Revista Dominical

Sonia Rojas, la diputada indígena de botas de hule y cuadraciclo

Hija de una costurera y un agricultor, fue directora de un colegio al que ni los carros 4x4 podían llegar. Aunque aún no se acostumbra a la ciudad, dice que en la Asamblea Legislativa será la voz de una comunidad históricamente silenciada

Sonia Rojas todavía no se acostumbra al caos de San José. El cambio ha sido brusco, pero, entre risas, dice que sí está logrando adaptarse a la capital.

Ve como un logro el hecho de que ya sabe cómo pedir un Uber, aunque confiesa que a veces le cuesta utilizar la aplicación.

Además, ya sabe cómo llegar del departamento que alquila desde hace un par de meses en Curridabat, hasta la Asamblea Legislativa y viceversa. Eso sí, si le cambian la ruta o si le piden ir a otro lugar de San José todavía se pierde.

Si hace un año le hubieran preguntado a doña Sonia cómo se imaginaba el 2022, jamás hubiera dicho que se veía sentada en una curul representando a las comunidades indígenas del país en la Asamblea Legislativa, pero la política la sorprendió.

Tras las elecciones del domingo 6 de febrero, Sonia Rojas Méndez resultó electa diputada por la provincia de Puntarenas con el Partido Liberación Nacional (PLN). Ese día su vida dio un giro de 180 grados, pues aunque sabía que llegar a Cuesta de Moras era algo que podía pasar, no lo dimensionaba.

Ese día entendió que el cuadraciclo ya no sería su medio de transporte habitual para ir al trabajo y que las botas de hule no iban a ser parte de su vestimenta diaria. Entendió también que debía hacer maletas para asentarse en San José y que tenía que separarse de su esposo, José Lázaro Ortiz (quien es educador en Buenos Aires) y de su familia. Y que en ella recaía el peso de representar a todo un sector de la población.

Esta fue una decisión del pueblo costarricense y fue una elección histórica: Rojas es la primera persona indígena en llegar a la Asamblea Legislativa como diputada, tras una larga lucha para que los pueblos autóctonos estuvieran representados en el primer Poder de la República.

“Ha sido muy fuerte e histórico en todos los sentidos, porque el hecho de ser mujer también es histórico. Es decir, el sur de Costa Rica sólo es representado por un diputado y hoy está representado por una mujer”, afirma.

Ella es indígena bribri, al igual que su mamá, Ana María Méndez, y su papá, José Bernardino Rojas, quien a su vez tiene sangre cabecar y boruca.

Visiblemente emocionada por haber obtenido la curul, que significaba tener representación indígena en la Asamblea Legislativa por primera ocasión, doña Sonia reconoce que es un peso muy grande el que carga en sus hombros.

Entre lágrimas recuerda aquella chiquilla que corría entre las montañas con sus botas rojas de hule y que tuvo que esperar dos años para ir al colegio porque debía turnarse con sus otros ocho hermanos para que todos pudieran estudiar. Hoy su realidad es muy diferente, pero no es así para toda la población indígena. La diputada es consciente de que muchísimas personas tienen la confianza puesta en ella.

“Esto ha sido tan duro para mí, pero las situaciones me dan el impulso de seguir adelante. Yo sé que sí se puede con todo, entonces tengo que luchar y luchar por lo que otros no han logrado. Para que otras personas vean que a pesar de que uno en el camino pasa por un montón de situaciones, puede salir adelante”, asegura.

Hace una pausa, se disculpa por llorar y agrega: “al final de cuentas yo creo que estas lágrimas me demuestran a mí que hay una fuerza interna y me hacen más fuerte para enfrentar los retos de la vida, abrir caminos y que otras personas sepan que sí se puede salir adelante. Eso sí, hay que arriesgar y asumir retos”.

Rojas deja claro que su vida nunca ha estado llena de lujos. Al contrario, cuenta que viene de una familia muy humilde.

Creció en Villahermosa, un pueblo indígena en Buenos Aires, Puntarenas. De allí tenía que caminar una hora aproximadamente para llegar a la escuela de Villahermosa.

Aquellos tiempos los rememora con cariño: siempre con botas de hule rojas (porque era el color favorito de su mamá), con ropa que le regalaban y sus cuadernos en una bolsa de Arroz Boruca.

Era feliz estudiando, aunque en el colegio debió esperar su turno para asistir al centro educativo, dado que su mamá costurera y su papá agricultor no podían costear la educación de ella y sus ocho hermanos. Entonces, mientras unos estudiaban otros trabajaban; y en su caso tuvo que aguardar dos años antes de entrar a la secundaria.

Ese tiempo fuera del colegio le permitió aprender del oficio de su papá en la tierra.

“Yo he sembrado frijoles, arroz y maíz y me ha tocado irlos a vender a la calle”, afirma.

Debido a las limitaciones, su casa era muy sencilla y prácticamente igual a todas las del pueblo: sin electricidad y con piso de tierra. Aún así, la congresista afirma que su infancia fue muy bonita, aunque no tenga fotos de aquellos tiempos.

Cuando finalizó el colegio entendió que la única forma de poder seguir estudiando era dejar su casa; decidió hacer maletas y mudarse al centro de Buenos Aires de Puntarenas. Comenzó a buscar trabajos y becas para poder estudiar y en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) encontró esa oportunidad.

“Me dieron una beca para estudiar un técnico farmacéutico y pude estudiar allí un año y me dieron trabajo. Entonces, mientras trabajaba me podía pagar la universidad y así estudié educación, que era algo que yo siempre había querido: seguir educándome, porque la vida me ha enseñado que es de retos y no sabe uno en qué momento necesita”, asegura.

En los últimos cinco años fungió como directora del Liceo Rural Tsikriyök, al que solo podía llegar en cuadraciclo o a caballo, por lo que se inclinó por el automotor.

“Yo a las 5 a. m. ya estaba montada en el cuadraciclo completamente transformada con botas de hule y todo porque tenía que agarrar una ruta en la que no había calles, sólo podía pasar el caballo y el cuadraciclo. Ahí no entraba ni un carro doble tracción y tenía que capearme los huecos y la zanjas.

“Luego llegaba ahí y veía la necesidad de la población y era muy difícil. Este es un colegio indígena y había sólo un rancho de paja cuando llegué con casi 100 estudiantes que no tenía ni un espacio físico para atenderlos. Era algo drástico y tuvimos que construir un colegio de verdad”, comenta.

Justamente enfrentarse a esa realidad diaria la hizo incursionar en la política en el 2008, en una agrupación cantonal llamada Proyecto Ocho. Siempre estuvo aportando ideas y su conocimiento para mejorar el cantón, hasta que en el 2021 decidió tomar ella misma las riendas de su proyecto.

“La política es bastante dura, cruda e ingrata. Se trabaja muchísimo sin saber qué va a pasar y el año pasado, luego de 13 años en procesos de apoyo para otros candidatos, yo dije: ‘creo que he trabajado mucho para otras personas y ya me cansé. En este momento lo voy a hacer por mí. Si en algo voy a ayudar va hacer porque yo voy a estar, sino no” dice.

Así llegó al Partido Liberación Nacional (PLN) y comenzó su lucha para convertirse en diputada.

Doña Sonia confiesa que desde que fue electa diputada por la provincia de Puntarenas y representante de los cantones del sur siente mucha presión, pues sabe lo que este paso significa para las personas indígenas y no quiere fallarles.

“Hay una reflexión que dice: ‘con todo y miedo camina hacia delante’. A mí el miedo no se me ha quitado, para mí esto es un reto diario, pero aquí seguimos con la esperanza de hacer lo mejor posible por muchos que están esperando y confiando en nosotros, personas que se alegraron cuando vieron que yo era alguien que entiende las necesidades que hay en las zonas pobres en este país”, afirma.

Sin embargo, no se trata solo del compromiso que adquirió con las poblaciones indígenas, sino del temor social, ese al que se enfrenta a diario desde que se mudó a San José.

Si bien en el 2019 ya había tenido la oportunidad de salir del país y viajar a Miami, Estados Unidos, donde el caos vial y los grandes edificios están por toda la ciudad, en esa ocasión solo estuvo de paso.

Por ello, mudarse ahora a la capital ha sido un gran reto, una nueva experiencia.

“Es un cambio bastante brusco, es un susto, todo me da pena, todo me asusta. Por dicha mi hija Rachel García logró ingresar al Tecnológico de Costa Rica y tuvo que venirse conmigo a la capital, porque ella me da esa estabilidad emocional para afrontar el caos aquí.

“Para la gente de acá son muy normales muchas cosas pero para mí es difícil. A veces me quedo pensando y me pregunto: ‘¿cómo será esto?’, ‘¿cómo hago esto otro?’... y lo digo sin ninguna pena, porque aquí estamos aprendiendo de todo. Yo creo que de aquí a cuatro años voy a haber aprendido muchísimo”, comenta entre risas.

A pesar de que ella ya tenía mucho tiempo viviendo en el centro de Buenos Aires de Puntarenas, su hablar pausado y sus rasgos físicos permiten identificarla como una mujer indígena. Y su origen es algo que la ciudad le recuerda con frecuencia.

“Me ha pasado que me ven y me dicen: ‘¿cómo ha hecho usted si viene de la montaña?’. Entonces el miedo para mí ha sido enorme, porque es caminar de algo que no conoces a algo que tienes que aprender.

“A nivel cultural, el verte indígena provoca que alguna gente te dé el ‘pobrecito’, de que te digan ‘chola’ o ‘indita’ y esos términos nos han retrasado. Nos ven feo porque somos indígenas. Entonces tenemos que luchar contra el racismo y contra la falta de oportunidad por la condición indígena y ahí es donde uno se da cuenta de que el abrirse camino y romper la brecha no depende de nadie más que usted.

“Hay que hacer oídos sordos a las palabras de rechazo social por una condición étnica y brillar con luz propia, porque independientemente de la situación económica, cultural y localización geográfica hay que salir adelante y luchar, buscar mejores oportunidades para los demás porque detrás de nosotros hay mucha gente que tiene fe”, explica la legisladora.

Sin embargo, reconoce que no es tan fácil, más aún cuando debe interactuar con otras personas que no son indígenas, pues en su cultura existe un cierto temor de ser rechazado por la forma de hablar.

Explica que generalmente las personas indígenas son muy calladas, que primero escuchan, luego analizan y cuando están seguras de lo que van a decir, entonces hablan. Esto se debe a que temen equivocarse o que no se puedan dar a entender.

“Ha sido también un reto tener que expresarme fuera de mi entorno con muchas personas con bastante tiempo en la política. A veces te das cuenta que no sabes si hablar o no hablar porque muchas veces uno se queda pensando si lo estaré diciendo bien o lo estaré diciendo mal y esa siempre ha sido una limitante para las personas indígenas”, cuenta.

De acuerdo con la legisladora, prácticamente el 95% de la población indígena de su zona ya no habla el idioma autóctono en su totalidad, lo cual atribuye a que a los niños solo les hablan en español en las escuelas. Asegura que aunque desde hace una década ha habido esfuerzos importantes para poder devolverle a los niños y jóvenes su idioma materno, hasta ahora ha costado mucho.

En su caso particular, por ejemplo, afirma que sus abuelos no dejaban que sus papás les hablaran a ella y a sus hermanos en bribri, solo en español y que por ello no habla al 100% su lengua natal, aunque sí entiende muchas de las palabras y puede elaborar frases.

Precisamente por esa pérdida paulatina de la lengua, la nueva diputada asegura que muchos indígenas temen ir a un banco, a cualquier lugar que deban hacer un trámite e incluso al hospital, pues no están seguros de que su español sea el mejor.

“En los centros médicos es un caso complicado porque a ellos no les gusta que los atiendan las personas blancas, se sienten mejor si los atienden personas indígenas porque entonces pueden hablar y decir todo lo que tienen, pero si los atiende una persona que no es indígena se reprimen mucho de lo que sienten y van a un centro médico cuando ya definitivamente no hay nada que hacer, porque la enfermedad está tan avanzada que no se puede hacer nada y todo por el miedo social, por el miedo a hablar, porque no los entienden o porque los han maltratado”, dice.

Rojas agrega que lo mismo ocurre cuando las personas indígenas deben ir a un banco. “Usted llega y empieza a entrenar cómo va a decir las cosas y a repetir lo que tiene que decir. Pero desde que usted llega hasta la ventanilla es un miedo terrible y si la persona que lo atiende no lo hace bien, usted no quiere volver nunca más”.

“Usted viera... yo al principio daba pena”, afirma la congresista.

No obstante, la educadora asegura que ha aprendido de las experiencias y que estas solamente la han hecho más fuerte y le permiten ahora enfocarse aún más en su misión de ayudar a la comunidad indígena costarricense.

Ella quiere destacar todo lo que esta población le ha dado al país y lo que representa para todos.

“Yo creo que lo más importante es el orgullo, creo que hay que creerse a uno mismo que sí se puede salir adelante independientemente del color, la condición económica, la situación cultural y que a pesar de todos los choques en el camino sí podemos. Yo estoy muy orgullosa de mis raíces indígenas, de las comidas, de las tradiciones porque finalmente la identidad es un orgullo”, afirma.

Por eso su responsabilidad está en romper brechas, en conseguir que los indígenas tengan mayores oportunidades para que en un futuro cercano puedan ocupar más curules en la Asamblea Legislativa y acceder a una mejor educación, a becas, a servicios de salud, a créditos y que dejen de ser vistos como los “pobrecitos”. Conseguir agua potable, acceso a Internet y mejores condiciones laborales para esta población son parte de sus objetivos.

La primera diputada indígena sabe que está en un puesto que le permite acercarse a esos ideales. Asegura que hará todo lo que está en sus manos para que de aquí a cuatro años la comunidad indígena tenga mejores oportunidades.

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