
Siempre he dicho y escrito de mi predilección por los calendarios de papel, que se cuelgan en las casas y en las oficinas. Se tachan las fechas conforme transcurre el mes y, al desprenderse del almanaque, la hoja inicia un descenso al vacío que, sabrá Dios por cuál artilugio del tiempo, aterriza en algún rincón de la memoria y retrotrae risas y lágrimas, insumos indispensables en la construcción del futuro de cada ser, un porvenir que al fin de cuentas no existe, pues, hasta el sol de hoy, lo ya vivido es lo único cierto.
El 20 de julio se cumplieron cincuenta años de la llegada del hombre a la Luna, cuando Neil Armstrong puso un pie en el suelo selenita (1969). Fue el paso pequeño de un hombre, gigantesco para la humanidad. Además, hace trece años, el 25 de julio del 2006, falleció Paco Navarrete, connotado compositor nacional.
Inspirado en aquel paso histórico, el artista que marcó una época en la música popular, compuso El Mar de la Tranquilidad, bellísima pieza instrumental, una de las obras más importantes en el pentagrama costarricense. Por eso narro aquí mi vivencia particular, en torno a un personaje que, como los grandes artistas nacidos en esta tierra, nos pertenece por igual.
Hace poco, en una conversación casual con el doctor Fernando Morales Martínez, quien era el director del Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología, donde Navarrete pasó las últimas horas de su existencia, Morales recordó la vez que lo visitó, en su lenta y dolorosa agonía. Como quien rebobina un filme de juventud, en aquella noche callada del hospital, acudió a la mente del médico el fervor que transmitían Paquito y sus amigos en los años promisorios de su carrera musical. “Evoqué al famoso organista y a las decenas de admiradores (as), en sus tardes bailables del Costa Rica Tennis Club”, relató el actual decano de Medicina en la Universidad de Costa Rica.
Yo también conservo imágenes de Navarrete y su orquesta en el club Bocaccio, unos 25 metros al este de Chelles, en el centro de San José. A mediados de los años 70, asistía religiosamente a Bocaccio cada “jueves de salsa”, en compañía de una persona muy especial: Sarita Ortiz, la madre de Paco, una adorable señora de cuya sabiduría absorbí verdaderas lecciones de vida. Me enseñó, por ejemplo, a mirar directamente a los ojos de las personas e identificar así la sinceridad, o escudriñar a los aduladores, caudal de experiencia que Cananita, como le llamaban sus nietos, me transmitía generosamente con su verbo ameno y chispeante.
Ubicados en la mesa más cercana a la tarima de la orquesta, éramos un veinteañero y una abuelita revolucionaria en pláticas interminables, mientras la madrugada hervía en salsa y frenesí.
Reflexiono. Evoco. Escribo. Una tarde de julio (2006) visité al maestro, junto con mi amiga Marianella Jiménez Navarrete, sobrina suya. María Teresa Echandi, la esposa de Paco, nos recibió amablemente. Él convalecía en su habitación, tras uno de sus internamientos. Con su habitual buen humor, pese a las vicisitudes, expresó: “Vieras el alivio que siento cada vez que me dan la salida del hospital, tanto que, en cada regreso a casa, aprendí a identificar las calles del barrio con solo atisbar desde la camilla, en la ambulancia, los postes y los cables de la electricidad”.
Pasamos un rato muy agradable. Sostuvimos una profunda conversación, con remembranzas de sus años de gloria y el recuento de pasajes dramáticos de su trayectoria. Horas después, nos despedimos. Al abrazar el cuerpo frágil del admirado maestro, ambos intuimos, en la atmósfera de la habitación, que aquel sería nuestro adiós; él lo supo por mi emoción contenida; yo, por su sonrisa triste.
Creo oportuno recordar también una noche de 1977 en el hotel Costa Rica, en vísperas de su partida a Los Ángeles, Estados Unidos. Paco se disponía a viajar para reinventarse. Interpretó en el teclado el tema My way. El fin se acerca ya, lo esperaré, serenamente… dice la letra de esa mítica pieza. Su ejecución instrumental alcanzó tal maestría que, atrapados por un torbellino de emociones y sentimientos encontrados, los presentes mezclábamos los vítores y los aplausos con lágrimas que nadie podía ni quería evitar.
Gracias por el honor que usted me concede de compartir la dimensión de un hombre extraordinario. Le invito a buscar, vía internet, El Mar de la Tranquilidad. Escuche, imagine, vuele con la melodía. Comprenderá por qué el genio creador de Navarrete aún nos eriza la piel.
Réquiem por el gran artista nacional que supo rendir tributo al primer hombre que puso un pie en la Luna.