.

Ese ritmo fragmentado, lejos de restarle intensidad, parece potenciarla. Cada etapa se convierte en un pequeño logro. El pasaporte que se va sellando en cada tramo y las fotos junto a los mojones del camino funcionan como recordatorios concretos de que algo avanza. “Paso a paso se va viviendo la experiencia”, dicen.
Un proyecto que nació de una idea simple
El Camino de Costa Rica no surgió como un producto turístico tradicional. Según explica Jorge Frutos, operador del tour Ticos a Pata, la idea nació entre 2014 y 2015, cuando Conchita Espino y Marco Marín, una pareja que había hecho el Camino de Santiago, decidió replicar ese espíritu en Costa Rica.
El objetivo era claro: crear una ruta que atravesara comunidades donde el turismo casi no llegaba.

Desde entonces, el camino se consolidó como una propuesta de turismo rural que conecta 16 comunidades a lo largo del país. Inicia en el Caribe, en Parísmina, con un recorrido en bote por canales, y avanza entre plantaciones bananeras, territorios indígenas, zonas cañeras y montañas, hasta terminar en el Pacífico.
Pero lo más importante no es la geografía, sino lo que ocurre entre un punto y otro.
Mucho más que caminar
Quienes lo hacen coinciden en algo: el Camino de Costa Rica no es solo un desafío físico. Es una experiencia emocional y, para muchos, también espiritual.

Frutos habla de una especie de “triangulación” que se da naturalmente: la conexión con la naturaleza, con las propias creencias y con uno mismo. A eso se suma el vínculo con otras personas. No solo con los compañeros de ruta, sino con quienes viven en las comunidades.
La mayoría de los alojamientos y restaurantes son proyectos familiares. En el camino, es posible aprender a moler caña o café, conversar con quienes reciben a los caminantes o simplemente compartir una comida casera después de horas de caminata.
Ese contacto directo deja huella.

Uno de los momentos que más impacta a quienes recorren el camino es el paso por territorios indígenas. No por su dificultad física —aunque algunas etapas sí lo son—, sino por lo que muestran. “Se dan cuenta de que con muy poco se puede vivir feliz”, explica Frutos. La experiencia, dice, invita a cuestionar el nivel de consumo y a replantearse qué es realmente necesario.
El desafío que sorprende
El recorrido completo puede hacerse en 16 días, caminando entre 15 y 25 kilómetros diarios. Pero también es común hacerlo por etapas, durante meses o incluso más de un año.

Esa flexibilidad lo vuelve accesible, aunque no fácil.
No hace falta ser un atleta, pero sí tener una base física. Hay tramos exigentes, como los de zonas indígenas o los que atraviesan áreas montañosas. El cansancio aparece. Y con él, algo más.
“Muchos se sorprenden de lo que son capaces de lograr”, cuenta Frutos. Personas que no se consideraban particularmente activas terminan completando etapas que al inicio parecían imposibles. El camino, en ese sentido, funciona como una prueba silenciosa de resistencia y perseverancia.

Marco y Marcela lo describen como “un reto bonito”, uno que recomiendan proponerse como meta. Incluso, sugieren no espaciar demasiado las etapas, para mantener el entusiasmo y, si es posible, compartir el proceso con el mismo grupo.
Una forma distinta de ver el país
Para quienes viven en ciudades o están acostumbrados a las rutas turísticas clásicas, el Camino de Costa Rica ofrece algo distinto: una versión más lenta, más cercana y más real del país.
No hay grandes hoteles ni itinerarios rígidos. Hay pueblos, caminos de tierra, cultivos, casas sencillas y conversaciones inesperadas.

“Se redescubre el país en pausa”, dice Frutos. Se observa más, se escucha más, se entiende mejor.
Y también se apoya. Cada comida, cada noche de hospedaje, cada guía local forma parte de una economía directa que beneficia a familias que dependen de ese flujo de visitantes.
“Las comunidades no solo reciben al viajero, interactúan con él: te enseñan a moler caña, a preparar comida… esa conexión es lo que realmente marca la experiencia.”
— Jorge Frutos.
Volver a hacerlo
Después de completarlo, la pregunta es inevitable: ¿lo repetirían?
La respuesta de Marco y Marcela es inmediata. Sí.
Entre todas sus experiencias —incluyendo destinos como Chirripó, Corcovado o incluso el Camino de Santiago—, ubican al Camino de Costa Rica como una de las mejores. No solo por los paisajes, sino por “el sentimiento de logro” y todo lo que se vive en el proceso.

Tal vez esa sea la clave. No se trata solo de llegar al final, a la última etapa que desemboca en el Pacífico. Se trata de lo que pasa antes: el cansancio compartido, los encuentros, las pequeñas conquistas y esa sensación difícil de explicar de estar haciendo algo que importa.

