Roberto García H.. 1 diciembre
Ilustración: Dominick Proestakis
Ilustración: Dominick Proestakis

Navidades de confeti, manzanas escarchadas y algodón de azúcar en la Avenida Central. En los años sesenta a los chiquillos nos llevaban al avenidazo, que no se llamaba así ni se promovía con la avidez comercial de la actualidad. Esencialmente, respondía al pronóstico del tiempo en la piel de los habitantes de la pequeña ciudad, con sus vientos alisios, sus tardes frías y sus noches luminosas.

Disfrutábamos con la lluvia de papelitos que simulaban la nieve que conocíamos solo en fotografías o en el cine. Lanzábamos divertidos el confeti a alguna niña que nos cautivaba a primera vista. La lluvia de papelitos era santo y seña, o tímido anzuelo de amor ingenuo. También ocurría que algún mamulón le arruinaba a uno la manzana escarchada con un chaparrón de confeti que la volvía imposible de roer.

Son recuerdos imborrables de la memoria, mas no del pasado, porque la vida es intemporal. Somos del ayer, sentimos el hoy y atisbamos el futuro con las mismas alegrías, tristezas y contradicciones de los habitantes de un país que perdió, no sé cuándo, cómo, ni dónde, la espontaneidad casi campesina que le caracterizaba, para derivar en una masa autómata que deambula con el “pura vida” estampado en llamativos logos, pero desconectado del alma sombría en la que nos vamos convirtiendo. Es un vértigo similar al que muestra la película El huevo de la serpiente, largometraje de Ingmar Bergman. Las gentes caminan por la ciudad de Berlín y sus rostros en blanco y negro revelan un desfile de silencio y dolor, en el año 1923. Uno de los personajes del filme, el Dr. Vergerus, dice: “Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”.

Me duele mi país, devastado por la iniquidad social, enajenado por grupos y grupúsculos con privilegios odiosos e intereses mezquinos, con ídolos de barro y falsos educadores; léase, la pedagoga del exabrupto contra la autoridad ministerial, y millonarios de nuevo cuño, merced a sus transacciones de dudoso origen.

Me duele esta patria vulgar y rudimentaria que pulula en las rotondas de la capital, con el demonio de la prisa y el grito soez en refriegas de tirios y troyanos que pugnan por avanzar dos metros en sus trincheras rodantes. Desde mi óptica de adulto mayor, resiento la forma en la que nos sacan de circulación y nos mandan a descansar, cuando queda tanto por hacer y tenemos tanto que aportar. Me escuece la indiferencia de las entidades deportivas cuando fallece alguna de sus glorias, como Wálter Elizondo Gómez, el mejor defensa central del fútbol profesional de las últimas décadas. Ni una mención, ni una esquela, ni siquiera un minuto de silencio en las semifinales de la Primera División.

Alguien en este país abrió la Caja de Pandora. El argumento de El huevo de la serpiente refiere que en la Alemania de los años veinte se intuía el auge del totalitarismo nazi. Todo el mundo era capaz de verlo, incluso con cierta simpatía, pero nadie atinó a prever ni anticipar las consecuencias, más o menos como esta muerte anunciada de nuestra tradición civilista.

En épocas de oscuridad, la prudencia aconseja rescatar los valores y disfrutar con las cosas simples. Reorientemos el sentido de la Navidad. Quizás si empezamos por nosotros mismos, con la intención genuina de sonreír al prójimo, con desearle el bien y, por qué no, abrazarle. Un café compartido, la calidez de la presencia, el placer de una conversación, acciones cotidianas pero relevantes sobre la superficialidad de WhatsApp´s y emojis con el pulgar hacia arriba y besitos de corazón. No creo pecar de pesimismo extremo, si advierto que estamos perdiendo el norte en el corre-corre de una sociedad enferma, tan proclive a la ostentación y a la vez tan lejana del sagrado mensaje de austeridad de aquel pesebre humilde de Belén donde nació, hace más de dos milenios, el Hijo de un Carpintero.