En una de esas cuestas que obligan a subir con pies y manos, emergen dos cascos amarillos. Uno lleva una manguera húmeda de 17 kilos y otro se desliza como cabra de montaña. Ambos transitan entre llamas, de donde brotan ráfagas de 85 °C, para proteger todo aquello que el humo roza.
Si se estuviera bajo un cielo estrellado, el crujido quizás sería placentero. Pero aquí las cenizas de madera irritan los ojos de los bomberos que combaten la mayor oleada de incendios forestales registrada en Costa Rica.
Solo en una montaña de playa Lagarto, en el cantón de Santa Cruz, suman tres días de faena. Mientras avanzan, cuentan que ya es usual trabajar varios días en un mismo siniestro forestal. En lo que va del año, ya han atendido más de 200 en el país, 68% de ellos en Guanacaste. En todo el 2025 se registraron solo 67.
Su profesión es imprevisible, pero los bomberos forestales están acostumbrados a que una quema de basura convierta 10 centímetros de flama en 600 hectáreas incineradas.
Fuego contra fuego
“En promedio, cada día se declaran dos nuevos incidentes”, dice Jonathan Trigueros, jefe de la Unidad de Incendios Forestales, rumbo hacia otra emergencia. Se dirige a Cabo Velas, uno de esos sitios de Guanacaste con opulentas residencias con vista al mar.
Allí conviven quienes invierten millones de dólares en la tierra y quienes poseen un pedacito heredado por un familiar. Los bomberos solían ser intrusos; ahora son uno más.
Al llegar, apagan el aire acondicionado y salen del pick-up rojo, chillón. Una vez desplegado el equipo, se reúnen alrededor del dron para observar los trillos que conducen a las llamas.
Con premura planifican y se internan en el bosque tropical seco, ya que el viento les saca ventaja. Proceden con una línea de defensa que, en esencia, combate fuego con fuego; como viene del este, la contención se establece en el oeste.
Un bombero avanza, soplando la hojarasca, y le siguen otros que prenden el contrafuego con un quemador. Cuando ambas quemas se encuentren, se ahogarán mutuamente.
En paralelo, otro grupo instala una motobomba en una piscina, pues tienen la potestad de tomar agua donde sea necesario cuando no hay hidrantes cercanos. Preparan las mangueras y aguardan a que el fuego se aproxime, al tiempo que los turistas abandonan el agua.
Horas más tarde, cuando el bloqueador ya deja pegajosa la piel y el siniestro parece estar controlado, Jordan se moviliza hacia otro incendio que amenaza con destruir un cerro más. “Cada día apagamos tres y recibimos cinco”, resume.
El miedo siempre está
“Para los que dicen que Guanacaste es plano, que vengan”, comenta otro bombero. Mientras coordina con sus compañeros por radio y satélite, relata la dificultad de movilizarse en la pampa; como es bien sabido, los kilómetros guanacastecos son extensos y sinuosos.
Solo preguntándole a los vecinos de esos pueblos remotos, donde el ganado supera a los habitantes, logran trazar las rutas donde se ausentan los accesos para los 4x4.
Así han logrado contener las llamas que ya han consumido 2.505 hectáreas en áreas protegidas y 27.400 en terrenos privados en lo que va del 2026.
“Acá la prioridad siempre es la misma: que nadie se muera, que no se quemen más casas y bosques, que no se afecten vidas humanas (...). Tenemos que ser preventivos, más agresivamente, por el tema cultural. Al igual que se dejó de fumar en los buses, hay que dejar de quemar basura“, acota Gabriel Barrantes, jefe de Batallón.
Solo cuando el clima les permite, pasado el mediodía, los bomberos pausan para el almuerzo: un sándwich de atún, más uno de jalea y otro de jamón. De bebida toman al menos cinco litros de líquido, alternándose entre agua y electrolitos.
Todavía con boronas en el rostro, un bombero se acerca a un sabanero. Dice encontrarse bien, pero le asusta que algo pueda pasarle a su familia. En más de una ocasión ha tenido que defenderla con baldes de agua mientras llegan los expertos.
Ese mismo temor se impregna en quienes combaten el fuego. “Siempre está, pero aprendés a trabajar con él. Es normal que tengás miedo, porque así te hace estar alerta. Si te confiás, perdés”, explica Gustavo Salmerón, jefe de bomberos voluntarios de Huacas.
Aguanta la pesadez de la labor para ayudar a la gente, asegura, y además le gusta ser polifuncional: ha aprendido de cuerdas, de primeros auxilios y de flora y fauna. Gracias a ello, ha rescatado a personas en guindos de 45 metros.
Sus relatos se interrumpen por el intercomunicador que anuncia “en este momento se declara incendio forestal”. Ahora es en Isla Murciélago y horas antes fue en Las Juntas de Abangares. Previo a eso en Sardinal, Nacascolo, Tamarindo, Curubandé, Cajiniquil, Tempate, Marbella, Nambi, Ventisiete de abril...
Una vez más, se trata de uno antrópico; es decir, generado por vandalismo, limpieza de terreno o quema de pasto y residuos agrícolas. El Cuerpo de Bomberos estima que el 95% de los incendios forestales son provocados.
“Es una práctica ancestral en Guanacaste”, relata Jordan. Es normal, inclusive, que los responsables se consideren inmunes, aunque el delito suele castigarse con uno a tres años de prisión. Pero rara vez se materializan, ya que probar la culpabilidad es complejo.

No solo arden los árboles
En las cumbres de las sabanas guanacastecas, otrora amarillentas y hoy ennegrecidas, flotan sombreros de humo. Los cerros son tan café que tienen complejo de fósforo, bromea un bombero.
Los nances, laureles, cedros y cortezas amarillas son los primeros afectados, ya que reciben a las llamas en primera fila, pero la problemática se extiende a la fauna de la que Costa Rica se enorgullece.
A diario, los animales silvestres sufren quemaduras superficiales o profundas en su piel, patas y plumaje; pierden sus nidos y alimentos; se golpean al intentar huir; su comportamiento se altera por el estrés; y se intoxican por exponerse a la ceniza.
Cuando se desata un incendio, las serpientes y las tortugas procuran refugiarse, aunque muchas mueren por el calor. Lo mismo ocurre con los invertebrados del suelo, como el gusano deformado que se arrastra tratando de esquivar las pisadas de los brigadistas.
Según Yeimy Cedeño, jefa del Departamento de Control, Prevención y Protección del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac), las especies más vulnerables son los reptiles y anfibios con baja movilidad, seguidos por los mamíferos.
“Hay una mortalidad directa de plantas y animales por calor, humo y las llamas. Esa pérdida de biomasa y la reducción de la cobertura vegetal propicia la erosión. Toda la alteración del hábitat hace que se pierdan refugios, recursos alimentarios, sitios de anidación y hay una mortandad o un desplazamiento de la fauna”.
— Yeimy Cedeño

De ello fue víctima el venado bebé que permanece en cuarentena en Apami Wildlife Rescue Center, un centro de rescate de vida silvestre en Santa Cruz, Guanacaste. Intentaba escapar del humo y en el proceso se lastimó. De haber alcanzado la carretera, pudo haber sido atropellado.
En cada accidente de fauna se invierte tiempo, energía y dinero, según Juan Cruz, brigadista forestal y cuidador del centro de rescate. La atención de ese venado cuesta $3.000, por ejemplo.
“Nada hacemos nosotros aquí con rescatar, rehabilitar animales y después los liberamos y el peligro va a seguir ahí afuera”, añade Crystal Badilla, gerente de Apami.
Y mientras los bomberos hacen su parte por tratar de rescatar a estas especies, se exponen a efectos inmediatos y crónicos: dolor de cabeza, mareos severos, olas de calor, conjuntivitis e intoxicación por monóxido.
“La gente no mide cuánto puede llegar a afectar y lo ven como algo normal en su vida cotidiana. Dicen: ‘Ahí están los bomberos atendiendo, hay una quema forestal cerca de mi casa. Hay que limpiar el terreno, entonces prendámosle fuego’. Todas esas cosas van a afectarles tarde o temprano” advierte Alonso Castro, uno de los paramédicos del Cuerpo de Bomberos.
Esto se va a poner peor
A 212 kilómetros de San José, un centenar de bomberos rotan para apagar los incendios forestales. Desde el 1.º de febrero viven temporalmente en el campamento de Huacas, en Santa Cruz, uno de los distritos más calurosos del país.
Sus días inician y terminan en unas tijeretas envueltos en extremo calor. A 40 °C se duchan, se visten con dos capas de ropa y se dirigen al chequeo médico. En la ambulancia revisan sus niveles de presión arterial, frecuencia cardíaca, carboximoglobina y metamoglobina; y una vez con el visto bueno, desayunan dos huevos con tostadas para escuchar el informe operativo.
En un camión de monitoreo observan cifras en tiempo real: incendios activos, controlados y en atención según orden de prioridad. Con esa información planifican la jornada, bajo el lema que reza en sus camisetas: “Llegamos juntos, entramos juntos, salimos juntos”.
Esa mentalidad la trasladan al campo, donde se apoyan de tecnología de punta. Los drones y las tabletas que usan los jefes de cuadrilla les permite enviar información al Sistema de Alerta Temprana de Incendios Forestales (Sativ), alimentado por datos satelitales de la NASA.

Allí registran los puntos de calor y control, el polígono del incendio, la cantidad de hectáreas quemadas, las fotografías del avance del fuego, las rutas de acceso y elementos ambientales como ríos o corredores biológicos. La meta es que, eventualmente, esta herramienta funcione para brigadistas de otras instituciones.
De acuerdo con el informe 2025 de The Lancet Countdown sobre salud y cambio climático, el promedio de exposición a un incendio en Latinoamérica aumentó en un 26,4% entre 2020–2024 en comparación con 2003–2007.

Cuando salen del campamento, leen los valores encima de los toldos que de lunes a viernes están poblados de bomberos y los fines de semana de voluntarios. Abnegación, honor y disciplina.
De vuelta en la llamarada, pasan horas con los ojos enchilados, las plantas de los pies quemadas y la nariz cubierta de residuos. Cualquier persona ajena al oficio se quejaría. En suma, porque las arañas y hormigas se suben al uniforme y siempre es probable que se reviente un panal.
Un bombero forestal ni se inmuta; al contrario, muchos quisieran continuar en el fuego pasadas las 5 p. m., pero se los impide la falta de la luz del sol. Es todavía más complicado acá, en el corredor seco centroamericano, que pronto recibirá el fenómeno meteorológico de El Niño.
“Ese tipo de ecosistema en Guanacaste y el norte de Puntarenas, que son las zonas del país que tenemos con mayor afectación, es definitivamente el más impactado por sus características de áreas secas, periodos prolongados de sequía, baja humedad y precipitación, y fuertes vientos”, apunta Yeimy Cedeño, del Sinac.
Tampoco ayuda el contexto global. 2024 fue el año más caliente registrado, con una temperatura media de 1,55 °C por encima de niveles preindustriales.
Guanacaste no se escapa de las secuelas, sobre todo en febrero, marzo y abril, los meses más calurosos. Y mientras lidian con las cifras históricas de los incendios forestales, algunos bomberos se antojan de un café.
Lo piensan y lo saborean, metidos en el bosque prendido, cuando, de repente, el jefe de cuadrilla les grita: “¡Viene el fuego! ¡Vamos, que yo sé de qué están hechos!”. Entonces se ajustan el pañuelo y corren por las orejas que cayeron de un árbol de Guanacaste. El café, humeante y abandonado, se enfría.
“A veces se habla del daño ambiental, lo cual es una realidad, pero hoy estamos viendo daños a nivel de la economía, hoteles que no pueden operar, aeropuertos que tampoco pueden funcionar en forma continua, problemas en las carreteras con el humo que genera accidentes de tránsito. También se ve el tema de la contaminación de mantos acuíferos con residuos de los incendios forestales”.
— Héctor Chaves, director del Cuerpo de Bomberos
La valentía tiene precio
“La salvada es que hay viento” pensaría cualquier persona que los ve trabajar; nada mejor que refrescarse con el océano Pacífico de fondo. Quizás los únicos que difieren son los bomberos, porque además de expandir el fuego, un ventolero los deshidrata.
Para combatir estas emergencias, se han destinado más de ¢75 millones en los incendios forestales en Guanacaste de este año, según Héctor Chaves, director del Cuerpo de Bomberos.
En cuanto a la protección de las áreas protegidas —que es competencia del Sinac, pero frecuentemente recibe la colaboración de Bomberos— el Programa Nacional de Manejo Integral del Fuego cuenta con un presupuesto de ¢200 millones para atender las necesidades operativas.
De regreso al campamento, los bomberos se saludan entre sí y toman asiento para conversar de los partidos, los niños, los autos.
A su alrededor vuelan luciérnagas. Uno repasa en un mapa las hectáreas que hoy vio quemarse. Otro le contesta: “Welcome to Guanacaste”.
