Revista Dominical

Sus perros son sus ojos: así es la vida de quienes caminan guiados por un can

Ni el 1% de la población con ceguera o con discapacidad visual de Costa Rica cuenta con un perro guía. Quienes sí cuentan con estos valiosos compañeros lidian no solo con aceras y calles de terror, sino también con la incomprensión de una sociedad poco informada

Ángel es la perra guía de Yorleny Araya Artavia. El animal ya cumplió 11 años y debe pensionarse, pero para Araya, quien es no vidente, salir de su casa sin el apoyo canino es muy complicado, pues desde hace poco más de dos décadas va a todas partes con un can que orienta sus pasos.

Desde hace dos años, Yorleny envió los documentos a la escuela de perros guía Leader Dogs for the Blind para que le donen uno de estos animales. Sin embargo, aún no recibe respuesta positiva por parte del centro de entrenamiento, que se encuentra en Estados Unidos.

De acuerdo con Araya, el problema es que la escuela, ubicada en Rochester Hills, en el estado de Michigan, todavía no está entregando perros debido a la pandemia. Por esto, Ángel, su perra labrador, ha trabajado un año más de lo que debería.

“La seguridad que Ángel me da es muy grande, es como andar con una persona al lado. A ella lo único que le falta es leer y hablar, para que me lea los rótulos. Entonces, ya yo entregué toda la documentación (para obtener un nuevo perro guía) y sigo esperando”, relata.

Eso sí, la vecina de Heredia confiesa que mientras la pandemia siga presente, ella prefiere que no le den un nuevo perro guía, pues para practicar con el animal necesita salir y en los últimos dos años ha hecho teletrabajo, por lo que entre semana casi no deja su casa. No obstante, cruza los dedos para que le digan que sí se aprueba su solicitud, pues de otro modo tendría que volver a acostumbrarse a sólo contar con el bastón al movilizarse.

De recibir una respuesta positiva, a Yorleny la escuela le estaría donando su tercer perro guía, pues antes de Ángel tenía a Cedar, otra labrador que estuvo junto a ella por más de una década, desde el 2001.

En aquel entonces ella tenía 19 años y aplicó por la donación de un perro guía luego de pasar una década insistiéndole a sus papás que quería uno de estos animales. Ella, al igual que su familia, padece de retinosis pigmentaria, una enfermedad hereditaria en la que poco a poco va perdiendo la vista.

Cuando tenía nueve años, Yorleny conoció la función de los perros guía luego de que una mujer llegara a Sábado Gigante para mostrarle a don Francisco los beneficios que estos animales significan para las personas ciegas. Ese día ella se prometió conseguir uno de estos canes y ahora, tras haber contado con dos de ellos, puede dar fe de que esa era la mejor decisión que pudo haber tomado: Ángel la cuida, le ayuda, le da seguridad y le permite ubicarse mejor.

“A mí, por ejemplo, me gusta caminar tan rápido como se pueda y mi perro guía me ayuda en eso, más cuando voy sola o si ya está entrada la noche o si voy por un camino desconocido y no sé qué tan seguro es caminar por allí. En cambio, con bastón no es prudente caminar muy rápido, menos con la gran cantidad de huecos, aceras en pésimo estado, obstáculos, carros o motos en las aceras, paredes con salientes, chinamos y gente despistada”, explica.

Y aunque Ángel ya sabe que a Yorleny le gusta caminar rápido, en más de una ocasión la ha forzado a reducir velocidades y la socióloga entiende que es por cuidarla de los obstáculos en su camino. Ella recuerda que una vez su perra guía iba despacio, pues por donde transitaban no había acera y la cuneta era muy honda.

En otra ocasión el animal caminaba en zigzag para evitar que Yorleny se tropezara en los huecos que había en la acera. O bien estuvo el día en que Ángel se detuvo por completo, sin que la mujer entendiera del todo por qué... hasta que un camión que venía de frente pasó silvándoles muy cerca.

“Ellos toman decisiones y saben cuándo tienen que bajarse de la acera, por ejemplo”, asegura Araya.

Sin embargo, su vínculo va más allá, pues entre la persona y el animal se forja un lazo muy fuerte de amor. Es su perro, su guía pero también es su fiel compañía a quien baña, le lava los dientes, alimenta y le limpia el rostro.

Si a Yorleny no le aprueban su solicitud para un nuevo perro guía, ella no podría acceder a otro animal de este tipo, ya que la Leader Dogs for the Blind es la única escuela que dona perros guía para personas no videntes en Costa Rica.

En nuestro país no existe un lugar especializado que entrene este tipo de animales, de allí que sea tan complejo para una persona ciega o con discapacidad visual acceder a un perro guía.

Si bien no hay una estadística clara de cuántos perros guía hay en suelo tico, la cantidad sin duda es reducida. Prueba de ello es que la iniciativa Perros Guía Costa Rica, que ayuda a las personas que cuentan con uno de estos animales, contabiliza apenas 12 en el país.

La cifra representa a menos del 1% de las personas ciegas o con discapacidad visual que la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) atiende. Según los datos suministrados por la institución, en el 2021 se dio seguimiento a 23.816 personas con ceguera o discapacidad visual.

Del total, 13.235 son mujeres y 10.581 son hombres.

La situación se agrava dado que, en lugar de incrementar la cantidad de perros guía en Costa Rica, la población podría reducirse en un par de años, pues de acuerdo con Gibdel Wilson Martínez, quien impulsa el proyecto Perros Guía Costa Rica, la escuela que tradicionalmente donaba estos canes al país ya no lo está haciendo.

“Antes había más perros guía porque la escuela Leader Dogs daba regularmente perros a Costa Rica, es la única que daba perros guía al país y había una persona encargada de Latinoamérica y una persona en Costa Rica que servía como enlace. Sin embargo, la comunicación entre las partes se perdió y dejaron de ayudar al país”, narra Wilson.

En el año 2002, un grupo de personas había constituido la Asociación Costarricense de Personas con Perro Guía (Acoopeg) y era por medio de esta que se conseguía la información sobre donaciones. Dicha organización ya no se encuentra vigente.

Desde entonces, Wilson asegura que ninguna institución en el país se ha preocupado por contactar las escuelas caninas y pedirles ayuda.

“Por ejemplo, muchas organizaciones ayudan a la escuela de Estados Unidos y le dan donaciones y la escuela puede tener dinero y sí le puede dar al país (perros guía), pero Costa Rica nunca ha ayudado a la escuela, no ha visto ningún interés del país.

“Y es muy bonito recibir y recibir, pero también hay que ayudar. Lo que pasa aquí es que las instituciones que deberían promover o contactar a las escuelas de perros guía y ayudar a las personas ciegas aquí no lo hacen”, asegura.

De hecho, Wilson asegura que cuando una persona llama a preguntar por un perro guía a alguna institución lo refieren con él.

“Es como esperar a ver a quién le nace en otro país ayudar, que nadie lo va a hacer porque un perro guía es muy costoso. Las escuelas no están así como diciendo: ‘regalemos’. Si uno quiere que le regalen algo, tiene que moverse, demostrar interés, decir: ‘bueno, aquí vamos a ayudar con esto, le vamos a conseguir perros y vamos a ayudar con eso’”, agrega.

Wilson también es usuario de perro guía. Jelly fue donada por la Escuela para Entrenamiento de Perros Guía para Ciegos y A.P., con sede en México. Esta es una escuela que sí está donando perros a Costa Rica, sin embargo, la poca información al respecto ha provocado que “de aquí nadie haya solicitado uno”.

“La escuela de México sí está abierta a ayudar a otros países, pero la gente no lo sabe y ese es el problema: la gente no sabe dónde buscar”, dice.

Entre otras cosas, los requisitos para obtener un perro guía incluyen demostrar que las personas tienen la solvencia económica para mantener al animal, pues ellos comen un alimento especial, se deben vacunar todos los meses, y bañar con frecuencia debido a que suelen salir de la casa muy seguido y hay que mantenerlos aseados.

Perros Guía Costa Rica nació cuando la escuela de Michigan aún donaba perros al país. La intención era poder ser el patrocinador del alimento de los canes, para que a más ticos les aceptaran su solicitud.

Este proyecto logró conseguir el patrocinio de la marca Hills, que es la que se encarga de donar el alimento para 12 perros guía que forman parte del proyecto en nuestro país. Además, la marca Kia Motors dona el transporte y se encarga de llevar el alimento hasta los hogares.

En una nueva etapa, Wilson espera poder conseguir el apoyo para que Costa Rica tenga su propia escuela de perros guía y que más personas ciegas puedan acceder a uno de estos animales.

“Este proyecto lo hicimos por fases, ya llevamos tres fases. La cuarta es hacer una escuela de perros guía acá. Sin embargo, se necesita un terreno y se requiere un edificio especializado para eso, pero todavía no lo tengo, no tengo quién me ayude para hacerlo.

“Incluso, tengo un ofrecimiento de la Leader Dogs, pues ellos capacitan personas para que sean entrenadores de perros guía, pero yo no tengo el recurso para mandarlos seis meses allá a estudiar. Eso es parte de lo que me falta hacer; en resumen tengo que conseguir el terreno, conseguir el edificio y conseguir el presupuesto para mandar a las personas allá”, afirma WIlson.

Para Yorleny Araya subirse al bus era lo más tedioso de su día a día, no porque le costara o porque tuviera problemas a la hora de acomodar a su perro guía, sino por el chofer. Ella sabía que todas las mañanas la esperaba el reclamo del conductor porque ella se subía al automotor con el animal.

Además, recuerda que la primera vez que quiso ingresar a un centro comercial, el oficial de seguridad le dijo que no podía entrar con el perro.

“Después de explicarle que se trataba de un perro guía y los derechos que por ley tenemos, el oficial de seguridad me dijo: ‘Bueno, pero llévelo alzado’... Yo no me imaginaba cargando a mi perra de 28 kilogramos, entonces le pregunté: ‘¿y quién me guía a mi?’”, afirma.

El desconocimiento y la ignorancia de los demás son un dolor de cabeza para quienes tienen un perro guía. Al igual que Yorleny, Marco Chavarría ha tenido que aguantar más de un reclamo por llevar siempre con él a Tonka, su perro guía desde hace cinco años.

Tonka, un labrador cruzado con golden en versión americana, es el tercer perro guía que él tiene. Antes tuvo a Marcelus y a Brody, a quienes recuerda como dos fieles amigos por los que tuvo que pelearse en más de una ocasión.

“En el 2002, con Marcelus yo salía a agarrar bus y no podía. Llegaba a Santo Domingo de Heredia a agarrar bus y tampoco podía. Es una cosa terriblemente frustrante y me acuerdo que en Guadalupe, cuando yo sabía que el bus venía y que no iba a parar, lo que hacía era que simplemente me colocaba en el carril de frente al bus y ahí no me podía pasar por encima.

“Cuando ya me iba a subir, me decían: ‘No, este no es un camión ganadero. Yo no llevo animales’. Sin embargo, las complicaciones se han reducido bastante”, asegura.

Esta incomprensión también la ha experimentado en centros comerciales, restaurantes, e instituciones públicas. No obstante, él ha aprendido a defenderse y a hacer valer sus derechos.

“A mí nadie me va a sacar, no porque sea Rambo, sino porque conozco la ley y conozco mis derechos. Y si usted me quiere sacar, hagamos una cosa: llame a la policía para que sea la policía la que me saque. Obviamente no la van a llamar. Por dicha nunca he tenido que llegar a eso, pero sí he tenido que pelear para entrar a algunos lugares”, agrega.

De acuerdo con Wilson, la realidad es que en los únicos lugares en los que no puede estar un perro guía es en un quirófano y en una cocina.

Los perros guía son diferentes en muchos aspectos. Ellos comen cuatro veces al día, siempre a la misma hora. En la escuela los horarios de comida eran a las 6 a. m., 11 a. m., 4 p. m. y 8 p. m., sin embargo, esta hora se puede variar, pero siempre cumpliendo con un horario.

De esta manera, sus dueños saben que no van a tener que hacer una pausa en su trayecto fuera de casa para que los animales hagan sus necesidades. Además, estos canes no comen absolutamente nada más que su alimento, por lo que, por ejemplo, en un restaurante no se pondrán a pedir comida y más bien se quedarán tranquilos bajo la mesa.

Hacia el final de la legislatura anterior, la ahora exdiputada del Partido Liberación Nacional (PLN) María José Corrales presentó el proyecto de ley para regular el uso, deambulación y permanencia de los perros guía para personas ciegas y perros de asistencia para personas con discapacidad.

La intención de la iniciativa es precisamente “garantizar el libre acceso y tránsito a las personas usuarias de perros guía y de asistencia”, pues así se podría evitar una eventual violación de sus derechos en los lugares en los que no los dejan ingresar.

“El objetivo de la presente ley es promover y regular el uso de perros guía o de asistencia para las personas ciegas o con discapacidad, garantizando el ejercicio del derecho al acceso, libre tránsito, así como la permanencia a lugares públicos o privados de uso público, incluyendo los medios de transporte, en todas sus modalidades, ello en concordancia con la Ley 7600.

“El perro guía o de asistencia permanecerá de modo constante junto a su usuario y/o dueño, sin impedimento que pueda llegar a producir un inconveniente en la asistencia que este preste y no generará para su usuario y/o dueño ningún gasto adicional”, dice el documento.

Este expediente se encuentra actualmente en la corriente legislativa.

Marco es un vecino de Santo Domingo de Heredia, de 45 años, y profesor de educación especial. A él lo acompañan los perros guía desde hace dos décadas, cuando viajó por primera vez a Estados Unidos por uno de estos canes.

El profesor asegura que viajar por un perro guía fue lo mejor que le pudo pasar en aquella ocasión. Allí aprendió que podía tener no solo un amigo, sino un compañero para trabajar en equipo.

“A veces nos sentamos a hablar de la vida y nos ponemos a hacer catarsis. Él no se queja de mí, pero yo me quejo de él y me quejo de la vida y demás. Entonces nos hacemos una pelota.

“Y somos un buen equipo: él sabe dónde se agarra el bus que va para San José, y yo tengo que estar consciente de dónde estoy, para dónde voy y cómo hago para llegar ahí. Es decir, yo aporto la orientación y la movilidad la aporta él”, reconoce.

Él, al igual que Yorleny, tiene retinosis pigmentaria y de forma progresiva perdió la vista.

Cuando don Alberto Quesada Inces fue por su perro guía a Estados Unidos, en el 2001, le explicaron cómo era que trabajaban estos canes adiestrados. En suelo estadounidense las personas reciben un curso, conocen al perro, practican unos días con él y luego regresan juntos a nuestro país.

Los perros aprenden comandos como “adelante”, “atrás”, “izquierda” o “derecha” cuando son cachorros y a partir de ahí saben hacia dónde deben dirigirse. También conocen lo que significa “alto” y “continúe”, de modo tal que los usuarios solo deben decir el comando y el perro obedecerá. Y si bien se les puede enseñar estos comandos en español, las personas ciegas prefieren que se las instrucciones sean en inglés, pues así se evitarán que otra persona, cualquiera que sea, le dé órdenes al perro.

Y es que las personas ciegas enfrentan una gran problemática con un perro guía: la gente.

“A veces la gente no entiende y los toca, o les hace cariño y, en mi caso, Stanley es muy coqueto y el perro se distrae muy fácil. Entonces yo prefiero darle los comandos en inglés para que no le entienda a la gente”, afirma el vecino de Cartago.

En la parte superior de su arnés, los perros tienen un rótulo que dice: “Respéteme. No me hable, no me toque. Estoy trabajando”. Ellos no son una mascota, son un perro de servicio entrenado para ese fin.

Estos mensajes se despliegan no para caerle mal a los demás, sino porque el perro guía es, de alguna manera, los ojos de la persona no vidente, y si el animal se distrae, esto puede confundir a su acompañante, quien se guía por el movimiento del arnés y lleva una ruta ya establecida en su cabeza.

Debido a esto, es que algunas personas ciegas incluso han decidido mentirle a la gente sobre el nombre real de su perro guía, ya que así se evitan que cuando están trabajando, los canes no se distraigan si alguien más los llama.

Don Alberto cuenta que hace 20 años dejó de ver de forma súbita. En ese momento él atravesaba por un periodo de mucho estrés, pues su esposa estaba muy mal de salud y a él le acababan de detectar un tumor.

El 31 de diciembre de 1999 tuvo un dolor muy fuerte de cabeza pero ese día ese dolor no pasó a más. A inicios del año 2000, cuando su esposa falleció y él se encontraba en el novenario, en la iglesia sintió muchas ganas de vomitar.

“A mitad de la misa me salí y vomité. En ese entonces tenía un carro Honda amarillo y me fui para la casa con mis hijos y cuando iba de camino se me cerró la vista y yo me detuve de inmediato. Mi hijo me preguntaba que qué me pasaba y yo le decía que no estaba viendo nada.

“Cuando llegamos a la casa teníamos visita y yo le dije que no los podía atender, que me sentía muy mal y me fui a acostar. Cuando me desperté enciendo la luz porque estaba muy oscuro y me doy cuenta de que no hay luz, y entonces le digo a mi hijo y él me dijo: ‘papi sí hay luz’”, narra.

Luego de muchos exámenes le dijeron que su condición era permanente y que no iba a volver a ver. Así tuvo que irse adaptando a su nueva vida.

Al principio le costaba mucho ubicarse y al usar solamente un bastón se le dificultaba el camino. Fue entonces cuando se enteró que podía optar por un perro guía e hizo todos los trámites para ser el dueño de Buddy. Con él estuvo 11 años, hasta que volvió a viajar a Norteamérica por su actual perro Stanley, en el 2012.

“Yo decía: ‘yo quiero ser independiente, no quiero ser una carga para nadie’. Entonces tuve que ir a Estados Unidos, y allá ellos me dijeron: ‘aquí hay un perro preparado específicamente para usted’. Y como dos o tres días después me dieron a Buddy como para conocerlo, y en mi caso era muy cariñoso y juguetón”, afirma.

Cuando Buddy se pensionó, don Alberto decidió dejárselo como mascota, pues habían estado juntos por una década y así llegó para hacerle compañía el cachorro Stanley, hasta que el viejo perro murió.

Ahora Stanley está en edad de pensionarse, de hecho, ya no puede ver tan bien como antes, pero don Alberto no va a aplicar por otro perro: a sus 80 años considera que ya no es necesario y prefiere que sea alguien más quien pueda ayudarse de un perro guía.

A don Alberto, Yorleny y a Marco les gustaría que más personas no videntes en Costa Rica puedan tener esa oportunidad que ellos tuvieron hace dos décadas atrás, cuando pudieron optar por su primer perro guía y sus vidas cambiaron para bien al lado de un amigo de cuatro patas que les conduce en el caos que se vive afuera de sus casas diariamente.

Kimberly Herrera

Kimberly Herrera Salazar

Periodista graduada de la Universidad Internacional de las Américas. Licenciada en Comunicación de Mercadeo de la Universidad Americana.

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.