Roberto García H. (roberto.comunic@gmail.com). 30 noviembre
Ilustración: William Sánchez
Ilustración: William Sánchez

Que las cosas no siempre salen como uno desea, más que una expresión trillada, es una realidad. A media tarde del martes 12 de noviembre ingresé de muy buen humor a un banco privado en el centro de San José, a depositar mi cuota destinada a una fiestecita que un grupo de amistades le organizamos a Marcelo Castro, conocido y destacado periodista y mejor ser humano, un chavalo fuera de serie, tan carismático que a muchos nos da por rajar con que somos sus amigos.

Era una tarde prenavideña. Los vientos alisios me hacían divagar en torno al aguinaldo, la fiesta de Chelo, el amigo invisible y las bolas del arbolito. Me dirigí a la sección de cajas y me senté a esperar. “Hasta aquí vamos bien”, diría el pollo. Para completar el chiste, estaba lejos de imaginar que me encontraba justo en la puerta del horno. Mirando hacia uno y otro lado, percibí que dos o tres clientes no entendían cómo realizar sus respectivos trámites.

Recua de inútiles, me decía a mí mismo, con lo fácil que es hacer cualquier diligencia en la ventanilla de un banco. Mientras me alisaba tranquilamente mi frondosa cabellera blanca, al mejor estilo del galán Richard Gere, apareció el número de mi boleta en la pizarra electrónica.

Me tocó la caja número tres. Me apersoné y ahí no había un cajero visible, de esos de carne y hueso. De pronto, se encendió una pantalla y apareció una señorita que habló, como quien dice, desde el cajón de la tele. Me ordenó que introdujera la cédula de identidad, el dinero, el número de cuenta y el nombre de la persona a la que haría el depósito, todo junto, en un tarrillo medio extraño que tenía al frente.

Abrí el tarro luego de forcejear con la tapa, pues la estaba manipulando al revés. Puse lo solicitado y volví a colocar el tarro en su sitio. Bueno, no exactamente, porque había un vidrio que impedía ubicarlo en el punto preciso. “No meta la mano. Deje el tarro ahí”, me dijo la cajera a través del micrófono. Sin embargo, el vidrio seguía sin levantarse. Pasaban los minutos. La cajera esperaba. Y yo también, por supuesto. En eso se acercó un guarda y me ordenó que empujara el tarro.

De inmediato, la mujer contradijo al oficial e insistió en que no, que lo dejara ahí. “Usted me dice una cosa, y la cajera, otra, ¿qué hago?”, le espeté al vigilante.

Miré otra vez a la pantalla y la dama gesticulaba, sin que yo pudiera oír absolutamente nada. ¡Carajo!, ¿estaré quedándome sordo?, pensé. Pero, no. Ocurría que de pronto se había estropeado el micrófono. “¡No haga nada, no haga nada!”, me indicaba por señas.

A esas alturas ya me había convertido en el foco de atención de la clientela. Yo miraba a la cajera y ella también me miraba. Yo quería gritar y ella, como hablando en lenguaje LESCO, decía: “¡Suave, suave!”.

¡Qué suplicio! Me empecé a marear, inseguro y nervioso. En un dos por tres, mis cabellos plateados, esos que alisaba minutos antes a lo Richard Gere, se me convirtieron en las mechas de Matusalén.

Culpándome a mí mismo –ese es uno de mis defectos, sentirme culpable por todo— me auto recriminaba por no saber cómo embutir el puto tarro en un tubo. De verdad, estaba frustrado. Como le sucedió a Gregorio Samsa en La Metamorfosis (Franz Kafka) cuando amaneció un día convertido en un enorme insecto, sentí que mi trasero se transformaba gradualmente en una gran cola de dinosaurio, tan estorbosa como la de la mascota del Saprissa.

El barullo aumentaba y cada vez que yo me volteaba a ver, los clientes se caían de las sillas, barridos por mi aparatosa cola. Y yo sudando tacacos. Por fin, la ventanilla se abrió. Introduje el tarro y este se disparó hacia arriba. Mi cédula, el papel con el número de cuenta y los billetes volaron en un santiamén, encapsulados en aquel cilindro que me hizo recordar al transbordador espacial Challenger.

Tras semejante estropicio, caí en la cuenta de que me había equivocado en la cantidad y había depositado el doble de la cuota.

Aproveché la resurrección del micrófono y le dije a la doña que, en realidad, el depósito era nada más por la mitad. Me indicó que no había manera de arreglar eso, que ella no podía revertir el trámite.

Ya bien cabreado (lo reconozco) le exigí que anulara la gestión.

“Espérese, porque tengo que pedir autorización para hacerlo”. La cosa fue que después de 40 minutos en un puro jaleo, la mujer anuló la transacción y yo salí bufando de aquel moderno establecimiento, símbolo del progreso y un portento de la tecnología, ciertamente; no obstante, impersonal y hermético. No sé por qué, parado ahí en la acera sin saber qué hacer ni para dónde agarrar, me dio por observar el Parque Central y recordé el episodio de un hombre que hace muchos años, asfixiado por la presión social, se subió en son de protesta al cucurucho de una araucaria, al frente de la catedral. Juro que, de no haber sido por el patético estado de mis rodillas, maltrechas y quebradizas como galletas de soda, esa tarde de vientos alisios yo hubiera hecho lo mismo.

Porque ganas no me faltaron.