
En una de esas piscinas que se compran en las ferreterías, Böena nada como si estuviera en los canales de Tortuguero. Se esfuerza, aunque allá no podrá volver pronto: en lugar de estar rodeada de pececillos y algas, 10 humanos se alternan para cuidarla.
Cinco meses han pasado desde que encalló en la arena y se convirtió en la primera manatí rescatada en la historia de Costa Rica; también el mamífero acuático más joven en viajar en avioneta. En cabécar su nombre significa sanación, la cual necesita con urgencias para salir del estado crítico en que se encuentra.
“Existe la posibilidad de que, a pesar de todo el esfuerzo que nosotros hagamos y la dedicación que le tenemos, ella fallezca”, cuenta Isabel Hagnauer, su veterinaria. Junto a su equipo ha tenido que idear cómo asistir a la bebé manatí, marcando un precedente en la atención de esta especie en peligro de extinción.
Böena tiene más recuerdos en la balsa improvisada del Zooave que de las aguas del Caribe. El 5 de enero fue el último día que se sumergió en ellas, cuando funcionarios del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac) la encontraron abandonada.
Al principio trataron de devolverla, pero el mar picado no la quiso recibir. En cuestión de horas, cuando ya perdieron la esperanza de localizar a su madre, se activó una operación interinstitucional para rescatar a la cría.
Entonces colaboraron distintas organizaciones e instituciones, como el Parque Marino del Pacífico y la Universidad Nacional (UNA), para llevar a Böena hacia el Rescate Wildlife Rescue Center Zooave. Allí han notado que es un poco introvertida, puesto que reacciona sensiblemente a las personas extrañas; por eso todavía no se le puede visitar.
A Alajuela llegó cuando tenía entre tres o cuatro semanas; desde entonces, los científicos tratan de descifrar por qué encalló: una teoría es que se extravió de su madre; otra, que su madre murió por un depredador; y una tercera, que fue abandonada por padecer alguna enfermedad. No hay certeza ni habrá.
Sin esta información, la tarea de salvarla se complica, ya que en el país solo se han realizado dos necropsias a manatíes. El conocimiento de sus cuidados es escaso, y se suma la presión que sienten los veterinarios por salvar a un símbolo nacional en peligro de extinción.
Y aunque se apoyan de especialistas en Puerto Rico, Estados Unidos y Republica Dominicana para tratar a Böena, su ayuda llega hasta cierto punto, pues no existe un estandar internacional de cómo hacerlo.
“Estos animales son centinelas del ecosistema. Es importante estudiar a los que mueren para poder saber información que no se tiene (...). En este caso, una cría nos ha permitido entender el comportamiento” explica Gabriela Hernández, jefa de la unidad de microbiología médico-veterinaria del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa).

Tratar lo inédito
Si se le pregunta a Hagnauer por el principal reto de cuidar en cautiverio a este mamífero acuático -tarea en la que nadie tenía experiencia en Costa Rica-, diría que es sobrellevar la dieta.
La única especie de manatí en nuestro país, la trichechus manatus manatus, consume pocos carbohidratos y muchas grasas y proteínas. Es difícil darles de comer artificialmente, ya que las fórmulas en el mercado no siguen esa pauta, y Böena lleva semanas rechazándolas: ha padecido alteraciones en las heces y dolores abdominales que la llevaron a desarrollar una aversión a la comida.
Por esa reacción, los veterinarios mezclaron aceite de coco MCT en una fórmula hecha en Estados Unidos, que aunque no cumple con todos los requisitos, es la que más se acerca. Eso sí: a veces toma y a veces no.
Al principio le daban de comer cada dos horas y ahora insisten cada cuatro, con la complicación de que tampoco consume las plantas que le trajeron de Tortuguero. Y en lugar de ir ganando peso como lo haría otro manatí de su edad, lo va perdiendo.
En su rutina se incluyen radiografías y exámenes de sangre para monitorear el funcionamiento de los riñones y el higado, así como el chequeo de anemia u otra infección.
Con ello también se elevan los costos: solo un paquete de fórmula cuesta $160 y Böena, por lo general, toma uno cada 10 días. A eso hay que sumarle el precio del suero, los exámenes diarios y la manutención de la planilla... Hagnauer calcula que han invertido al menos $25.000 en la recuperación de Böena.
Mientras tanto, seguirán temperando el agua marina filtrada que reciben del Parque Marino del Atlántico para replicar los 25-29 °C de Tortuguero, al tiempo que miden su calidad, la filtran y cambian según sea la necesidad, mientras la bebé de 35 kilos flota a su alrededor.
La salud de Böena refleja la suya
Si usted es de vida citadina, a lo mejor nunca o pocas veces ha visto un manatí. Quizás le parezca ajeno la situación de Böena, pero ese plástico que usted tira fuera del basurero pudo haberla enfermado.
El oceáno Atlántico lleva décadas de recibir la basura de las piñeras y bananeras, y ahora es más vulnerable a los contaminantes que viajan por los ríos, las lluvias y escorrentías de la ciudad hacia los ecosistemas marinos y costeros.
Y si usted es de Tortuguero, de seguro ha escuchado de los atropellamientos a manatíes, porque mucho se irrespetan las señales de navegar a máximo 70 kilómetros por hora. O bien, de las redes de pesca “fantasma” en las que quedan atascados, o de quienes todavía los cazan para comerlos.
“Cualquier pequeño cambio que hagamos en nuestro diario vivir para evitar la contaminación beneficia a todas las criaturas”, acota Gabriela Hernández, también presidenta de la Asociación Internacional de Medicina de Animales Acuáticos.
Su recuperación tampoco nos puede resultar ajena. La Organización Mundial de Sanidad Animal y la Organización Mundial de la Salud manejan el concepto de una “sola salud”, el cual establece que el bienestar humano depende de la salud de los animales y de los ecosistemas; cualquiera que se vea afectado, incide en la calidad de vida de los otros dos.
Y como en todo rescate de vida silvestre, los veterinarios anhelan devolver a Böena a su hábitat natural, aunque para ello tengan que pasar mínimo año y medio vigilándola 24 horas al día. Al menos ya es el punto de partida para que, en un futuro, se pueda salvar otro símbolo nacional.

