Mónica Morales. 28 junio
 Ilustración: Juan Carlos Alpízar
Ilustración: Juan Carlos Alpízar

De verdad no quería escribir sobre la pandemia porque el tema me tiene abrumada, pero de qué otra cosa se puede escribir tras 100 días de encierro y escaso contacto con el mundo exterior.

Para empeorar la situación vivo en un cantón con alerta naranja. Desamparados, ¿por qué sos así?

Mi rutina de media jornada laboral debido a la crisis económica que trajo todo esto, me desconcierta. ¿Qué hago con la mitad del tiempo libre, pero con la mitad del salario?

Los primeros días en casa empezaron a surgir necesidades antes inexistentes. Urge construir un deck en el patio para tomar el sol, me precisa crear una huerta para tener autosuficiencia alimentaria, necesitamos cambiar las ventanas por unas que bloqueen el ruido de los vecinos. Nada de esto era tan urgente cuando la casa era solo el refugio para dormir; ahora que vivimos acá día y noche, hasta quiero construir nuestro propio gimnasio.

Por supuesto que estoy soñando. ¿Cuál deck, cuál huerta, cuál gimnasio... con medio salario?

Pronto mi cabeza vuelve a la realidad y me dedico a hacer lo que realmente puedo: aburrirme.

Bendito sea el aburrimiento. Por aburrida me terminé de leer unos libros que tenía pendientes, lavé las alfombras y las puse al sol, saqué la ropa que ya no uso (y tampoco me queda porque claro que he engordado en cuarentena), hice pan de minuto, pan dulce, mousse de mora, queque de chocolate, queque de vainilla y queque de zanahoria (porque por algo hay que engordar).

La vez pasada estaba tan aburrida que sembramos tres árboles: de limón, de naranja y de aguacate. Mi hija se está volviendo una experta en jardinería; mi esposo, un experto en apear limones. Yo, por mi parte, me sigo aburriendo.

Me aburrí tanto que le construí una casa imaginaria a Juli para jugar por las tardes y no aburrirnos tanto. De no haber sido porque vino el lobo feroz, sopló y nos derrumbó la casa, no estaríamos tan aburridas en este momento pensando en qué otro juego inventarnos para sobrellevar la situación.

Ya les corté el pelo y le hice el manicure a todos los miembros de mi burbuja. Sí, incluidos los cuatro perros. Al gran danés le lucen espectaculares las uñas rosadas y, por primera vez en meses, los bigotes de la zaguatita quedaron parejos.

Le enseñe a Juli algunas posturas de yoga, vimos una obra de teatro virtual, quité la maleza del patio, y no tengo deck pero tiré un colchón inflable que quedó perfecto para tomar el sol por las mañanas, mientras nos comemos un helado de paleta hecho en casa por mí misma en un ratito de aburrimiento.

He hecho videollamadas con mis amigas, reuniones por Zoom con viejos contactos y hasta soporto con gusto la llamada telefónica de una hora con mi abuelita, que me repite una y otra vez lo mismo, incluida la receta del pan de minuto (¡gracias, abuelita!).

Estoy tan aburrida que he escrito más que nunca. Tanto así que en la de menos publico un libro. De todas maneras ya tuve una hija y ya sembré un árbol, el libro es lo último que me falta para, por fin, poder aburrirme en paz.