GDA . 10 abril

Los animales que viven su vida como mascotas siempre han tenido una importancia superlativa dentro del universo de los humanos. Esa vitalidad que suelen transmitir y el acompañamiento que eso significa agrega afecto y espontaneidad a las personas que, de esa forma, sienten abrirse un espacio singular dentro de su universo de relación.

A los chicos, por ejemplo, les hace bien tener cerca animales que acompañen el desarrollo de su crecimiento. Les facilita el contacto con esa naturaleza de la vida moderna mezquina, sobre todo, en las grandes urbes. Los animales terminan formando parte de los afectos de los más chicos, con una intimidad y transparencia distinta a la que se tiene con los humanos. La cercanía y “vibración” despojada de palabras que se logra con las mascotas, ayuda a los chicos en su desarrollo y sensibilidad, al punto que, se sabe, algunas mascotas suelen ser tenidas como útiles instrumentos para acompañar en situaciones postraumáticas o para desarrollar la afectividad en casos en los que hay dificultad en ese campo.

Muchas mascotas, despojadas de su animalidad en nombre del amor, han tenido que transitar un calvario a partir de un trato “humanizante”

En muchos casos el hecho de vivir sus días siendo mascotas ha sido una tragedia para algunos animales, más allá del “clásico” trato violento que tan naturalizado estuvo antaño. En el otro polo de la mencionada violencia explícita, muchas mascotas, despojadas de su animalidad en nombre del amor, han tenido que transitar un calvario a partir de un trato “humanizante” que no les hace bien ya que no coincide con lo que son. Vestimentas alejadas de su naturaleza, trato asfixiante, ausencia de naturaleza a su alrededor… En esos casos los pobres animales han tenido que ser depositarios de los extraños designios de aquellos humanos que los usan para volcar en ellos un mundo emocional complicado, sin tener en cuenta la condición del receptor.

A veces las cosas son menos dramáticas y se logra una buena ecuación entre la condición animal y la humana, con réditos para ambas partes. Más allá de la necesaria domesticación de base, es bueno convivir con perros que son perros y gatos que son gatos, pero que, gracias a un trato razonable y generoso por parte de sus dueños, se integran dentro del paisaje de los humanos sin perder su condición. No llevan la sobrecarga de asumir excentricidades de sus poseedores y acompañan así, alegremente, la vida diaria en una feliz reciprocidad. No son tratados como si fueran de cristal, o sometidos a estilos de cuidado que les impiden de manera absoluta desplegarse con su fuerza y la energía de su animalidad.

La sobrecarga emocional sobre los animales no hace bien, así como tampoco lo hace cuando eso ocurre con los hijos

Todos sabemos que los animales no son hijos de sus dueños, sino sus mascotas. Sin embargo, a veces en el vínculo dueño-mascota ocurren situaciones que, para bien o para mal, son parecidas a las que viven muchos padres en relación a sus hijos. En tal sentido, y más allá del hecho de que abundan aquellos que no notan la diferencia entre un hijo y una mascota, la sobrecarga emocional sobre los animales no hace bien, así como tampoco lo hace cuando eso ocurre con los hijos.

Los animales no son objetos, si bien tampoco son personas. La crueldad de tratarlos como cosas no se compensa con el hecho de tratarlos como los humanos que tampoco son. Si ahondamos, nos daremos cuenta que nos vinculamos con ellos a partir de los mismos valores con los que nos tratamos a nosotros mismos. Así fue siempre, y así seguirá siendo. Por tal razón, seguramente nos sigamos acompañando recíprocamente mascotas y humanos, tal como ocurre hace milenios, en una alianza de mutuo beneficio, apuntando a no sacrificarlos en el altar de nuestras propias mezquindades.