Jorge Arturo Mora. 20 enero
Ilustración para Tinta Fresca del 19 de enero del 2020. Ilustración: William Sánchez.
Ilustración para Tinta Fresca del 19 de enero del 2020. Ilustración: William Sánchez.

Sentada y haciendo que me mira a pesar de su ceguera, doña María José me dice que suele soñar con un precipicio sin fondo en el que cae todas las noches, cuando apaga las luces de su casa y cierra sus párpados.

Me aterra la imagen, no le puedo mentir, sobre todo cuando encorva sus cejas para apalabrar su memoria. “Es un hueco, grande. Como el de una construcción, pero no hay obreros. No hay nadie. Solo estoy yo, yéndome. Cayendo. Para siempre. Como si me muriera”. Lo dice girando sus manos en el aire como si sus palabras se le escaparan; como si estuviera esculpiendo algo que yo no puedo ver.

Me dice que ese abismo se mira infinito, pero que tiene un final que distingue por un crujido de vidrios rotos.

Ella imita el sonido y la piel se escalofría, porque pienso en su frágil cuerpo estrellado en una cama de piedra, quebrado, dejando como marca imborrable sus inimitables anteojos circulares que le permiten ver sombras en la luz diurna.

El único alivio de esta conversación es saber que esta fatídica imagen es solo una idea, algo perteneciente a otro mundo. Algo del mundo fuera de la vigilia.

Pero cada vez que me repite su travesía onírica deja ver en su voz como si sus sueños no fueran sueños sino viajes en el tiempo; como si se tratara de un tren que solo camina hacia adelante hasta el día de su muerte.

Al contarme la historia observo con detenimiento su mirada. Tiene sus ojos puestos en los míos, y parece buscar una respuesta a su enigma en el rostro de un muchacho treinta años menor. La muerte la aterra.

Yo le digo que la respuesta a ese abismo debe de estar en su vida misma, en su pasado. Cuando visitó por primera vez el viejo restaurante de su padre perdido. Cuando su nieto nació hace un lustro. Cuando viajó por primera vez. Cuando probó aquel platillo mexicano que enchiló su paladar toda una semana.

Doña María José me escucha y asiente. Decide sentarse en su sitio usal en el parque del barrio, ese que es su sitio de reposo a pesar de que no es más que una parcela de zacate mal cortado que es cobijado por la sombra de un árbol de yos.

Su gran sombrero también la protege. Se sienta con perros desconocidos –cada día es uno diferente– a esperar que el aire le diga algo; que la sombra tome alma y se levante para decirle por qué está ahí sentada y por qué sueña lo que sueña.

¿Qué por qué la muerte no tiene forma humana? Tampoco lo sé.

Me repregunta sobre el significado del abismo y ya no sé qué más contestarle. ¿Qué se yo de los sueños? Solo me queda serle honesto.

Cuando sueño, el rastro me persigue por unas horas. No muchas. No importa si morí o resucité dentro de mi mente.

Lo que hago es recuperar mi vida en la hora del desayuno, entre el jugo de naranja y la tostada mañanera. Cuento el sueño en voz alta aunque nadie me escuche y dejo que las pesadillas se las traguen las paredes.

Le sugiero hacer lo mismo.